Mes: marzo 2003

¿Educa la televisión?

Por Hugo M. Castellano © 7 marzo, 2003

Para evitar al lector innecesarias angustias y no hacerme sospechoso de provocar ese suspenso barato de los que tienen poco que decir y lo dicen recién en la última línea, voy a responder a la pregunta del título de inmediato, anunciando que, en mi carácter de maestro y profesional de la pedagogía, estoy convencido de que la televisión educa por donde se la mire. Y ahora, el anticlímax: es una desgracia que así sea.

Educar es un verbo demasiado común, y no todos se toman el trabajo de pensar en su significado. Es fácil hablar de educación porque es una disciplina humanista, una ciencia “blanda” que no necesita de las matemáticas para expresar conceptos, muy abierta a neologismos y disparates lingüísticos, y por ende cualquier hijo de vecino se siente con capacidad para emitir unos pensamientos medianamente hilvanados y opinar sobre ella. “Es un hombre educado” significa para algunos un prójimo que se comporta bien en la mesa: el epítome del urbanismo; decir que alguien nos supera “en educación” sugiere que esa persona escucha sinfonías o lee libros sin ilustraciones, y nosotros no tanto; y también es usual escuchar que hay quienes “por educación” no se permiten maldades, palabras chabacanas o actos de corrupción. No obstante, estos usos intuitivos del término resumen lo que verdaderamente está contenido en la educación, en su sentido más amplio: hábitos y costumbres, conocimientos y virtudes. El educador es quien transmite o instila estos elementos; el educando es quien los recibe o se los apropia.

Si lo miramos así (y no creo que haya otro modo de mirarlo), no podemos negar que la televisión educa. ¿Cuántas expresiones idiomáticas se vulgarizan gracias a la televisión, o cuántos comportamientos surgen en la gente por imitación de lo que hacen los actores o los comunicadores que aparecen en la pantalla chica? ¿Cuántos hechos y datos son aprehendidos por la audiencia gracias a los noticiosos o a los programas documentales? ¿Cuántos valores morales replica la sociedad por haberlos visto en la injustamente llamada “caja boba” (porque de boba no tiene nada)? Muchísimos, es indudable. Consideremos si no a mi alumna María, de seis años, que me explicó una mañana el dilema existencial del aborto versión “Verano del 98”; o a Manuel, de cuarto grado, que practicaba golpes de karate con sus compañeros diciendo “éste es mortal, éste no”; o a Verónica, una adolescente que conocía de memoria las letras de todas las canciones de Luis Miguel y los horarios precisos de cada telenovela habida y por haber, pero era incapaz de recordar la capital de la Provincia de Buenos Aires (y como dice “la tele”: los sucesos son verídicos pero los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los protagonistas…). ¿Qué duda puede caber de que estos niños fueron educados por la televisión, que adquirieron hábitos, conocimientos y valores por su mediación?

Un reciente anuncio patrocinado por cierta agrupación argentina de productores de TV muestra una amplia gama de situaciones donde las personas reciben claros beneficios por su permanencia frente a la pantalla. La mayor parte de ellos guardan relación con los sentimientos y, curiosamente, ninguno con el aprendizaje o la educación. La televisión se cuida muy bien de decir que educa, pero el mero hecho de provocar emociones hace que la gente sienta simpatía o aversión por lo que las causa y se afilie con ciertas ideas, o las rechace. Esto es, en muy pocas palabras, “formar opinión”, una tarea eminentemente educativa cuyo fin es la construcción de una escala de valores.

Algunos críticos enajenados por su odio hacia el medio aducen que esto no es más que “des-educación”. Pero no existe tal cosa: no hay educación negativa. Se educa para el bien o para el mal; se puede trocar una educación en otra, pero jamás anular sus efectos y retrotraer al educando a un nivel anterior de ignorancia. La educación, a lo sumo, puede ser eficaz o ineficaz; siempre busca modificar los comportamientos, instruir, informar y transmitir valores. En esto la televisión es excelente.

Cuando yo era pequeño jugaba con mis amigos a “las bolitas”. Sabíamos, por nuestras lecturas de historietas originadas en los EEUU y traducidas en México, que en otros lugares las esferas de vidrio con las que jugábamos se llamaban “canicas”, pero jamás se nos hubiera ocurrido nombrarlas de ese modo. En Argentina eran “bolitas”, en México “canicas”, y así funcionaba el mundo. Desde que la televisión se hizo verdaderamente omnipresente los niños locales comenzaron a apropiarse del término extranjero –de ese y de muchos otros- al punto que se construyó un léxico híbrido que algunos presuntuosos atribuyen a la “interpenetración cultural”, pero que puede sintetizarse en un acto educativo informal mediado por la televisión. Este ejemplo es minimalista, aunque puede extenderse con facilidad a innumerables situaciones y contenidos.

No era ignorancia lo que prevenía a mi generación de adoptar una palabra foránea, sino la certeza de que lo era y que por lo tanto “no nos pertenecía”. La televisión nos llegó cuando ya habíamos adquirido por otras vías nuestro vocabulario localista. En cambio, en cuanto hubo otra generación cuyo léxico se construyó casi pura y exclusivamente mirando TV, se hizo evidente que los niños pequeños, que no tenían modo de distinguir a un mexicano de un argentino o a un norteamericano doblado al español de un español nativo, apreciaban la diferente terminología -e incluso los acentos- como simples variaciones de un idioma universal que había que imitar. ¿Está bien que así haya sido; está mal? No lo sé, pero este es un caso donde el poder educativo de la televisión se manifiesta en toda su intensidad.

Si la televisión educa, ¿cuál es el problema? ¿No es eso lo que siempre le reclamamos? Lo que sucede es muy simple de enunciar: la televisión educa, pero en el sentido incorrecto. Sus estándares siempre van “a la baja”, sus modelos son inapropiados; los conocimientos que presenta están descontextualizados; las estrategias que utiliza para enseñar son ferozmente conductistas; la información que brinda está santificada por la imagen de los presentadores y no por la verdad objetiva; la cultura que disemina es caótica, y los valores que inculca son superficiales y sin sustancia. La televisión es un maestro irresponsable, ignorante, desordenado y hasta malévolo, aunque –admitámoslo de nuevo- tremendamente eficiente.

¿Dónde quedan entonces aquellos contenidos que todos tenemos por valiosos: los documentales del History Channel, o las entrevistas de People & Arts, o los programas del Discovery y la BBC? Lamentablemente contextualizados en ese mar de banalidad y estulticia que conforma el 90% o más de la programación habitual. Estos contenidos son, como la música clásica y las Bellas Artes, elementos de una cultura vista como elitista, para minorías educadas en paradigmas muy diferentes de los ordinarios, y en la mayoría de los casos resultan terriblemente aburridos para el público en general, un “relleno” con el que la televisión parece justificar su falta de creatividad para proveernos de entretenimiento estúpido las veinticuatro horas del día. Cuando yo era pequeño y un programa de televisión debía ser interrumpido por razones de fuerza mayor, siempre se tapaba el hueco con un documental, y en la radio con música “culta”. ¿No era esa una lección eminentemente educativa sobre cuál es el nivel de importancia que los medios asignan a la información cultural?

Hoy, en cambio, los canales recurren a su vasto arsenal de archivo para repetirnos tonterías usadas cuando no pueden darnos la tontería nueva de todos los días. La programación educativa discurre por señales propias, fácilmente identificables y sencillas de eludir con un toque en el control remoto. La lección es disociativa: hay quienes miran unas cosas, y quienes prefieren otras. Pueblo y elite; masas y oligarquía; entretenidos y educados. Puede parecernos una maravilla tener un espacio para cada gusto, pero en realidad estamos abriendo una más de las tantas y muy comunes “brechas” a que nos tiene acostumbrados el desarrollo de las tecnologías y las comunicaciones.

La televisión educa y lo hace mal, incluso cuando se aviene a incluir temas y visiones claramente educativas. Hay muchos creadores comprometidos con la cultura que trabajan en el medio y producen programas verdaderamente épicos en un mundo que tan poco valora el saber, pero están constreñidos por el “lenguaje” de la TV y por las costumbres degradadas de la audiencia.

Los programas que relatan hechos del pasado, por ejemplo, nunca alcanzan a situar al espectador en la línea de tiempo histórico, limitándose a presentar algunos pocos antecedentes o consecuencias como al pasar. Desde la óptica del constructivismo pedagógico, presumen “saberes previos” porque asegurarlos mediante una exposición significaría aburrir a la audiencia, de manera que acaban siendo interesantes sólo para aquellos que ya los poseen. Es un círculo vicioso: la cultura sólo da beneficios a los previamente cultos. El resto –y aquí está el negocio- nada más se entretiene bajo la presunción de estar frente a un contenido útil que en realidad no le sirve de mucho.

Algunas series diseñadas con rigor y orden pueden ser puestas en el aire en la secuencia correcta cuando se las estrena, pero luego se convierten en piezas para rellenar espacios libremente y comienzan a aparecer en la pantalla sin ton ni son. El espectador entonces viaja de Grecia a Sumeria, de Sumeria a Florencia y de Florencia a las cavernas comprendiendo poco y nada sobre las relaciones y dependencias entre los procesos culturales. Si un maestro hiciese esto sería despedido de inmediato, pero la televisión se sale con la suya porque para ella la educación se rige por las leyes del espectáculo y no por las de la didáctica. En la TV la inducción y la deducción son estrategias aplicables sólo a los hechos inmediatos y cercanos, y los antecedentes o las consecuencias nunca pueden exceder el límite de lo que encaja en un programa de cincuenta minutos, a lo sumo.

Y sin embargo, la televisión educa. Educa al mostrar que todo es relativo, que todo es fragmentario, que todo es opinable y que es enteramente coherente que en el canal 54 se hable de la Mecánica Cuántica y en el 55 de la aroma-terapia y las flores de Bach. La televisión pretende dar a cada cual lo suyo, pero no considera las repercusiones que esta mescolanza pueda tener en quienes todavía no han formado su opinión y están buscando una luz al final del túnel (o el túnel mismo). Por sobre todo, la televisión educa al demostrar que no hace falta poner a un educador a explicar las cosas que se ven, porque explicar es aburrido y aburrirse atendiendo a una explicación es del todo indeseable.

Bien, así es el mundo que estamos forjando. Los educadores podemos descansar tranquilos; la televisión está haciendo nuestro trabajo, y le va muy bien.