Mes: febrero 1999

¿Qué ven los niños en la Internet?

Por Hugo M. Castellano © 9 febrero, 1999

Mi primer shock como docente frente a la Internet tuvo lugar cuando la “red de redes” apenas tenía un par de meses de existencia en el país.  Con la inocencia de los pioneros ví el cielo claro, los verdes pastos y el oro bajo la tierra, pero no reparé en los indios…  Reuní a todo un séptimo grado frente a la única terminal “conectada”, conjuré la conexión y abrí con una ancha sonrisa la página inicial del Museo del Louvre comentando: “piensen, chicos, que una línea ininterrumpida de cables y señales de radio repetidas por satélite empieza en esta computadora y termina en otra que está en ¡París!”.  Los chicos bostezaron, y a la salida se oyó comentar “…pero también hay mujeres desnudas”.

Desde entonces tengo dos cosas claras: no debo intentar siquiera capturar la atención de los niños hablándoles de cosas que sólo maravillan a los adultos, ni puedo permitirme subestimar sus inclinaciones naturales hacia lo superficial o lo prohibido sólo porque ahora la tecnología hace fácil y divertido el acceso a la cultura y al saber.  En otras palabras, tomo a la Internet por lo que vale y no por lo que yo desearía que valga.

Es media mañana en un colegio privado de Belgrano, levanto el correo electrónico y una alumna de primer grado se me acerca y me pide “entrar a Internet”.  Mi experiencia de años me hace responder por reflejo: “¿para qué?” y la respuesta no tarda: “para ver la página de Verano del 98”.  “Noooo”, alargo como para emitir en esa sola sílaba un firme juicio de valor, “eso no es para chicas de tu edad”.  Y entonces mi alumnita me descerraja el tiro de gracia, ese que los maestros tememos tanto: “en casa mi mamá me deja….”, poniéndome de cara frente a una contradicción que exige una respuesta inequívoca pero difícil.  ¿Cómo es –me acusa mi alumna- que no puedo hacer en la escuela lo que fuera de ella me está permitido?

Aunque para mí el problema es todavía más grave. ¿Qué lleva a una criatura de menos de seis años a interesarse por temas y problemáticas propias de adolescentes y jóvenes, y a despreciar olímpicamente todo lo que de entretenido y útil le ofrece la Internet?  A partir de entonces comencé a encuestar a mis alumnos, las más de las veces dejándolos navegar libremente –aunque bajo estricto control para evitar catástrofes- buscando descifrar cuáles eran sus intereses más atávicos frente a la Web.

Los resultados son más simples de lo que uno podría imaginar a priori.  Los varones dados a lo técnico y a la computación dividen su interés entre los sitios con “cracks” (claves para registrar software comercial sin pagar) y los “trucos” para resolver video-games.  Otros van tras fotos de artistas, jugadores de fútbol, cantantes o grupos de moda.  Un tercer grupo se entusiasma con los anuncios de automóviles o colecciona imágenes de aviones de guerra.  Por último, están quienes buscan video-juegos “on-line”, como una extensión de sus pasatiempos cotidianos.  Entre las nenas, la diversidad es algo menor: primero se interesan por los programas de televisión más populares y acaparan fotos y chismes; luego, agotado el interés por ésto, continúan con sus músicos favoritos.  Las páginas referidas al film “Titanic”, por ejemplo, cautivaron a mis alumnas de primero a séptimo grado durante no menos de seis meses, tanto que la impresora del colegio ya reproducía a Leonardo di Caprio de memoria.

 La persecución de lo prohibido comienza tan temprano como en segundo grado, y la lidera una abrumadora mayoría de varones.  Es rara al principio, limitada a risitas y tímidos pedidos de “¿puedo imprimir?” cuando aparece en la pantalla un escote atrevido o una pollera algo corta, pero pronto se traduce en fallidos intentos (que quedan registrados en la computadora, para desventura de sus autores), por ingresar a direcciones inexistentes, como “prostitutas.com” ó “www.desnudos.net”.  En cuarto y quinto grado surgen las leyendas urbanas sobre sitios secretos donde las Spice Girls aparecen sin ropas, Kate Winslet posa para di Caprio sin cortes, o sobre el ya proverbial website donde se exhiben los resultados explícitos de una super-cámara fotográfica que “borra” las vestimentas y deja a la vista todo lo demás.  Sin embargo, no todo es sexo para la picardía infantil.  También se procura mediante todo tipo de artilugios el ingreso a las páginas futboleras donde proliferan “cantitos de hinchada”, abundosos en groserías y palabras de cuatro letras, y se sospecha, aunque nadie lo ha demostrado, que hay un número infinito de cuentos verdes circulando por la red.

Algunos alumnos, ante la pregunta “¿qué buscas en Internet?” suelen responder lacónicamente: información.  Indagados en detalle rara vez atribuyen estas búsquedas a su voluntad, sino que resultan haber sido encaradas a pedido de un tercero, por lo usual la maestra o el profesor de Informática, aunque sospecho que la mayoría de los que así responden lo hacen con el típico reflejo del estudiante que presume que esa es la respuesta que se espera de él, y que cualquier otra confesión lo meterá en problemas.  Y aún en aquellos casos en que la necesidad o el interés sincero lleva a un niño o joven a “buscar información” en la Web de un modo formal, el resultado casi siempre se agota en el proceso en sí, es decir, se busca y se encuentra, pero no se analiza. 

Esta práctica se potencia cuando los maestros se desentienden de corregir los trabajos presentados en función de su originalidad y del esfuerzo de síntesis o análisis que debiera ser uno de sus principales objetivos pedagógicos. Cuando se pide información sobre tal o cual tema, y se recibe de vuelta un conjunto de hojas impresas, copia fiel de una enciclopedia en Cdrom o “bajadas” de la Internet, son pocos los docentes que se preocupan por enfatizar ante sus estudiantes que esta técnica de plagio institucionalizado carece por completo de valor si no se analizan los textos a conciencia.  Casi todos los niños que se dedican a navegar la Web no leen lo que encuentran, y los que lo hacen son tan pocos como los que redactan aceptablemente o los que “entienden” las matemáticas.

En suma, la Internet se ofrece como la puerta hacia un mundo que hasta hace poco era inaccesible o de difícil acceso, pero responde a un deseo que indudablemente subyacía en el inconsciente de un gran número de niños y que aparece a edades más tempranas de lo que uno podría suponer como razonable.  Este deseo representa una inclinación natural que no debe escandalizarnos, pero sí es motivo de alarma la creciente precocidad del impulso y la posibilidad de que se concrete en hechos y observaciones reales, gracias a la virtualidad de la Internet.  Una cosa es desear ver pornografía a los nueve años, y otra muy distinta es verla.  Sobre este último punto, otra de mis encuestas caseras reveló que no son pocos los alumnos de todas las edades que tienen acceso irrestricto a la conexión con la Web desde su hogar y total privacidad en sus contactos, esto es, que pueden acceder a los contenidos de su interés sin que nadie los regule ni supervise.  Lo que es más grave, muchos de ellos han aprendido a navegar de la mano de hermanos mayores, quienes por cierto no ponen demasiado cuidado en el tipo de material con que ejemplifican las lecciones.

Si algún valor encierra la red universal es su poder de comunicar a la gente a un costo ínfimo y al instante.  Si el avión abolió las distancias, la Internet hizo trizas el tiempo.  Ya no tenemos siquiera que caminar hasta la oficina de correos para enviar una carta: sin estampilla, sin sobre y sin papel, un “e-mail” viaja a la velocidad de la luz hasta el hogar del destinatario.  Pero, ¿qué hacen los niños con este increíble poder?: intercambian saludos y auto-descripciones tan escuetas que un telegrama de renuncia parece extenso en comparación. “Soy Ana, tengo doce años, ¿y vos?” fue todo lo que una alumna mía escribió en treinta minutos de clase, hasta que, urgida para que completase su misiva con algo más sustancial, tipeó “contestame pronto”.  Ni qué hablar de aquellos que acometen la aparentemente entretenidísima costumbre de “chatear”; los “¿quién sos?” y los “¿cuántos años tenés?” se multiplican por el número de participantes y el intercambio se repite con cada recién llegado. Luego comienzan las luchas intestinas entre quienes controlan el “channel” y poseen el poder de “kickear” (trad. echar a patadas), a los visitantes indeseables, y aquellos que se sienten maltratados sin haber hecho nada para merecerlo. En esto pasan horas sin que finalmente nadie consiga aprender nada importante del otro.  Los mayorcitos agregan a esta superficialidad un elevado nivel de fraudulencia, ya que el anonimato de las comunicaciones electrónicas ha transformado en un deporte el atribuirse nombres ficticios (“nicks”, en la jerga), personalidades falsas, y el perseguir relaciones virtuales en las que ninguna de las partes es quien dice ser ni quiere realmente lo que dice querer.  En una oportunidad entré a un canal de chat con mis alumnos de noveno año para mostrarles de qué se trataba, y entablé un remedo de conversación con una mexicana de veintiséis años.  Tras diez minutos de intentar en vano extraer alguna información sustancial de sus respuestas monosilábicas me envió por fin una oración completa. Decía “¿De veras te llamas Hugo?”  En un mundo de “cyberpunk”, “chicaloca” y “Melena20”, el que yo me llamara simplemente “Hugo” fue lo único que la motivó a interesarse en mí.

¿Qué significa todo ésto? ¿Acaso que debemos desechar desde el vamos a la Internet porque nuestros niños y jóvenes acometen actividades banales a través de ella, procuran información prohibida o diluyen sus valores morales y su carácter?  Ciertamente no es ese el mensaje.

Lo que los chicos hacen espontáneamente frente a sus computadoras conectadas a la Web es lo que naturalmente harían con cualquier otro medio de comunicación: responden visceralmente, sin reflexión ni análisis, siguiendo la línea de menor resistencia intelectual, procurando sólo la satisfacción inmediata con el mínimo de esfuerzo.  Lo mismo sucedería si les damos a elegir entre Shakespeare y un “comic”, o entre la clase y el recreo.

Los adultos –especialmente los maestros- creímos durante un tiempo que la nueva maravilla tecnológica produciría un milagro de atención en los niños; que la riqueza visual del medio y sus posibilidades comunicacionales despertaría en ellos un fervor infatigable por apropiarse del conocimiento y un interés serio por conocer a otras personas y por darse a conocer.  Olvidamos –ahora nos queda claro- que existía el antecedente de la televisión, de la que también se dijo que revolucionaría a la inteligencia humana… para acabar siendo universalmente conocida como “la caja boba”.  Ignoramos, en definitiva, a la naturaleza humana.

Por eso, la moraleja de esta historia también es simple.  Lo que los niños y los jóvenes necesitan no es el entrenamiento técnico que les permita usar las herramientas de la modernidad, algo que aprenden rápida y espontáneamente, sino una sólida formación intelectual, firmes valores éticos y morales y una base cultural tal que les permita ser curiosos, desprejuiciados y críticos, pero que al mismo tiempo los haga responsables, analíticos y sensibles.  En otras palabras, necesitan ser educados antes que instruidos.

Y también, por cierto, es imprescindible darles espacios donde adquirir y practicar estas virtudes.  Los productores de contenido para niños de la Internet deberían siempre tener en cuenta que el entretenimiento sin educación es una forma de anestesia mental, y que la comunicación sin significado es el camino más corto hacia la estupidez.