Mes: junio 2002

La responsabilidad educativa

Por Hugo M. Castellano © 7 junio, 2002

El catastrófico estado de la educación en los países latinoamericanos y el riesgo que la actual situación conlleva tanto para las integridades nacionales como para el bienestar presente y futuro de sus ciudadanos nos obliga a considerar como de urgente necesidad la revisión total de nuestra actitud social y personal frente al problema educativo.

La educación es un derecho, y con esta simple afirmación se torna autoevidente que dicho derecho genera una serie de obligaciones y responsabilidades que competen a todos y a cada uno de los miembros de la sociedad. No nos es posible ya sostener que la solución depende únicamente de los maestros, ni de los funcionarios educativos, ni de la clase política, en la presunción de que sólo a ellos corresponden aquellas obligaciones y que los beneficios de educar e instruír a las nuevas generaciones deben derramarse sobre el colectivo social sin que a éste le toque asumir responsabilidad alguna. El problema educativo es de todos y sólo será resuelto con la participación comprometida de cada uno de los actores sociales, sin excepción.

El acto de educar lleva implícitas dos acciones básicas: la instrucción y la formación. En virtud de la primera se transmiten conocimientos y habilidades; la segunda se ocupa de darles sentido ético, social y personal, modelando el carácter, la inteligencia y las virtudes. Ninguna puede existir sin la otra: la formación moral aislada produce individuos retóricos y estériles en obras; la instrucción por sí misma crea seres brutalmente pragmáticos y materialistas.

La sociedad asume su responsabilidad educativa en un sistema formal: escuelas, universidades y otras instituciones que cumplen la función de brindar formación e instrucción según esquemas prefijados para atender a las demandas sociales. Pero además, la sociedad forma e instruye informalmente a toda hora y en cualquier lugar, ya que cada individuo está constantemente expuesto a situaciones, ejemplos o problemas que resultan en un aprendizaje ineludible.

Es en el divorcio entre la educación formal y la informal donde se hallan las raíces más profundas de la catástrofe educativa; donde tal vez estén sus verdaderas y últimas causas.

Cuando una familia delega totalmente la formación de sus hijos en la escuela porque no quiere asumir deberes correctivos que se le antojan antipáticos, da ejemplo de irresponsabilidad y falta de compromiso. Cuando los medios exaltan la incultura, la banalidad o la inmoralidad socavan en la base los esfuerzos de las familias y los educadores que intentan transmitir conocimientos, habilidades y valores a las nuevas generaciones. Cuando los intelectuales se aferran a las ideologías con un dogmatismo digno de inquisidores; cuando los jueces se venden por treinta talentos; cuando los ejércitos se ponen al servicio de los poderosos; cuando los artistas se consideran únicos árbitros de la ética y la estética; cuando los periodistas se sienten representantes exclusivos de la libertad de expresión; cuando los políticos presumen de ser depositarios de la razón absoluta y se consideran al margen de las leyes, o cuando las personas comunes concluyen que es su derecho ignorar los derechos del conjunto, se está dando un mensaje inequívoco a cada potencial aprendiz: haz lo que la sociedad hace, no lo que la sociedad dice.

Por eso el problema educativo es un problema cultural. Tenemos la educación que nos representa; educamos tal como somos. Y si queremos remontar la cuesta nos queda un solo camino: cambiar.

Comencemos, entonces, por aceptar que todos somos educadores. Todos instruímos y formamos, aún sin proponérnoslo. Comprendamos que cada niño nos mira en busca de ejemplo; que cualquiera de ellos puede tomarnos a nosotros mismos como modelo, o que mide sus ambiciones, sus sueños o sus conocimientos según los nuestros. Entendamos, de una vez por todas, que ninguno de nuestros actos es enteramente privado y que no nos es posible escondernos de la responsabilidad educativa.

Todos somos culpables de esta catástrofe de la educación que expone, primero que nada, un fracaso personal que guarda relación directa con la cantidad de personas sobre las que influímos. Si cada uno de nosotros asumiese como una cuestión de honor el enmendarse, estaríamos dando un paso hacia la solución que sería infinitamente mayor y más relevante que cualquier reforma estructural o mejora presupuestaria.