Mes: agosto 2000

Sin límites

Por Hugo M. Castellano © 2 agosto, 2000

Como nunca antes, la modernidad nos pone de cara a las más profundas contradicciones del espíritu humano. Bien es sabido que la naturaleza de nuestra especie no escapa a las reglas de simetría que permean al universo entero -esa especie de maniqueísmo cósmico que determina que coexistan la izquierda y la derecha, la materia y la antimateria, la luz y la oscuridad, el bien y el mal- de tal modo que en la raíz de todos nuestros comportamientos podemos encontrar, inevitablemente, formas diversas de altruísmo y egoísmo sin que nos sea posible determinar en ellas un valor positivo absoluto.

Un individuo generoso que da la vida para que otro viva hace un bien al prójimo pero se daña a sí mismo; el egoísta que roba algo vital, como ser el alimento, perjudica a sus prójimos, pero se hace un bien a sí mismo y, eventualmente, a su descendencia.

El dilema del relativismo moral es inexistente para la evolución darwiniana, porque allí los conceptos de “bueno” o “malo” son sustituidos por la lógica ternaria del favorable-irrelevante-desfavorable para la supervivencia de los propios genes. Es sólo nuestra permanente tendencia a humanizar el universo de nuestros comportamientos lo que hace que pensemos que el cucú es un pájaro “malo” porque mata a las crías de otra especie para parasitar su nido, o que el tero es un ave “buena” porque grita y se expone para atraer a los enemigos que amenazan a su progenie.

Sin embargo, transportados a la cultura humana, los conceptos de altruísmo y egoísmo definen -para la mayoría de las personas- una moral con muy poco de relativo. Todos construimos para nosotros mismos una ideología personal basada en la noción de que hay acciones verdaderamente buenas o malas, reflejo de aquella platónica suposición que dice que todas las cosas tienen una esencia superior -real- que es inmutable y determinista. Los actos buenos se nos aparecen entonces como instancias menores de “la bondad” o de “lo positivo”, en eterno conflicto con “la maldad” y “lo negativo”. Apreciamos la libertad, despreciamos la opresión; valoramos a quien permite, abominamos de quien prohíbe; respetamos a quien tolera, denigramos a quien censura.

La sociedad humana, sabiéndose dominada por los atávicos mandatos de una indiferente etología evolutiva, necesita con urgencia rescatar para sí reglas claras de juego que le permitan tanto la supervivencia como el desarrollo de su potencial cultural, y entonces surgen formas institucionalizadas de moral -las religiones, los gobiernos- que con justificaciones varias dan carácter oficial a los comportamientos tenidos por deseables, y estigmatizan al resto.

No obstante, la sensación profunda que todos tenemos sobre la inmutabilidad y permanencia de nuestras concepciones éticas -y nuestro ferviente deseo de que así sea- el relativismo moral existe y goza de buena salud. Es harto evidente que siempre hay un punto de vista desde donde la moralidad canónica de cualquier acto puede ser puesta en duda y, de hecho, hasta las instituciones que hacen las reglas las violan a sabiendas y repetidamente, convencidas de que en esos casos están haciendo un bien al hacer mal. Un país en guerra, por ejemplo, está virtualmente obligado a engañar a su rival y a mentir sobre su situación bélica porque, de otro modo, sería fácil presa de los ejércitos enemigos. No se trata aquí de que “el fin justifique los medios”, sino de que los medios no guardan proporción con el fin, de tal forma que siempre nos parecerá justificable una pequeña inmoralidad si a la larga o a la corta produce un enorme beneficio, en especial cuando éste es objetivamente bueno.

A pesar de toda la evidencia que indica que lo que llamamos “moral” es demasiado difuso y muy a menudo inaplicable, hay personas y grupos que esgrimen una ética de lo absoluto ciertamente dañina. Del cajón de los recortes periodísticos notables surge este artículo, muy apto para razonar un poco sobre el relativismo moral y los límites de la libertad en nuestros tiempos.

¿Es inmoral el pedido de la Capitol News Service? No si nos atenemos a la Historia, donde la exhibición de los condenados a muerte y sus ejecuciones públicas son casi una constante. Pensemos en el Circo Romano, en las hogueras de la Inquisición, en los cadalsos donde perdían la cabeza los reyes o sus concubinas, en la guillotina de Robespierre, en los fusilamientos de espías y traidores, en los linchamientos del Lejano Oeste, en el garrote vil de la España moderna o en las lapidaciones de los talibanes, y veremos todas esas formas de bárbara venganza rodeadas de una nutrida concurrencia, entusiasta, satisfecha y hasta agradecida por el espectáculo. ¿A qué asombrarse, entonces, de que alguien desee hoy aprovechar los medios masivos de comunicación para llevar el último suspiro de los reos floridenses a los cuatro puntos cardinales, en color y en estéreo?

Sin embargo, esta solicitud de los medios no se autoinscribe en una continuidad histórica, y allí es donde pone de manifiesto su debilidad. Venimos de un siglo en el que las ejecuciones públicas han sido progresivamente eliminadas de las carteleras de los países civilizados como “eventos sociales”, y donde se construyó una conciencia bastante extendida en su contra, llegándose incluso a negar derechos a la mismísima pena de muerte.

Por un lado, es natural que así sea. En otros tiempos era común asistir al final de la vida -de la ajena, claro está- por culpa de enfermedades, guerras y accidentes. Los antibióticos y el pacifismo -fenómenos inéditos de la Historia Moderna- hicieron que la muerte se escondiese en un rincón, y para olvidarla del todo los humanos la hicimos tan privada e íntima como nos resultó posible. La muerte hoy es como las ratas: antiguamente, todas las mujeres citadinas hacían una cuestión de género su aversión visceral hacia ellas; hoy dicen temerles… pero es dudoso que hayan visto una, aunque haya sido de lejos.

Algo similar sucedió con el sexo hasta los años setenta. Por décadas de cine y televisión lo único que se permitía era un beso -sugestivo de avances mayores- al principio invisible detrás de un paraguas o del ala de un sombrero. Y, al fin y al cabo, si superamos este prurito del erotismo; si hoy mostramos a diestra y siniestra el acto sexual sin velos ni discretos esfumados; si el realismo nos autoriza a divulgar lo más íntimo de la sexualidad… ¿por qué no aplicar idéntico criterio con la muerte?

No, señores, no es así. La Capitol News Service no argumenta en base a ningún antecedente histórico ni hace suyo el “progreso” hacia el realismo de las costumbres y de su representación artística. Dice, en cambio, que “los actos de gobierno no pueden ser secretos” y que, por lo tanto, las ejecuciones deben hacerse a la luz del día, con cámaras tomando en primer plano todo lo que sucede (curioso postulado en un país que todavía no sabe quién mató a su cuadragésimo primer presidente porque los documentos más sensibles de la investigación permanecen bajo cuatro sellos hasta dentro de varias décadas; hogar del FBI y la CIA, reyes indiscutidos del recontraespionaje y cunas de los más reservados proyectos bélicos). ¡Qué más quisiéramos que los EEUU no tuvieran secretos! Pero… ¿es el último estertor de un condenado el primero que debemos develar?

Por supuesto, la lectura correcta es otra y no son suficientes las ironías para explicarla. Se trata, nada más ni nada menos, que de una escalada disolutoria que apela a la moral para difundir y lucrar con lo in-moral. Tenemos derecho a saberlo todo, ergo debemos verlo todo: esta parece ser la regla para los medios, y entonces pugnan por convencernos de que nos están haciendo un favor al luchar contra el sistema en defensa de nuestras libertades. Triste como suena, muchos les creen.

Clínicamente estamos volviéndonos víctimas de un fenómeno de acostumbramiento. Los hacedores de espectáculos se han sumergido hace rato en una carrera por proveernos de emociones cada vez más fuertes -el realismo de que hablábamos- sólo para acercarnos a la butaca del cinematógrafo o para atarnos a la pantalla del televisor con crudas motivaciones, esto es para que consumamos sus productos y la publicidad asociada. En el proceso nos hemos insensibilizado paulatinamente, y es razonable que busquen ahora entusiasmarnos con nuevos y más grandiosos efectos especiales y estimulantes sensaciones, a medida que las viejas pierden “la gracia”. La muerte real, en vivo y en directo, es el próximo objetivo de Hollywood y de los medios.

No es novedad que la televisión está tanteando el ambiente para ver cómo le va en la aventura. Los noticieros, por ejemplo, en su afán por llegar siempre primeros llegan muchas veces antes, y se aseguran la primera fila en los tiroteos, los atentados y los accidentes más espantosos. Cada día que pasa las cámaras se detienen un segundo más en la sangre, los teleobjetivos nos aproximan un centímetro más hacia el miembro mutilado, y el “replay” nos muestra una vez más de lo necesario esa escena que, narrada, nos habría quitado el apetito, pero que vista en colores y repetida hasta el hartazgo acaba por parecernos tan insípida como una mermelada “light”.

La ley no es insensible a estos escarceos mediáticos con la muerte o la tragedia; después de todo, existen regulaciones más o menos universales que limitan lo que puede exhibirse en público en base a la “moral y las buenas costumbres”, y es aceptado que demasiada sordidez llega a atentar contra ellas. Pero la ley puede tener un espíritu y los jueces otro, o ninguno. En nuestro país son muchos los casos de productores y artistas multados por cruzar alguna de las invisibles barreras del buen gusto, pero jamás se les ha quitado una parte sustancial de las ganancias que los programas sometidos a condena les generaron o se los ha encarcelado por ellos. En otras palabras, es absolutamente rentable pagar la multa y seguir haciendo lo que sea, antes que llamarse a recato por temor a un inocuo castigo simbólico.

No obstante, este mercantilismo abyecto es todavía poco potable para servir como explicación general frente a la audiencia. Entonces, ¿a qué se apela? A los Derechos, a la Libertad, interpretándolos como valores absolutos cuya fragmentación o limitación es imposible sin destruir su esencia; esto es, a una moral dogmática e intransigente donde “todo” es sinónimo de “bueno”. No es buena una libertad restringida; hace falta tenerla entera; no parece un buen derecho aquel que tiene un límite; debe ser irrestricto y sin condiciones para ser un derecho que valga la pena. Esta es la base del argumento de la Capitol News Service, que exige que una regla general aplicable al Estado -difundir apropiadamente sus obras- sea respetada en todas las circunstancias, sin menoscabo alguno, a rajatabla.

Es curiosa esta postura, porque pareciera ser que lo que es obligación del Estado en forma absoluta no alcanza a los medios que lo reclaman. En efecto: ¿difunden los canales de televisión las reuniones de directorio donde se diseñan las programaciones, donde se sientan las bases ideológicas de lo que se va a producir, donde se concretan millonarios negocios publicitarios a contrapelo del Arte o del buen gusto, y donde se contratan equipos de psicólogos y sociólogos para dirigir la voluntad del público hacia las áreas más lucrativas del espectáculo? ¿Nos permiten conocer, acaso, los tejes y manejes de los noticieros, el por qué se difunde una noticia y no otra, los mil y un intereses creados que tiran de los hilos informativos?¿Nos dan alguna oportunidad de enterarnos de los pormenores de las campañas de prensa que destronan políticos y coronan a sus sucesores a espaldas de la opinión pública, cuando no del voto popular? ¿Acaso no tiene el pueblo derecho a un programa “especial” de fin de año, donde se revele la intimidad de los popes mediáticos y se los vea reírse y brindar con champán por haber burlado la inocencia de los espectadores durante trescientos sesenta y cinco días ininterrumpidos sin que nadie se haya dado cuenta o les reclame? ¡Caramba! Si no hay secretos de Estado, menos debería haberlos corporativos; si la Verdad es un valor absoluto, también debería alcanzar a la televisión y a quienes la hacen, ¿o será que sus responsables se consideran más allá del bien y del mal?

Sí, es curiosa la contradicción, pero hay una todavía mayor. Cuando a los productores o periodistas se les pregunta qué es lo que los mueve a defender estos derechos absolutos -a informarlo todo, a mostrarlo todo, a no someterse a restricción alguna- suelen responder con una muletilla sorprendente, y dicen: “porque el público lo pide”. Es entonces cuando toda la lógica se derrumba. No buscan los medios mostrar la muerte de un condenado o cualquier otra barbaridad por ejercer un Derecho, sino como reacción a un (supuesto) deseo popular. Antes no lo hacían porque nadie lo pedía; no era esa la costumbre. Ahora lo exigen porque la gente ha cambiado en sus gustos, porque los antiguos códigos ya no la satisfacen y se han adoptado unos nuevos, y ellos -respetuosos de la audiencia- se lanzan contra el Sistema para darle satisfacción. No indagan sobre quién demonios cambió las preferencias populares; no preguntan si es bueno lo que el pueblo quiere ahora: si lo quiere, entonces debe serlo.

Y así, entre las apelaciones a los valores absolutos y la pendularidad, llegamos al final de la historia. Los medios -aunque la abstracción no es conveniente y preferiríamos decir “las personas que trabajan en ellos”- son una clara muestra de decadencia ética y un factor más de la alarmante disolución social de nuestros días, porque, al fin y al cabo, de tanto ir y venir entre los extremos, terminan ejerciendo casi como una profesión una ideología intermedia, ambigua, cínica y destructiva, que no es el relativismo, sino la hipocresía moral.