Mes: diciembre 2010

Reacciones y lecciones que nos dejó PISA

Por Hugo M. Castellano © 10 diciembre, 2010

La reciente publicación de los resultados del examen trienal de PISA ha provocado un revuelo en el mundillo educativo, y las reacciones han sido muy diversas. No todas estuvieron a la altura de las circunstancias, poniendo en evidencia a una clase dirigente más interesada en disimular su inacción y sus fracasos con fantásticas excusas, que en tomar medidas serias para sanear y profesionalizar los sistemas educativos a su cargo.

Era previsible que los países mejor posicionados (no corresponde aquí hablar de “ganadores”) hicieran gala de magnanimidad y modestia, y que el resto se entregase tanto a expresiones de sincera humildad y congoja, como a la activa producción de sofismas y justificaciones autocomplacientes, o que cayera en episodios de paranoia inversamente proporcionales al puntaje obtenido.

Pero, vayamos por partes. Comencemos por explicar que el examen PISA (Programme for International Student Assessment) comprende a los países de la comunidad europea miembros de OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico), mientras que el resto adhiere voluntariamente. “Adherir” implica -y no es ocioso consignarlo- que los participantes aceptan las reglas y se someten a los resultados sin presiones ni condicionamientos.

En segundo término, PISA no evalúa el currículum de cada país. No se enfoca en qué es lo que el alumno sabe, sino en cómo usa lo que sabe; en cómo aprovecha los conocimientos y las habilidades que ha aprendido (si es que las ha aprendido) para resolver problemas de la vida real.

Tercero, los cuestionarios que PISA pone sobre el pupitre de los estudiantes contienen preguntas que han sido unánimemente aceptadas por los países participantes. Un voto en contra, y cualquier pregunta es descartada. Esto significa que a nadie se lo evalúa por lo que no quiere ser evaluado.

Cuarto, y no muy conocido, es que los tests son corregidos por equipos de profesionales provistos por cada país, usando una guía elaborada por los desarrolladores internacionales y los expertos de PISA, con la aprobación de los países participantes, y con una instancia de verificación adicional y externa, para que nadie pueda aducir animosidad o corrupción en el proceso.

También es prerrogativa de los países participantes solicitar una evaluación diferenciada del resto, que contemple situaciones sociales o demográficas particulares.

En el tiempo que el examen PISA viene desarrollándose, se han producido algunas “anomalías”, esto es, casos problemáticos que no pudieron ser anticipados. En todas estas instancias los países involucrados fueron automáticamente excluídos de las estadísticas finales.

Estos rigurosos estándares de calidad y la experiencia de una década hacen del examen PISA la evaluación mas confiable y respetada sobre la calidad educativa que pueda encontrarse a nivel internacional. Pueden discutírsele muchos principios y premisas, pero no caben dudas de que lo que PISA se propone evaluar, lo hace con idoneidad, profesionalismo y objetividad.

Ahora bien, los resultados que produjo Hispanoamérica fueron en general muy pobres, aunque alientan al optimismo en algunos casos especiales. Pero mucho más triste y lamentable que las bajas calificaciones fue la oleada de excusas, justificaciones, mentiras y falacias con que algunos políticos (y también educadores, a qué negarlo) trataron de disimular lo evidente.

A la cabeza de todos ellos va el Ministro de Educación de la Argentina, Alberto Sileoni, quien objetó el examen afirmando que algunas de sus mediciones eran “maliciosas“, y señaló que PISA “se sustenta en evaluaciones a países que tienen una situación de altísima tasa de cobertura educativa y satisfactorio equipamiento escolar“. Esta idea lo llevó a pedir que los países de la región elaboren sus propios estándares y sistemas de evaluación, pero no explicó por qué su país participó voluntariamente de un examen que, según él, estaba dirigido sólo a países desarrollados, y que además merecía ser tildado de malicioso. Tampoco sinceró que desde hace muchos años el sistema educativo argentino está empeñado en que sus estudiantes aprueben a como dé lugar, lo cual por sí solo explicaría que este país haya sido el que más cayó en las mediciones desde 2000 al presente, en una verdadera “debacle educativa“, tal como la tituló el principal diario uruguayo.

Hablando de Uruguay, pese a su buena posición relativa (segundo detrás de Chile) el país en general recibió los resultados con honda preocupación, pero algunos funcionarios, como el consejero de Secundaria Daniel Guasco, se alinearon con la opinión de Sileoni y le hicieron eco afirmando que, como “es imposible comparar a Uruguay con Finlandia, que hace 12 años que destina el 8% del Producto Bruto Interno para la educación“, correspondía proponer “una evaluación que tenga carácter más regional“.

En apariencia nadie le explicó al consejero Guasco que la comparación entre países y sistemas educativos no sólo es posible, sino que es justamente lo que hace falta para tener un punto de referencia hacia donde apuntar los esfuerzos de mejora. Por fortuna, muchos uruguayos acordaron que de nada sirve compararse con los peores, y pidieron la inmediata renuncia de Guasco.

Chile, a la cabeza de las estadísticas regionales, exhibió una actitud honesta y prudente al sostener que “se ha avanzado, pero no es suficiente“. Brasil se fijó de inmediato un exigente objetivo para 2021 (alcanzar los 423 puntos en el examen PISA), y apartó los recursos económicos para lograrlo. México se consoló con una “leve mejoría“. La madre patria se lamentó por su mediocre desempeño y lo atribuyó, en parte, a la inmigración, aunque también hubo quien ironizó sobre la buena performance española en la categoría “equidad educativa” explicando que “somos igualitarios, tal vez por tratar bien a los peores alumnos y muy mal a los mejores“.

Colombia reconoció sus limitaciones, y aclaró que cualquier esfuerzo que se haga sólo rendirá “en el largo plazo“. En el Perú -puesto 63 sobre 65- el ministro Chang se mostró “satisfecho” por los 47 puntos de crecimiento que su país tuvo entre 2006 y 2009, aunque su frase “se requiere una mirada optimista y no triunfalista” dejó la impresión de que las multitudes se habían entregado a un desenfrenado festejo por los resultados peruanos en PISA, y entonces el funcionario consideró necesario llamarlas a recato… ¡Triunfalista! Mmm, a ver… a dos del fondo, señor Chang… ¿de qué estamos hablando?

Mientras tanto, en la Argentina… silenzio stampa. Las declaraciones del ministro local apenas si tuvieron un apagado eco en los medios independientes, y los oficialistas cerraron el asunto a las pocas horas. Siempre hay temas más urgentes que los educativos en la margen occidental del Río de la Plata…

En resumidas cuentas, no fueron pocos los funcionarios regionales que se las ingeniaron para encontrarle sabor al agua de lluvia, con esa sorprendente habilidad que tienen los políticos para convertir la derrota más fatal en epopeya.

Aunque, justo es decirlo, no todos caen en la misma bolsa. En Uruguay, el senador Isaac Alfié puso las cosas en blanco y negro al comentar “unos van en avión, y nosotros montados sobre una tortuga renga“, para rematarla con un derroche de sentido común: “no hay milagros, y tampoco debemos hacer experimentos“.

En Panamá, puesto 62 sobre 65, y participando por primera vez, los periódicos recogieron opiniones ejemplares, como la de Juan Bosco Bernal, ex ministro de educación, quien saludó la entrada de su país “a las grandes ligas” y pidió a sus compatriotas inspirarse en los “países hermanos (que) ubicados en los últimos lugares en el pasado, hoy muestran posiciones más favorables“. Si otros pudieron…

Para concluir, valga la admonición del periodista, historiador y dramaturgo uruguayo Carlos Maggi, en una nota publicada en El País y titulada “La torre de PISA se nos cae encima”:

Cuando la mejor evaluación del mundo hecha por el PISA refiere a los estudiantes uruguayos, avisa que la educación pública es un fracaso, pero los responsables de ese fracaso no se inmutan, y ese silencio los sindica como cómplices de los malos profesores y los malos directores de liceo“.

Nada más simple y certero, porque desnuda con crudeza la trama de las responsabilidades: mala dirigencia, y mala pedagogía. Porque no es pidiendo a los alumnos menos capaces que se ausenten el día de la evaluación como mejoramos nuestros sistemas educativos, ni excusándonos detrás de absurdas teorías conspirativas cuando los números no nos favorecen, ni proponiendo mediciones ad hoc, subjetivas y fraudulentas por definición, ni despojando a las materias de contenido para convertirlas en insípidos ejercicios de pedaleo intelectual en el vacío.

Sólo avanzaremos aceptando la realidad tal como es, comprometiéndonos sincera y honestamente con la tarea de mejorarla, aumentando la exigencia, profundizando la currícula, y demandando de docentes y alumnos el máximo esfuerzo posible.

Finalmente, si la perversa idea de que los ineficientes sólo se pueden comparar con otros ineficientes prendiese en nuestras autoridades, o peor aún, en nuestros pueblos, estaríamos condenándonos al fracaso y a la segregación más irremediables, y entonces sí, la torre de PISA se nos caerá encima, sin remedio.