Mes: mayo 2006

Lernend Macht Frei

Por Hugo M. Castellano © 26 mayo, 2006

Auschwitz, el más grande campo de concentración nazi, exhibía en su entrada un parco anuncio forjado en hierro: “El trabajo os hará libres”.  Por debajo de él pasaron más de un millón de personas en un brutal calvario que acababa inexorablemente en la cámara de gas. Pero mucho antes de eso, al ingresar al sitio del que no iban a salir jamás, mientras cargaban lo poco que les pertenecía y arrastraban los pies por el fango con los puños crispados y los ojos vidriosos, los condenados nutrían por última vez su débil esperanza musitando ante la evidencia del cartel: “nos llevan a trabajar”.

Quienes estudian el Holocausto con frecuencia se cuestionan cómo pudo ser que cientos de miles de prisioneros no reaccionasen ante un puñado de guardias una vez que dentro de los campos intuían que su muerte era inminente. La respuesta no es difícil: el sufrimiento imaginado, la potencialidad de la represalia o la ilusión de que esa inminencia del fin no es tan imperiosa, superan en la mente de casi todas las personas al terror por los males actuales, y esto les permite soportar cualquier agonía, por dura que parezca.  Es así como el perverso construye su dominación a partir del temor ajeno; lo alimenta, lo abriga y lo hace crecer convenciendo a sus víctimas de que lo que sufren hoy es insignificante comparado con lo que podría pasarles mañana, si acaso osasen rebelarse. Este es un mecanismo tan poderoso que opera con eficacia aún cuando lo peor que pudiera suceder esté de hecho sucediendo, sin nada imaginable que lo supere.

Mucho de lo que le pasa a la Educación en estos días responde a un esquema similar. Décadas de sistemática destrucción del aparato formador de educadores; fraudulenta administración y empobrecimiento constante de los recursos materiales; fomento hipócrita de teorías pedagógicas incompletas o directamente absurdas implantadas en nombre de la modernidad; imposición forzada de valores decadentes; deliberado abandono de las responsabilidades directrices y organizativas del Estado a favor de una descentralización basada en la ausencia de todo control, que sólo atomiza y disgrega sin aportar una sola gota de eficiencia; declinación del rol rector de la escuela y  los maestros en cuestiones educativas; descrédito, incapacidad y corrupción en todas las esferas, han llevado a las instituciones de enseñanza al que con certeza es el más bajo nivel de la historia contemporánea.

Se suma a esta terrible lista de injurias la disolución ética y cultural de la sociedad, empujada por los medios monopólicos de comunicación gobernados por intereses amorales, la tecnocracia economicista neoliberal y los implacables artífices de la sociedad de consumo, disolución nunca mejor ejemplificada que a través de la virtual ausencia en torno nuestro de artistas, pensadores o ideólogos de algún relieve.

El de hoy es un mundo de contradicciones extremas en el que la sobreinformación produce ignorancia, la libertad conduce a la impudicia, y donde hay que tener para ser. Una prisión siniestra donde los únicos que engordan son los kapos y los vigilantes, al tiempo que los prisioneros enflaquecen sin pausa, día a día, en más de un sentido. O, lo que es más dramático, en el peor de los sentidos.

 Ya inundan las calles de nuestras capitales multitudes de jóvenes noctámbulos y violentos cuyo única meta en la vida es embriagarse hasta la inconsciencia.  No hay trabajo para ellos a la salida de la escuela secundaria, y casi no lo habrá aún si pertenecen al reducido grupo que emerge de la universidad con un título u otro.  No hay trabajo, esto es: no hay futuro.  Pero aún cuando lo hubiera han sido educados para la desesperanza, impedidos por diseño de pensar críticamente, desprovistos de información vital hasta hacerles imposible hilar una deducción bien sustentada, entrenados en la resignación más abyecta y castrados de su órgano más elemental: el espíritu. Y como han crecido entre basura mediática y banalidad cultural, ni siquiera son capaces de ocupar su ocio con dos minutos de creatividad. Se los ha formado en un sistema displicente, permisivo, tolerante de todos sus caprichos, que escucha con oídos sordos y es mudo para dar consejos.  Han crecido sin límites y por eso son trágicamente limitados; han tenido los peores ejemplos, los han acosado las más malignas tentaciones, y nadie hubo que se elevara por sobre la mediocridad general para apuntar con el dedo y decirles: “ese es el camino”.

Los padres de estos jóvenes, como los judíos, los polacos o los gitanos de Auschwitz, creen todavía en el lema moldeado sobre el pórtico de la escuela: “El aprendizaje os hará libres”. Atrapados en el abyecto plan de quienes sólo buscan convertir al pueblo en una masa de compulsivos consumidores de lo estúpido y lo superfluo, no alcanzan a percibir que por temor a un mañana sin alternativas se han cerrado a todas ellas, y que el miedo a un porvenir de privaciones los ha dejado directamente privados de porvenir alguno. Siendo mayoría, se rinden al grupúsculo de perversos sin quejas ni resistencia. Temen sufrir lo que ya están sufriendo; temen perder lo que ya han perdido. Y entran con sus hijos de la mano, con la mirada vacía y arrastrando los pies por los pasillos, mientras musitan para alimentar su débil esperanza: “los traemos a estudiar”.

Maestros, padres, alumnos: porque estamos vivos aún hay tiempo. Somos más que los soldados y los policías; muchos más todavía que los políticos y los grises burócratas; infinitamente más que los malvados que nos conducen. Hagamos algo ahora, ¡ya!, o nuestras cenizas acabarán revueltas en el triste crematorio al que van a parar todos los indolentes.