Mes: octubre 2008

Agotando los recursos virtuales

Por Hugo M. Castellano © 9 octubre, 2008

En otros tiempos, el fin de una relación sentimental estaba marcado por un último acto de mutua honestidad: la devolución de las cartas íntimas y los mensajes de amor. En otros tiempos las personas desgranaban sus experiencias cotidianas en “diarios íntimos”, inviolables receptáculos de recuerdos, anhelos y miserias. En otros tiempos la gente conversaba con amigos y desconocidos despreocupándose por las consecuencias de lo dicho sin testigos a la vista, ya que según sostenía la sabiduría popular “a las palabras se las lleva el viento”.

Pero en estos tiempos, cuando millones de humanos se han volcado a la comunicación mediada por la tecnología informática, la intimidad ya no es lo que era antes y los bytes resisten cualquier vendaval. La tendencia a participar en las llamadas “redes sociales”, como Facebook o MySpace, ya comienza a mostrar su lado más oscuro y orwelliano a medida que abogados y jueces empiezan a advertir que la evidencia publicada en esos espacios puede tener valor probatorio o condenatorio en muchos litigios civiles y penales.

Las compañías de seguros, por su parte, enfrentadas a la posibilidad de gastar fortunas en una indemnización, ya han empezado a buscar información en las redes sociales para defender sus intereses.

Otro espacio conflictivo son los blogs. Si en una red social como Facebook cualquier usuario podría aducir que la información que publica está dirigida sólo a un grupo reducido de personas (al cual, por otro lado, no es difícil acceder), el blog es un canal de comunicación abierto a todos que más que frecuentemente reemplaza al “diario íntimo” de antaño. ¿Quién podría criticar a un abogado o a un fiscal por utilizar lo que allí se publica, si es que ha ofendido a alguien o sirve como evidencia en un litigio? Ya se sabe de empresas que indagan en los blogs de quienes se postulan para un empleo, o que utilizan esa información para dilucidar transgresiones al contrato de trabajo. Muchas universidades vigilan los blogs de sus alumnos y les aplican sanciones cuando descubren información reveladora de alguna violación de sus normas.

El pasado septiembre, dos jóvenes tenistas ingleses fueron sancionados por la Lawn Tennis Association luego de que publicaran en la web fotos donde se los veía bebiendo cerveza y posando en actitudes obscenas. En los Estados Unidos, la vigilancia de blogs y redes sociales es tan usual que ya existe software para automatizarla. Y se anticipa que lo publicado en flogs, blogs y redes sociales ya está siendo puesto bajo el escrutinio de los detectives que atienden divorcios, siempre a la búsqueda de pruebas de infidelidad y otras minucias conyugales. Ante este panorama, la primera pregunta que cabe hacerse es si quienes utilizan estos espacios con tan poco criterio para preservar su intimidad tienen una visión ingenua de lo que las tecnologías ofrecen en términos de seguridad, o si la tentación narcista de mostrarse al mundo es tan fuerte como para hacerlos olvidar el peligro.

Por supuesto, hay un grupo mucho más vulnerable al cual ni siquiera se aplican estas excusas, y son los niños, cuya única falta es la inexperiencia y el abandono de sus mayores. Todos los días varios de ellos son victimizados en algún lugar del planeta por un pedófilo hábil en el uso de la tecnología para fines criminales. Ni siquiera el email se salva. Cada máquina por la que pasa un correo electrónico en su viaje del remitente al destinatario guarda copia de respaldo por varios años. En Internet las cartas de amor siempre van por duplicado. De nada sirve que ella “queme” las suyas si él decide conservar las propias, y tampoco sirve que ambos las envíen a la papelera, porque su proveedor de conectividad, celoso de la ley, siempre tendrá un “backup” a la mano.

¿Cuánto tiempo duró la ilusión libertaria de Internet? ¿Diez años, quince? Parece muy poco tiempo para un medio que se promocionó y se expandió explosivamente bajo la premisa de la democratización del conocimiento y la promesa de poner el poder en manos de los individuos. La realidad, aquí y ahora, es que a los dueños de las redes sociales no les importa la libertad de sus usuarios para comunicarse, sino sólo cuánta publicidad están dispuestos a consumir mientras “socializan” hasta que el negocio ya no rinda. Entretanto, los leguleyos y picapleitos han descubierto una mina de oro en la interminable catarata de revelaciones que fluye en blogs, flogs y redes sociales. Y lo peor del caso es que, desde el punto de vista de los individuos que participan en estos espacios de comunicación social, lo único que importa es dar y recibir información privada tal como en otros tiempos se hacía por carta o personalmente, pero ahora desafiando a la tecnología y a su capacidad para hacer público, permanente e imborrable lo que antes era efímero, inasible e indestructible. Facebook, por ejemplo, afirma preservar los registros personales… ¡a perpetuidad!

Como educadores, es nuestro deber instruir a los alumnos sobre los peligros de divulgar información personal y detalles íntimos de sus vidas (o de las de otros) en la Web, donde NADA ES PRIVADO. El problema con esto es que, al hacerlo, estamos contradiciendo el narcisismo que prevalece en las nuevas generaciones y el propio concepto de la Web como medio de comunicación social, imponiéndoles una regla que, aún siendo la más sensata, les va a sonar inevitablemente antipática: que en los espacios de comunicación mediados por la tecnología hay que ser sumamente discretos y no revelar nada que pudiera comprometernos, lo cual deja muy poco margen de maniobra a la “socialización”. En realidad, si todos siguiesen ese criterio, los blogs y las redes sociales dejarían de ser interesantes para una mayoría de personas (de hecho, Facebook ha visto caer su popularidad un 26% en el pasado año).

Por otra parte, interesar a docentes y alumnos en el tema de la privacidad en Internet es una necesidad imperiosa pero expone no pocas contradicciones. La seguridad personal depende de qué tan bien seamos capaces de ocultar nuestra identidad (nombre y apellido pueden conducir a nuestra dirección o teléfono con gran facilidad), y la protección de nuestra libertad y derechos implica no vertir ninguna opinión comprometedora, teniendo en cuenta que las que hoy parecen inocentes pueden dejar de serlo en otro tiempo y circunstancias.

En semejante contexto, ¿no será la mentira el único modo de disfrutar de la comunicación sin correr peligro? Muchos así lo entienden, pero nadie puede anticipar las consecuencias sociales de semejante comportamiento si se convirtiese en la regla universal. ¿Estaremos destinados a dividir nuestra personalidad en dos, una real para las relaciones próximas, y otra virtual -y falsa- para nuestras interacciones mediadas por la tecnología? ¿Será esto útil, satisfactorio, contribuirá a elevarnos como individuos y como sociedad? Ingenuos, ávidos de notoriedad, inexpertos o irresponsablemente extrovertidos, los humanos tenemos una curiosa predisposición a destruir todo aquello que, con un mínimo de responsabilidad y sentido común, podría habernos enriquecido social, cultural y personalmente.

Ya estamos a punto de consumir el medio ambiente natural, y con mucha mayor rapidez vamos comprometiendo al medio ambiente virtual. A mi se me antoja que las redes sociales son como pozos de petróleo a los que se explota hasta su agotamiento sin medir consecuencias. Para unos pocos son fuente de inmensa riqueza mientras duran, y una vez que ya no sirven comenzamos a descubrir cuánto nos han contaminado… a todos.