Mes: septiembre 2001

La crisis del modelo

Por Hugo M. Castellano © 7 septiembre, 2001

Es por todos conocida la dramática crisis política, social y económica que atraviesa la Argentina, cuyo rasgo distintivo es la esperanzadora movilización popular que batiendo cacerolas o cortando caminos ha jaqueado al poder haciendo oir sus reclamos. Contrario a lo que algunos medios intentan presentar como su motivación central, no es el bolsillo lo único ni lo principal que lleva a los argentinos a involucrarse en el destino de su patria como nunca antes habían hecho, al punto que la madurez se hace manifiesta cada vez que un periodista trata de poner en boca de su entrevistado una respuesta puramente materialista, porque invariablemente recibe adosada la exigencia de cambiar la Corte Suprema de Justicia -vista por todos como corrupta garante del descalabro- y el pedido de “que se vayan todos” los políticos.

Estas demandas, a diferencia de las económicas, son abstractas: no implican beneficio directo ni inmediato para los habitantes del país dado que la renovación de la Justicia y la clase dirigente son hechos cuya resultante positiva podrá volverse evidente -con viento a favor- recién en el mediano plazo. Que un pueblo haya alcanzado esta madurez de pensar en el futuro y comprometerse por él es un signo alentador.

Los maestros, por nuestra parte, estamos acostumbrados a este pensar. Nuestra tarea consiste, justamente, en trabajar hoy para el mañana, para un mundo que es más que probable que disfrutemos cuando ya no nos quepa el rol de protagonistas, pero aún así la ejecutamos conscientes de ese espacio temporal que existe entre la siembra y la cosecha, tan natural a la educación cuando la vemos como un “cultivo” de virtudes y habilidades. El maestro no busca que su alumno sea todo lo justo que se pueda a partir de hoy, ni que su honestidad sea irreprochable en la próxima media hora y siga así para siempre, sino que pretende sentar las bases para esos comportamientos a sabiendas de que en el camino habrán de producirse desvíos o claudicaciones, porque ningún humano logra ser perfecto por más que aspire a serlo. La tarea de educar es análoga a la de quien diseña un modelo ideal para que otros lo imiten; un modelo que es universal y genérico en sus rasgos más amplios, pero en sus particulares es tan individual como las personas que habrán de perseguirlo. Y es, desde ya, una tarea empírica cuyos principios son tan abstractos como la Justicia o el buen gobierno.

Por eso, cuando en Argentina se habla de “cambiar el modelo” los educadores sentimos la necesidad de decir algunas cosas al respecto, y no se nos escapa que los ideales son un tema muy complejo, cuyo análisis no se agota en lo superficial.

¿En qué consiste ese “modelo” hoy visto como caduco o inaplicable?

En economía se habla del neoliberalismo como el emergente triunfal de la Guerra Fría; podría discutirse si con ese sustantivo nos referimos a la omnipotencia del mercado autoregulado, al comercio irrestricto a través de las fronteras nacionales o al darwinismo económico donde los grandes se comen a los chicos y sólo el fuerte sobrevive o si, en cambio, estamos pensando en el derecho a la propiedad privada, en la libre empresa o el capitalismo en estados comprometidos activamente con el bienestar y la justicia social. Cuando intentamos responder a la pregunta ¿cuál es el “modelo”? es imposible sustraerse de esta cuestión: una cosa es el ideal, y otra su implementación, el modo en que las personas o las naciones se acercan a él.

Entendemos que los argentinos no critican hoy a la libertad económica sino a las aberrantes prácticas en que los grupos de poder han incurrido para robar y someter a toda la Nación con la excusa de estar siguiendo un modelo al cual, en realidad, no han hecho otra cosa que traicionar. En efecto: si existiese un esquema ideal detrás de lo que sucede en Argentina, este sería contradictorio con todos los valores que sus ejecutores proclaman de la boca para afuera. Imponer reglas y limitaciones arbitrarias es antinómico con el carácter supuestamente libertario del capitalismo; nombrar una Corte de Justicia adicta para garantizar la impunidad de los delitos económicos o para favorecer a los cómplices privados en la evasión de capitales es injusto en esencia; usar el cargo de servidor público para que la sociedad entera sirva a los intereses de unos pocos favorecidos no es “fomentar la actividad privada”, sino prevaricato; impedir por medio de decretos que la moneda se devalúe, que los bancos mal administrados quiebren, o confiscar los depósitos de los ahorristas, no se condice con la libertad de mercado sino que es una clara muestra de dirigismo. En breve, si de verdad los corruptos que han gobernado la Argentina en las últimas décadas tuviesen que poner en palabras el “modelo” que siguieron, veríamos de inmediato que no se trata de algo digno de imitar y que, en realidad, se acerca más a una conspiración digna de una asociación ilícita, o más bien, a un acto de vil traición a la Patria.

Visto así, el ruido de las cacerolas es un ruego estridente que pide recuperar ya mismo un ideal serio y elevado de país. Se trata, sin duda, de refundar la República, de ponernos de acuerdo y de educarnos en él. La ventaja es que ya poseemos un buen modelo a seguir, y está plasmado en la Constitución Nacional. Sólo sería cuestión de respetarla, y como el pueblo lo sabe no protesta contra la Libertad, o la Justicia, o la Política, ni se obsesiona con los aspectos más efímeros de la crisis -como algunos malintencionados sugieren- sino que busca castigar con su ensordecedor bullicio a los responsables directos del sometimiento, el abuso y la corrupción. En vista de la proverbial sordera de estos personajes, el ruido está perfectamente justificado.