Mes: mayo 2001

Educación a distancia

Por Hugo M. Castellano © 7 mayo, 2001

Con creciente frecuencia los periódicos y la televisión se hacen eco de la expectativa general que se ha creado en torno a la Educación a Distancia, ahora que la Internet ha pasado a convertirse en un medio de comunicación más. El tenor de sus comentarios es invariablemente optimista, tanto que se corre el riesgo de convertirla en una nueva panacea educativa, al mismo nivel de lo que fueron -en su tiempo- la psicogénesis, la computadora o la propia “red de redes”.

A nadie pueden caberle dudas de que un método sencillo y económico de capacitar a las personas sin importar la distancia a que se hallen de quienes los instruyen puede revolucionar el conocimiento y la cultura universales. La educación a distancia es capaz, en circunstancias ideales, de transformar a la humanidad tanto como el libro lo hizo hace más de cinco siglos, pero por desgracia todavía nos encontramos muy lejos de eso, y no precisamente por cuestiones tecnológicas o monetarias.

Esto es así porque la disponibilidad de recursos tecnológicos crece día a día, y sus beneficios llegan cada vez a más personas. Los obstáculos de hoy, en cuanto a recursos físicos para acceder al saber, mañana ya no serán tales. Pero otras cosas crecen simultáneamente, y estas sí son un serio impedimento para el desarrollo.

En primer lugar, la banalidad mediática va en aumento y contagia a quienes ven en la educación a distancia un modo fácil de brindar un servicio rentado a las masas. Con la proliferación de cursos y cursillos de contenido irrelevante o superficial se bastardea el conjunto del método. Se ofrece saber inmediato, sin esfuerzo, sin siquiera estudio ni reflexión; se transforma lo que debiera ser un proceso interactivo en mero auto-aprendizaje (“donde quiera, cuando quiera, como quiera”), y de la mano de absurdas ideas pedagógicas se reduce el rol del tutor como mediador entre el estudiante y el conocimiento a un mínimo absoluto. Ante este panorama, las pocas ofertas serias corren la misma suerte que los programas culturales en televisión: bajo rating, pésima rentabilidad y un pronto olvido.

Luego está la corrupción (que no implica necesariamente robo o apropiación ilegal de fondos), que también crece a un ritmo inquietante. Muchas universidades que ofrecen masters y posgrados a distancia en condiciones facilistas ya están siendo acusadas por “venta de títulos” en muchos países avanzados. En nuestro medio se da el caso de Licenciaturas que tradicionalmente se cursaban en cuatro o cinco años y que ahora, a distancia, sólo insumen dos, o a lo sumo tres. Lo que se corrompe, en estos ejemplos, es el valor mismo del saber y la garantía de poseerlo en grado suficiente, que debieran ser razón y orgullo de nuestras casas de estudio.

Por último, la espiral ascendente involucra también a la ligereza y a la inoperancia de nuestros dirigentes. La legislación educativa está plagada de fallas y omisiones, pero en pocas áreas se nota tanto el anacronismo como en lo relacionado con la tecnología. Algunos gustan decir que la educación a distancia se caracteriza justamente porque no hay en ella distancia alguna entre el maestro y el alumno, pero exigen -para respetar la ley- que éste viaje muchos kilómetros para rendir un examen final presencial, único modo de certificar un curso como válido en la Argentina. Si la tecnología hace posible el contacto estrecho entre uno y el otro durante el proceso de enseñanza-aprendizaje, ¿por qué no utilizarla también para evaluar sus resultados?

El espacio físico entre dos personas -una que enseña y otra que aprende- puede ser irrelevante gracias a las telecomunicaciones modernas, pero se vuelve crítico si se introduce la obligación de encontrarse al final de un curso para cumplimentar un examen. En ese instante, todos los beneficios de la virtualidad se diluyen. Más aún, si consideramos que el entregar conocimiento a distancia puede trascender las fronteras con facilidad asombrosa, estamos negándonos a recibir valiosas divisas al impedir, de hecho, que los extranjeros se capaciten en instituciones locales, al tiempo que invitamos al drenaje de dinero hacia las universidades, empresas y colegios de aquellas naciones donde la legislación está aggiornada y se aceptan métodos actualizados de evaluación.

Hace unos meses apenas que el Presidente De la Rúa y el entonces Vicepresidente Álvarez endosaron con bombos y platillos un proyecto de “Argentina Digital”. Lanzaron un portal educativo y consiguieron un préstamo multimillonario para equipar de computadoras a las escuelas. Ahora anuncian un plan de capacitación docente ambicioso. ¿No es hora de que paren un instante a considerar que no existe un marco de contención legal capaz de evitar las distorsiones que se avizoran, que no hay organismos que regulen y controlen la educación a distancia, que no hay ni siquiera planes para actualizar las leyes pertinentes?

Para quienes hemos hecho alguna experiencia en esta área, resulta paradójico que cada vez sea mayor la distancia que nos separa de una educación a distancia seria y de calidad, tal como merece nuestro pueblo en el siglo que acaba de comenzar.