Mes: junio 2001

Educación, o no tanto

Por Hugo M. Castellano © 2 junio, 2001

Las noticias que nos llegan de los EEUU, y que los medios locales reproducen con entusiasmo y alegría, dan cuenta de un incremento sustancial en la matrícula universitaria, luego de que el “boom” de las punto com durante la segunda mitad de los noventa dejara vacías las aulas tentando a los jóvenes con la posibilidad del enriquecimiento inmediato fundado en un conocimiento autodidacta de la tecnología.

Pero la bonanza puede no serlo, si se la mira de cerca.

La técnica que las Universidades norteamericanas están desarrollando consiste en ofrecer cursos más cortos y más especializados, tal que los candidatos puedan hacerse en poco tiempo de los diplomas que más les parezca que ayudarán a mejorar su futuro económico. Un “master en algo” parece ser, en los tiempos que corren, la puerta infalible hacia un buen empleo. Y por supuesto, obtener uno en el menor tiempo posible es la meta de muchos estudiantes.

En un reportaje de la CNN, un joven contador de 25 años, enfrascado en obtener dos diplomas en menos de 21 meses, comentó: “uno no quiere perder tiempo cuando podría estar empleado y ganando dinero”.

La aventura vale unos 64.096 dólares, a los que hay que restar un descuento por un semestre completo gratis, gracias a arreglos de la Universidad con donantes y patrocinadores. En total, el curso le cuesta 51,744 dólares, a él y a los 90 compañeros que acometen este perfeccionamiento profesional. Según el mismo informe, hay 1700 universidades en los EEUU ofreciendo programas semejantes, para unos dos millones de alumnos.

La CNN también reporta el caso de una maestra con cinco años de experiencia en escuelas públicas que encuentra dificultades para mejorar su posición económica porque -salvo otras escuelas- los posibles empleadores consideran que el tiempo transcurrido frente a la clase no es lo que buscan. Un “master” -piensa ella- tal vez los convenza de contratarla.

La pregunta que todos nos hacemos es: ¿es esto bueno? Nótese que esta no es la misma pregunta que se hacen los medios, o las propias universidades. Para ellos, la cuestión pasa por “las necesidades del mercado”, o bien por “el progreso económico” de los trabajadores. Y si bien es cierto que un objetivo de cualquier persona educada es asegurarse un buen pasar, no es seguro que sea el único objetivo; ni siquiera el primero.

Uno no puede dejar de pensar, cada vez que escucha estas noticias, en la vocación. Quienes laboramos en escuelas sabemos de los afanes de todos los educadores por ayudar a sus alumnos a descubrir sus mejores aptitudes y revelar la habilidad que más los represente como personas. La vocación es, huelga decirlo, un componente indispensable de la personalidad y, como tal, ocupa un lugar privilegiado en la agenda del educador y del educando.

¿Es razonable, entonces, fomentar un sistema laboral ultra-pragmático, donde lo que más importa es el salario y no la tarea? ¿Qué es un cirujano que deja el bisturí para obtener un diploma en Periodismo a fin de ocupar un puesto vacante y bien remunerado? ¿Qué es un docente que se aleja de las aulas para estudiar Programación y dedicarse a crear “software” comercial pseudo-educativo? En otros tiempos, a estas personas se las hubiera considerado volátiles, inseguras, y en el fondo… fracasadas. Hoy, en cambio, son el paradigma del “trabajador globalizado”.

No es de extrañar, sin embargo, que tanto los gobiernos como los medios adhieran a estos conceptos extraídos del más puro neoliberalismo. Como demuestran las cifras, se trata de un negocio multibillonario, altamente rentable. Pero el rédito es para quienes facturan los aranceles, no para quienes reciben la instrucción, porque no hace falta escrutar mucho en la psicología humana para comprender que, pasada la euforia y el enamoramiento, los supuestos beneficiarios de tanto “curso veloz” y “master sin esfuerzo” chocarán contra un muro infranqueable: el de la propia frustración vocacional.

En estos tiempos de cambio frenético, convendría recordar a cada instante que algunas cosas -como por ejemplo, la naturaleza humana- vienen resistiendo embate tras embate desde hace decenas de miles de años, y no cederán tan fácilmente a los inspirados deseos de los ambiciosos.

Pese a todo, hay que cerrar este análisis con una nota sombría: a nadie importa que a la corta o a la larga las masas vean frustradas sus ilusiones, porque el proceso es lo que importa -no su resolución- y gracias a él los poderosos aumentarán su riqueza hasta lo indecible.