Mes: noviembre 2003

La violencia en la escuela

Por Hugo M. Castellano © 14 noviembre, 2003

La escuela siempre fue un lugar violento; no hace falta recorrer demasiado la historia de la Educación para encontrar evidencia de que en su seno han tenido lugar horribles crueldades y se llegó a aplicar un sadismo ilimitado, al punto que podría afirmarse que muchos de los avances en Pedagogía fueron inspirados justamente por el deseo de hacer de las aulas un lugar más soportable, justo y pacífico para los alumnos.

Para los alumnos, sí. Porque si la historia registra un hecho cierto, éste es que la violencia más antigua y permanente en las aulas ha sido culpa de educadores convencidos de que los azotes son capaces de erradicar las fallas morales y de que la letra con sangre entra.

Hasta hace muy poco, esta era la única violencia digna de mención en la escuela. Suecia fue el primer país en abolir los castigos físicos para los menores de edad, en 1979, y los más recientes fueron Alemania e Israel, en 2000. No obstante, 90 naciones del planeta todavía permiten esta indigna forma de abuso. En los EEUU, 23 estados siguen aceptando explícitamente que los niños pueden ser golpeados en las nalgas con una plancha de madera (“paddle”), cuando a juicio de sus maestros lo merezcan, y en el bienio 1986-87 hubo registro de un millón de tales incidentes, con unos 20.000 estudiantes requiriendo atención médica.

A pesar de estos números, la realidad es que en la última mitad del siglo XX las penas corporales y otras formas de tortura de dudoso valor pedagógico fueron perdiendo vigencia en los diversos sistemas educativos. Los golpes y las humillaciones paulatinamente dieron paso a castigos más bien simbólicos y, en nuestros días, aún estos se encuentran en franca extinción.

¿De qué puede quejarse hoy un padre preocupado por el bienestar de su hijo en una escuela típica? Lo usual será acusar a los maestros de autoritarios, pero no porque recurran a la vara o usen la regla para enrojecer a golpes la palma de las manos de los alumnos díscolos, sino porque exigen demasiados deberes, imponen temas y ritmo de estudio sin atender a reclamos, o porque tratan de poner orden… ¡alzando la voz! Cualquier maestra contemporánea siente temor a ser señalada por sus discípulos como muy gritona o demasiado estricta, pero difícilmente le quite el sueño ser sumariada por algún acto verdaderamente violento, por la simple razón de que semejante desatino no forma parte de sus planificaciones, como podría haberlo hecho cien años atrás.

Si se toman en cuenta los casos que reporta la prensa o la materia que se discute en congresos y simposios docentes, son los propios educadores los que se quejan de la violencia escolar. Ellos sienten que en pocos años han pasado de victimarios a víctimas.

Hoy se dan dos formas mayores de violencia en la escuela: la natural agresividad de los niños y jóvenes entre sí, y la de los estudiantes hacia sus profesores y la institución. La primera ha existido desde siempre; tiene que ver con el desarrollo de la personalidad, la afirmación del yo, la competitividad innata y los instintos de nuestra especie cuando una incipiente maduración no logra controlarlos todavía. Es enteramente lógico que los niños corran, griten y se golpeen, que se insulten y se discriminen, que rompan las cosas y produzcan daño: están tanteando los límites para descubrir, por prueba y error, cuál será su lugar en el mundo y bajo qué condiciones deberán ocuparlo. La segunda forma de violencia también es intemporal y tiene su justificación: los niños en edad escolar, y sobre todo los adolescentes, cumplen el mandato genético de volverse individuos independientes desafiando a la autoridad y rebelándose ante el orden establecido.

¿De qué se lamentan entonces los maestros? Anulada la violencia propia por las modernas concepciones pedagógicas fundadas en la comprensión, la compasión, la tolerancia y el respeto, ha cobrado vigencia inusitada la otra violencia, la de los alumnos. Mientras los educadores eran todopoderosos negreros en posesión del látigo, las torpezas y la inmadurez de los estudiantes eran vistas apenas como una forma más de cumplir con aquel dictum que afirma “a golpes se hacen los hombres”. Ahora, habiendo enterrado sus armas más feroces, ya no les parece a los docentes una travesura simpática que los chicos se agredan malamente, y no pueden excusarse diciendo que “reaccionan contra el sistema”.

Nada de esto resultaría digno de mención de no ser por un detalle de crucial importancia. En nuestros días, la agresividad de los jóvenes ha alcanzado niveles preocupantes, exacerbada por una cultura que ha hecho de la violencia un espectáculo cotidiano, un entretenimiento que no provoca ni alarma ni repugnancia, sino pura satisfacción. Pagamos por ver violencia en el cine, y la televisión nos la regala las veinticuatro horas del día.

Existe una abrumadora cantidad de investigaciones científicas que relacionan de modo directo a la violencia explícita en los medios con la agresividad y los comportamientos antisociales de niños y jóvenes. Las dosis cada vez mayores de exhibiciones violentas de la TV y el cine operan sobre las tendencias preexistentes en los individuos excitándolos más allá de lo natural, anestesiándoles la sensibilidad y actuando como estandardizadores de comportamientos que trascienden la cultura y las circunstancias locales. En otras palabras, muchas manifestaciones violentas (y la pérdida de valores, la falta de respeto y la aparición de costumbres no necesariamente agresivas, pero no por eso menos disolutorias) no tendrían lugar o no alcanzarían la magnitud que les conocemos sin el poderoso catalizador de los medios globalizados. Estos efectos son particularmente visibles en la escuela, porque en ella conviven los sujetos que todos los estudios -sin excepción- han probado ser los más vulnerables: los niños.

Cuando se descubrieron los antibióticos las enfermedades infecciosas dejaron de ser preocupantes, sólo para volver aparentes otras afecciones más difíciles de erradicar. La escuela ya ha probado su penicilina. El sistema puede conservar aún vestigios de autoritarismo y crueldad, pero nada de eso alcanza para justificar que los alumnos reaccionen como lo están haciendo. Nos hemos curado de un mal para que otro ocupe su lugar.

Que la disciplina sea un gravísimo problema en países tan disímiles como Japón, Francia y Argentina es prueba fehaciente de que hay uno o más factores comunes, externos a la escuela, que obran a favor de la universalización del problema. De todos los posibles, el más obvio, el más asiduamente demostrado como tal, es la influencia de los medios y resulta increíble que la sociedad humana todavía se niegue a la incontrastable evidencia que han producido y siguen produciendo los científicos.

Una explicación podría ser que los habitantes de este planeta nos sentimos perfectamente conformes con sacrificar la estabilidad y la salud de nuestras estructuras sociales a cambio de una pizca de entretenimiento banal y que, en el camino, estamos alegremente preparados para arrojar a la pira primero que nada a nuestros hijos.

La violencia en los alumnos, sus actos de grosería, incontinencia moral y falta de respeto tienen el carácter de síntomas. Si no alcanzamos a percibir que son coincidentes con los que advertimos en los medios de comunicación, fallaremos en comprender el problema y seremos incapaces de hallarle solución. Y ésta pasa -sin lugar a dudas- por aceptar que, para que los niños y los jóvenes vivan dentro de los límites de la sociedad, la sociedad tiene primero que aprender a limitarse.