Mes: noviembre 2000

Urgente necesidad

Por Hugo M. Castellano © 25 noviembre, 2000

En las últimas semanas se ha levantado en Argentina un debate saludable en torno a la necesidad de poner la Internet al alcance de todas las escuelas, todos los alumnos y todos los maestros. Pocos niegan los beneficios de abrir en cada aula una ventana al mundo, permitiendo así esa circulación vivificante de experiencias e información que los que ya estamos conectados desde hace algún tiempo disfrutamos tanto y conocemos tan bien, y aunque hay reparos sustanciales que hacer en torno a la sensatez de imponerse metas tan grandiosas -esas que incluyen siempre la palabra “todos”- la coincidencia es casi unánime a la hora de apoyar la iniciativa.

No obstante el optimismo, existen ciertas prevenciones que conviene tener en cuenta, y que no tienen que ver con la magnitud de la obra ni con la relación entre los fondos disponibles y los necesarios. Más bien son asuntos que tienen pertinencia aún cuando se tratase de conectar una sola escuela, o de utilizar el recurso de la Internet en cualquiera de las tantas que ya lo poseen.

Una cuenta elemental dice que en una escuela municipal típica hay dos divisiones por año y ocho cursos elementales (pre-escolar, primero a séptimo grados), con 25 alumnos cada uno que concurren a clases cinco días a la semana durante unas cuatro horas al día.

Estos números permiten calcular que cada división puede acceder a los recursos informáticos, si están albergados en una sala ad-hoc, sólo una hora por semana, quedando cuatro horas libres para tareas de mantenimiento. Durante esa hora semanal, para un curso de 25 alumnos y 10 máquinas, cada estudiante podrá usufructuar la Internet -o cualquier otra aplicación que se le requiera- durante 16 minutos a lo sumo. Si pensamos que el año tiene 30 semanas de clase, su exposición a cualquier programa o recurso informático se extiende a apenas 8 horas. Cada feriado, cada ausencia, cada máquina que se descompone, resta valiosos minutos que ya no se recuperarán.

Por otro lado, si pusiésemos una computadora en cada aula en lugar de concentrarlas todas juntas en un salón especial, y si todos los alumnos se turnasen sin respiro para aprovecharla, dispondrían de ella 8 minutos por día, y en total 20 horas al año. Por supuesto, para ésto tendríamos que incrementar el parque informático a 16 computadoras, en lugar de las diez actuales (cuando las hay).

Y, por supuesto, estamos hablando sólo de los alumnos. Dice la experiencia que cualquier búsqueda seria de información en la Red insume un mínimo de una hora, de modo que habría que hacer lugar en todo ese esquema a los maestros que necesitan preparar sus clases, llenar planillas, confeccionar exámenes y navegar por el ciberespacio en busca de datos y contactos para su práctica diaria. Horas y horas que únicamente pueden encontrarse fuera del horario escolar, o restarse de las que corresponden a los estudiantes.

El problema se resuelve en parte con más computadoras, tal como han comprendido desde hace años los países más avanzados tecnológicamente, que buscan acercar la proporción máquina/alumno lo más posible hacia el 2:1 considerado como ideal. La escuela argentina, pese a todo, hallaría enormemente dificultosa esta solución, aunque sólo fuese por la imposibilidad de acomodar tantas computadoras en su estrecho espacio físico.

De modo que el desafío actual no se reduce a poner una computadora en cada escuela y conectarla a la Internet, lo cual ya de por sí es ambicioso para las 38.400 escuelas censadas hace unos años, porque esa solitaria máquina no alcanza para proveer un mínimo de exposición de los estudiantes a los recursos tecnológicos. Sirve, desde ya, para conectar a la escuela con el mundo; sirve como ejemplo de lo que puede hacerse; pero no sirve de mucho en términos prácticos.

Desde el punto de vista técnico, es lógico pensar que la inmensa mayoría de esas escuelas tendrán una sola conexión activa a la Internet, aunque dispongan de varias máquinas. Si éstas se encuentran conectadas en red y acceden a través de un proxy, el ancho de banda se divide por su número, y en consecuencia se reduce proporcionalmente la velocidad a la cual cada terminal es capaz de recibir información de la Internet. Con apenas unos minutos de conectividad semanal, los alumnos y sus maestros encontrarán harto difícil sacar algún provecho o encarar una actividad sostenida y medianamente productiva.

Si consideramos que nuestra situación será de escasez por varios años todavía, y que persistirá una desigualdad natural entre las escuelas conectadas mediante una única máquina y aquellas que ya tienen un parque de diez o doce, lo lógico sería idear políticas de uso que maximizaran el aprovechamiento del recurso y didácticas funcionales con propósito ejemplificador, ya que la práctica intensiva de cada alumno queda fuera de la cuestión para la mayoría de los casos.

Lamentablemente, hace más de quince años que algunos disfrutan de computadoras en las escuelas argentinas, y los planes de estudio y la práctica docente no se han movido un ápice para adaptarse a la realidad (salvo honrosas y contadas excepciones), debido a un inmovilismo de origen institucional: la escuela está burocratizada como nunca, no se capacita adecuadamente al plantel docente, y allí donde hay personal idóneo los horarios son tan rígidos que es casi imposible aplicar las nuevas tecnologías al quehacer cotidiano de un modo racional, organizado y sostenido en el tiempo.

Por cierto, poco es mejor que nada, pero sería deseable que el ingenio humano, que tantas maravillas tecnológicas ha puesto a nuestro alcance, también se aplique a dar soluciones concretas a problemas tan simples en su enunciación como los presentados. Lo que se busca, lo que es urgente, es introducir estos recursos en la escuela no para adornarla, sino para educar mejor, y para ello es necesario, además de máquinas y conexiones, tener una mejor escuela.