Mes: julio 2000

Lo Mensurable y lo Esencial

Por Hugo M. Castellano © 3 julio, 2000

En la mayor parte de la América hispanoparlante acaba de comenzar un nuevo año escolar, con todo lo que ello significa en esperanzas renovadas, creciente responsabilidad y antiguas deudas impagas. No es mal momento entonces para recordar y recordarnos cuál es el sentido de ésto que hacemos.

Los maestros educamos para concretar muchos y muy nobles propósitos, y antes que un simple oficio la nuestra es una profesión de fe. Creemos que el futuro puede y debe ser mejor que el presente, y ayudamos a construirlo sin envidiar a los que tienen por destino disfrutarlo. Entregamos nuestro saber y los dones que la vida nos ha dado sin mirar a quién, conscientes de que quienes los reciben deberán transformar a la mayor parte de ellos en obsoletos para extraerles una verdadera utilidad; sabiendo que sólo perdurará nuestro recuerdo si acertamos en transmitir una o dos verdades fundamentales, y que el resto apenas será un peldaño más, retrocediendo en el tiempo hasta el olvido inexorable.

Un médico puede inmortalizarse salvando una vida; un abogado recibirá eterna gratitud por preservar una libertad. ¿Qué debe hacer un maestro para que su labor adquiera ese significado extra, esa pequeña gloria del reconocimiento? Enseñar a vivir la vida y a ejercer la libertad, ni más ni menos.

En los tiempos que corren son muchas las voces que se alzan categorizando de arcaicos los propósitos del Humanismo, o cuando menos de poco prácticos. Algunos dirán que los dos párrafos anteriores son “renacentistas”, otros que son “románticos”, los más que son “antiguos” los valores que allí se representan. Pero el hecho es que son universales y que han sido repetidos por cada civilización, en todo tiempo y lugar, porque el educador responde, por sobre todas las cosas, al atávico mandato de preservar el pasado e impulsar a la especie hacia el futuro. Es posible concebir una existencia sin artefactos, sin comercio, pobre en tradiciones e incluso sin una organización social elaborada, pero no es posible ningún progreso sin Educación. La nobleza del magisterio es el reconocimiento que la cultura le hace por su carácter de esencial.

Podemos asumir esta obligación perpetuadora con un criterio pragmático, mecanicista, que es lo que impulsan ciertos sectores contemporáneos; despojar a la labor magisterial de todo lo que sea idealismo y espíritu y concentrarnos en la mera producción de individuos capacitados. Pero eso sería volvernos instructores, divulgadores, adiestradores de animalitos, y dejaríamos de ser verdaderos maestros para reducirnos a engranajes de una tecnología que -como todas- nada más se satisface con la eficiencia. Limitar la Educación a una técnica es como pedirle a un científico que no indague más que las verdades convenientes.

Por otro lado, está en nosotros conservar esa sublimación del magisterio que lo pone a la par de las más elevadas empresas humanas, y responder a esos ideales tal como la Ciencia hace con los interrogantes: buscando la verdad, aún al precio más caro. Dar al alumno reglas, pero educar para la libertad y la autonomía; transmitir saberes, pero educar para la sabiduría; enseñar a pensar, pero educar para la creatividad; divulgar la Historia y el Arte, pero educar para la Cultura; instruír en las normas sociales, pero educar para el amor, la fraternidad y la solidaridad universales.

Hoy, cuando se debate sobre el modo más conveniente de mejorar la praxis docente procurando incentivos y mayor motivación, hay quienes argumentan que los maestros deben someterse a una crítica periódica de su labor -se la llama “evaluación”- a fin de establecer qué tanto rinden, cuál es su grado de eficiencia, y de tal modo hacer depender los incrementos salariales de esta variable. Enmarcada en un proceso ampliamente documentado de deliberada desvalorización de la tarea magisterial, la propuesta ya de por sí es sospechosa, pero se vuelve decididamente impropia cuando se considera que “lo medible” de la Educación es precisamente todo aquello que no es Educación.

Así es; la cultura, la sabiduría, la creatividad o el amor que un maestro haya podido propiciar en sus alumnos escapan por definición al análisis matemático o a la enumeración estadística; son “intangibles” cuyo valor sólo puede apreciarse subjetivamente, y para colmo recién cuando el tiempo ha puesto distancias considerables entre causa y efecto. Ciertamente puede ignorárselos a la hora de remunerar la tarea docente, respondiendo a criterios como los que ya hemos calificado: pragmáticos y mecanicistas, pero ésto sería cometer la más grande de las injusticias, comparable apenas con la de remunerar nada más que el lado instructivo de la enseñanza y ni siquiera dar las gracias por el valor agregado de la Educación.

Pero sucede que este valor agregado es justamente lo que hace de la Educación un rasgo de la naturaleza humana. Quitarlo es retrotraernos a un pasado animal de entrenamiento imitiativo o constructivismo a ultranza, donde los individuos reciben de otros o de su experiencia nada más que las herramientas para sobrevivir, despojadas de intencionalidad moral y de todo contenido ético y estético.

La labor docente es complicada; no hay duda. Pero existe desde el principio de los tiempos esta regla sencilla: un individuo educado en las virtudes esenciales puede alcanzar la plenitud existencial aún en ausencia de muchos conocimientos, mientras que quien sólo posee éstos -incluso en el más alto grado de excelencia- pero carece de virtudes, difícilmente llegue a ser algo más que un miserable. El ideal del educador es alcanzar un justo punto de equilibrio que dé sustancia a las virtudes y utilidad a los conocimientos, pero son las virtudes su primera preocupación.

Por eso, conviene comenzar el año escolar recordando que los alumnos no son usuarios, ni clientes, ni consumidores de un servicio, y que los maestros no son empleados, ni comerciantes de arte alguno, ni sirvientes de nadie más que de su propia conciencia y del deber que a sí mismos se han impuesto. Ambos, alumnos y maestros, se enfrascan día tras día en una labor que tiene algunos aspectos mensurables, pero cuya esencia es -parafraseando a Saint Exupery- invisible a los ojos de los numerólogos, los economistas y los encuestadores.

No permitamos, entonces, que los ciegos nos gobiernen, porque aunque tuertos ocasionales los maestros todavía podemos discriminar con suficiente nitidez entre la verdad y la mentira, lo justo y lo injusto, la Educación y el negocio.