Mes: junio 2000

Qué ven los niños en la Internet

Por Hugo M. Castellano © 2 junio, 2000

Mi primer shock como docente frente a la Internet tuvo lugar cuando la “red de redes” apenas tenía un par de meses de existencia en el país. Con la inocencia de los pioneros ví el cielo claro, los verdes pastos y el oro bajo la tierra, pero no reparé en los “salvajes” que la habitaban… Reuní a todo un séptimo grado frente a la única terminal con módem, conjuré la conexión y abrí con una ancha sonrisa la página inicial del Museo del Louvre comentando: “piensen, chicos, que una línea ininterrumpida de cables y señales de radio repetidas por satélite empieza en esta computadora y termina en otra que está en… ¡París!”. Los chicos bostezaron, y a la salida se oyó comentar “…pero también hay mujeres desnudas”.

Desde entonces tengo dos cosas claras: no debo intentar siquiera capturar la atención de los niños hablándoles de cosas que sólo maravillan a los adultos, ni puedo permitirme subestimar sus inclinaciones naturales hacia lo superficial o lo prohibido sólo porque ahora la tecnología hace fácil y divertido el acceso a la cultura y al saber. En otras palabras, tomo a la Internet por lo que vale y no por lo que yo desearía que valga.

Es media mañana en un colegio de Buenos Aires, levanto el correo electrónico y una alumna de primer grado se escapa del recreo y me pide “entrar a Internet”. Mi experiencia de años me hace responder por reflejo: “¿para qué?” y la respuesta no tarda: “para ver la página de Verano del 98″. “Noooo”, alargo como para emitir en esa sola sílaba un firme juicio de valor, “eso no es para chicas de tu edad”. Y entonces mi alumnita me descerraja el tiro de gracia, ese que los maestros tememos tanto: “en casa mi mamá me deja….”, poniéndome de cara frente a la contradicción de siempre, que exige una respuesta riesgosa y difícil. ¿Cómo es –me acusaba mi alumna tácitamente- que no puedo hacer en la escuela lo que fuera de ella me está permitido?

Para mí el problema era todavía más grave que el ya cotidiano conflicto de intereses entre escuela y familia. ¿Qué lleva a una criatura de seis años a interesarse por temas y problemáticas propias de adolescentes y jóvenes, y a despreciar olímpicamente todo lo que de entretenido y jugoso le ofrece la Internet para su edad? A partir de allí comencé a encuestar a mis alumnos, las más de las veces dejándolos navegar libremente –aunque bajo discreto control, para evitar catástrofes- buscando descifrar cuáles eran sus intereses más atávicos frente a la Web.

Los resultados son más simples de lo que uno podría imaginar a priori. Los varones dados a lo técnico y a la computación dividen su interés entre los sitios con “cracks” (claves para registrar software comercial sin pagar) y los que contienen “trucos” para resolver video-juegos. Otros van tras las fotos de artistas, jugadores de fútbol, cantantes o grupos de moda. Un tercer grupo se entusiasma con los anuncios de automóviles o colecciona imágenes de aviones de guerra. Por último, están quienes buscan video-juegos “on-line”, como una extensión de sus pasatiempos cotidianos. Entre las nenas, la diversidad es bastante menor, y casi podría decirse que se limita al acaparamiento de fotos y chismes sobre músicos y artistas. Las páginas referidas al film “Titanic”, por ejemplo, cautivaron a mis alumnas de primero a séptimo grado durante no menos de seis meses, tánto que la impresora del colegio ya reproducía a Leonardo di Caprio de memoria.

La persecución de lo prohibido comienza hoy tan temprano como en segundo grado, y la lidera una abrumadora mayoría de varones. Es rara al principio, limitada a risitas y tímidos pedidos de “¿puedo imprimir?” cuando aparece en la pantalla más piel que género, pero pronto se traduce en fallidos intentos (que quedan registrados en la computadora, para desventura de los irresponsables), por ingresar a direcciones imaginarias pero tentadoras, como “prostitutas.com” ó “www.desnudos.net“. En cuarto y quinto grado surgen las leyendas urbanas sobre sitios secretos donde las Spice Girls aparecen sin ropas, Kate Winslet posa para di Caprio en un plano completo, o sobre el ya proverbial website donde se exhiben los resultados explícitos de una super-cámara fotográfica que borra las vestimentas y deja a la vista todo lo demás. (1) Se sospecha, aunque nadie lo ha demostrado, que hay un número infinito de “cuentos verdes” circulando por la red. Sin embargo, no todo es sexo para la picardía infantil. También se procura mediante diversos artilugios el ingreso a las páginas futboleras donde proliferan “cantitos de hinchada”, abundosos en groserías y palabras de cuatro letras.

Algunos alumnos, ante la pregunta “¿qué buscás en Internet?”, suelen responder lacónicamente: información. Indagados en detalle rara vez atribuyen estas búsquedas a su voluntad, sino que resultan haber sido encaradas a pedido de un tercero, por lo usual la maestra o el profesor de Informática, aunque sospecho que la mayoría de los que así responden lo hacen con el típico reflejo del estudiante que presume que esa es la respuesta que se espera de él, y que cualquier otra confesión lo meterá en problemas.

Pero aún en aquellos casos en que la necesidad o el interés sincero llevan a un niño o joven a “buscar información” en la Web de un modo formal, el resultado casi siempre se agota en el proceso en sí, es decir, se busca y se encuentra, pero no se analiza ni se procesa. Esta práctica se potencia cuando los maestros se desentienden de corregir los trabajos presentados en función de su originalidad y de ese esfuerzo de síntesis o análisis que debiera ser uno de sus principales objetivos pedagógicos. Cuando se pide información sobre tal o cual tema y se recibe de vuelta un conjunto de hojas impresas, copia fiel de una enciclopedia en CD o “bajadas” de la Internet, son pocos los docentes que se preocupan por enfatizar ante sus estudiantes que esta técnica no es otra cosa que un vil plagio, que roza la ilegalidad y que, en todo caso, se aparta radicalmente del espíritu con que fue encomendado el trabajo.

En lo que hace a lo prohibido, la Internet se ofrece como la puerta hacia un mundo hasta hace poco inaccesible o de muy difícil acceso, pero responde a un deseo que indudablemente subyace en el inconsciente de un gran número de niños y que aparece cada día a edades más tempranas de lo que uno podría suponer como razonable. Este deseo representa una inclinación natural que no debe escandalizarnos, pero sí es motivo de alarma la creciente precocidad del impulso y la posibilidad de que se concrete en hechos y observaciones reales, gracias a la virtualidad de la Internet. Una cosa es desear ver pornografía a los nueve años, y otra muy distinta es verla. Sobre este último punto, otra de mis encuestas caseras reveló que no son pocos los alumnos de todas las edades que tienen acceso irrestricto a la conexión con la Web desde su hogar y total privacidad en sus contactos, esto es, que pueden acceder a los contenidos de su interés sin que nadie los regule ni supervise. Lo que es más grave, muchos de ellos han aprendido a navegar de la mano de hermanos mayores, quienes por cierto no ponen demasiado cuidado en el tipo de material con que ejemplifican las lecciones.

Si algún valor encierra la red universal es su poder de comunicar a la gente a un costo ínfimo y al instante. Si el avión abolió las distancias, la Internet hizo trizas el tiempo. Ya no tenemos siquiera que caminar hasta la oficina de correos para enviar una carta: sin estampilla, sin sobre y sin papel, un “e-mail” viaja a la velocidad de la luz hasta el hogar del destinatario. Pero, ¿qué hacen los niños con este increíble poder?: intercambian saludos y descripciones tan escuetas que un telegrama de renuncia parece interminable en comparación. “Soy Anita, tengo doce años, ¿y vos?” fue todo lo que una alumna mía escribió en treinta minutos de clase, hasta que, urgida para que completase su misiva con algo más sustancial, tipeó “contestame pronto”. Ni qué hablar de aquellos que acometen la popular y “entretenidísima” costumbre de “chatear”; los “¿quién sos?” y los “¿cuántos años tenés?” se multiplican por el número de participantes y el intercambio se repite con cada recién llegado. Luego comienzan las luchas intestinas entre quienes controlan el “channel” y poseen el poder de “kickear” (trad. echar a patadas), a los visitantes indeseables, y aquellos que se sienten maltratados sin haber hecho nada para merecerlo. En ésto pasan horas sin que finalmente nadie consiga aprender nada importante del otro. Los mayorcitos agregan a esta superficialidad un elevado nivel de fraudulencia, ya que el anonimato de las comunicaciones electrónicas ha transformado en un deporte el atribuirse nombres ficticios (“nicks”, en la jerga), personalidades falsas, y el perseguir relaciones virtuales en las que ninguna de las partes es quien dice ser ni quiere realmente lo que dice querer. En una oportunidad entré a un canal de chat con mis alumnos de noveno año para mostrarles de qué se trataba, y entablé un remedo de conversación con una mexicana de veintiséis años. Tras diez minutos de intentar en vano extraer alguna información sustancial de sus respuestas monosilábicas me envió por fin una oración completa. Decía “¿de veras te llamas Hugo?” En un mundo de “cyberpunk”, “chicaloca” y “Melena20″, el que yo me llamara simplemente “Hugo” fue lo único que la motivó a interesarse en mí, ¡y sólo a través de la desconfianza!

¿Qué significa todo ésto? ¿Acaso que debemos desechar desde el vamos a la Internet porque nuestros niños y jóvenes acometen actividades banales a través de ella, procuran información prohibida o diluyen sus valores morales y su carácter? Ciertamente no es ese el mensaje.

Lo que los chicos hacen espontáneamente frente a sus computadoras conectadas a la Web es lo que naturalmente harían con cualquier otro medio de comunicación: responden visceralmente, sin reflexión ni análisis, siguiendo la línea de menor resistencia intelectual, procurando sólo la satisfacción inmediata con el mínimo de esfuerzo. Lo mismo sucedería si les damos a elegir entre Shakespeare y un “comic”, o entre la clase y el recreo. Lo mismo -dicho sea de paso- haríamos nosotros de tener diez años.

Los adultos –especialmente los que somos maestros- creímos durante un tiempo que la nueva maravilla tecnológica produciría un milagro de atención en los niños; que la riqueza visual del medio y sus posibilidades comunicacionales despertaría en ellos un fervor infatigable por apropiarse del conocimiento y un interés serio por conocer a otras personas y por darse a conocer. Olvidamos –ahora nos queda claro- que existía el antecedente de la televisión, de la que también se dijo que revolucionaría a la inteligencia de las masas… para acabar siendo universalmente conocida como “la caja boba”. Ignoramos, en definitiva, a la naturaleza humana(2).

Por eso, la moraleja de esta historia también es simple. Lo que los niños y los jóvenes necesitan no es el entrenamiento técnico que les permita usar las herramientas de la modernidad, algo que aprenden rápida y espontáneamente, sino una sólida formación intelectual, firmes valores éticos y morales y una base cultural tal que les permita ser curiosos, desprejuiciados y críticos, pero que al mismo tiempo los haga responsables, analíticos y sensibles. En otras palabras, necesitan ser educados antes que instruidos.

Y también, por cierto, es imprescindible darles espacios donde adquirir y practicar estas virtudes. Podría discutirse largamente sobre si la computadora en el aula es un mal necesario o una distracción innecesaria(3), pero de hecho no podemos obviar que estamos en presencia de una herramienta multipropósito, y que no sería sensato privarnos de ella porque uno de sus tantos usos nos resulta problemático. En todo caso, será misión de los educadores ejercer el debido control y poner las cosas en su lugar, haciendo caso omiso a las exageraciones de quienes no ven más allá de sus narices y atendiendo siempre a un sencillo principio: cualquier persona puede manejar la tecnología para la que ha sido instruída, pero una persona educada utilizará siempre bien cualquier tecnología que se cruce en su camino.

Eso sí, los productores de contenido para niños de la Internet deberían tener en cuenta que el entretenimiento sin educación es una forma de anestesia mental, y que la comunicación sin significado es el camino más corto hacia la estupidez. O tal vez ya lo hayan visto así, y el resultado de su reflexión sea precisamente lo que hoy ven los niños en la Red.

(1) Probablemente esta leyenda sea tan antigua como el daguerrotipo. En los años cincuenta se decía que el General Perón tenía una de estas cámaras y con ella fotografiaba a las jovencitas en la mítica UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Nihil novum sub sole.
(2) Error imperdonable en un educador.
(3) También hay quienes afirman que no es ninguna de ambas, sino la panacea universal para todos los males educativos, aunque esta versión ya no goza de crédito alguno entre los educadores.