Mes: marzo 2001

¿Cómo educar en un país mafioso?

Por Hugo M. Castellano © 4 marzo, 2001

El reciente asesinato de un representante local de negocios e intereses que con mucha buena voluntad podrían calificarse de “dudosos” en la ciudad balnearia de Cariló, en la Provincia de Buenos Aires, nos pone una vez más frente a la sórdida realidad de vivir en un país mafioso.

Todos los argentinos lo saben: la corrupción rampante y la falta absoluta de justicia han llevado a este país a los más altos sitiales en la lista de naciones “poco confiables”. Incluso sería razonable disputar el puesto que nos ha tocado y pretender calificaciones más altas todavía, porque suponemos que quienes hacen estos estudios sólo miran la corrupción institucional y empresaria, y no se ocupan demasiado de la de todos los días, que es tanto o mas grave que aquellas.

La Administración De la Rúa, que llegó al poder hace poco más de un año proclamando la inminencia de una purificación profunda, ha demostrado ser mucho más que impotente ante el flagelo. No sólo no toca ni amenaza a los responsables -tan notorios que hasta los niños de escuela pueden señalarlos- sino que, además, protege y apaña a toda una cohorte de bandidos que día a día asuelan a la Nación.

En semejante contexto, el cotidiano sometimiento al accionar mafioso destruye sin piedad la esperanza de un pueblo tan castigado que parece inerme. En Miramar, una niña muere y la policía apaña al criminal. Las autoridades remueven a los agentes del orden y la ciudad entera -ilusamente libre de presiones- comienza a revelar el sometimiento pasado: zonas “liberadas” para que los sicarios policiales roben a su gusto; oficiales de turno que recomiendan a las víctimas no efectuar denuncias; comisarios que se burlan en cámara de los vecinos indignados mientras reclaman justicia… La que diez años atrás fuera “ciudad de los niños” hoy es terreno de la cosa nostra.

En la propia Capital Federal, numerosos grupos de jóvenes inundan las calles apenas cae el sol y se emborrachan hasta la inconsciencia en las aceras. Estacionan sus automóviles y atronan con música hasta la madrugada, molestando a vecinos y transeúntes. En la ciudad no está prohibido beber en la vía pública, pero sí embriagarse y perturbar el orden, y por eso -muy ocasionalmente- un patrullero policial labra algunas actas y luego, como si nada, envía a los infractores a sus hogares intimándolos ¡a que aborden sus vehículos! Los porteños nos preguntamos, entonces, qué conviene más: ¿alborotadores nocturnos… o conductores alcoholizados? Pero, por supuesto, la mafia policial no se hace estas preguntas: está más interesada en sostener el comercio nocturno de licores y en cobrar los favores a sus responsables.

¿Corrupción? Hay mil formas de ella. A veces pareciera que la que llega a las tapas de los periódicos es la única que vale mencionar, pero cuando vivimos inmersos en infinitos actos venales también perdemos la perspectiva y la gran corrupción termina por sernos indiferente.

Para un educador esto es muy triste, y más triste aún cuando ve en el aula cómo sus alumnos, sobre todo los más pequeños, aceptan la realidad como imposible de cambiar. Por cierto, no somos pocos los que hemos debido enfrentar con muy escasas armas a tantos estudiantes que nos enrostraban el tratar de inculcarles valores “antiguos” o “inaplicables”, cuando no nos llamaban directamente hipócritas. Si todos son corruptos, ¿por qué suponer que los maestros no lo somos también?

Educar en valores en una sociedad como la nuestra es virtualmente imposible. Ante los ojos inexpertos de un joven sólo podemos ser una de dos cosas: o deshonestos como el resto, o estúpidos por no aprovechar las oportunidades. Resulta increíble que alguien sea recto en un mundo donde todo está torcido, y por eso todos nos hemos vuelto sospechosos.

Podemos -y de hecho logramos- transmitir alguna que otra pauta de rectitud a nuestros alumnos; ciertamente no todas las manzanas se nos pudren, pero eso sí: casi ninguno de nuestros estudiantes sale de la escuela con el corazón lleno de optimismo en el futuro y confiado en que el bien prevalecerá. Y cuando el milagro sucede, ¿quién puede evitar pensar que ha criado un ingenuo cuyo destino es romperse las narices contra la realidad a los dos pasos?

Es hora -creo yo- de decir ¡basta! del modo más enérgico. Es hora de reclamar sin descanso pudor y decencia a nuestros funcionarios, a los políticos, a las autoridades, a los empresarios. Es hora de ejercer todos los derechos que nos quedan antes de que no nos quede ninguno y no podamos siquiera peticionar, porque el actual estado de cosas ya corrompe malvadamente la inocencia de nuestros niños y su esperanza en un mundo mejor, y esa, de todas, es la peor corrupción imaginable.