Mes: diciembre 2010

Más de lo mismo. ¿Es sensato imitar recetas educativas que han conducido a otros al fracaso?

Por Hugo M. Castellano © 10 diciembre, 2010

Hace unos días, Maja Wilson, maestra de Inglés en secundaria, formadora de docentes en la Universidad de Maine, EEUU, y autora del libro “Repensando las rúbricas en la evaluación de la escritura” (Heinemann, 2006), comentaba sobre el estado de la educación norteamericana en la columna de Valerie Strauss en el Washington Post:

“¿Cuál es el próximo culpable para el Departamento de Educación? Los padres. En reiteradas ocasiones se nos dice que el sistema educativo está en crisis, y la respuesta del movimiento reformista es una incesante campaña para promover la “responsabilización”; en otras palabras, para encontrar culpables“.

ExamenWilson continúa explicando que la campaña que denuncia “se basa en implacables evaluaciones estandardizadas, cuyos resultados son la base de un sistema de sanciones cuyas víctimas recientes incluyen a los estudiantes, los maestros, los administradores, y a distritos escolares enteros. Enfrentado a la evidencia de que este sistema ha arruinado a la educación en lugar de mejorarla, desviando recursos de la educación hacia la evaluación, y poniendo a la ansiedad en el centro de los procesos educativos, en lugar de la curiosidad intelectual, el Departamento de Educación simplemente se limita a buscar nuevos culpables“.

Como respuesta, propone: “podemos tomar toda la energía y el dinero gastado en evaluaciones y en sanciones, y aplicarlo directamente a lo que ya sabemos que necesitan los niños: libros, alimentación y asistencia médica adecuadas, y tiempo compartido con adultos que estén más interesados en su desarrollo intelectual que en su desempeño en pruebas de selección múltiple“.

El sistema que critica Wilson es el que emergió del programa “No Child Left Behind“, aprobado en 2001 por una amplia mayoría legislativa (aunque suele responsabilizarse al Presidente Bush (h) por sus resultados, la ley contó con un abrumador respaldo demócrata). En el marco del NCLB se elaboró un conjunto de estándares educativos, se diseñaron herramientas para su evaluación, y se ató la ayuda económica, e incluso la propia continuidad de las escuelas, a su capacidad para obtener resultados satisfactorios en las pruebas a que sometían a sus estudiantes.

Tras aplicar ingentes cantidades de dinero para implantarlo, y luego de casi una década, los resultados aparecen como minúsculos incluso para los encuestadores oficiales.

En esta situación, podría suponerse que el Presidente Obama, quien promete en la web de la Casa Blanca “reformar las escuelas norteamericanas para que brinden una educación del siglo XXI que prepare a todos los niños para el éxito en los nuevos ambientes globales de trabajo“, dispone de una inmejorable oportunidad para apartarse de la línea ultra-credencialista de los republicanos, adoptando estrategias para impulsar la mejora educativa que no se basen en la extorsión económica o en el miedo.

Desafortunadamente no es así, porque su plan es “promover estándares académicos de calidad mundial (…) acabando con el uso de tests “enlatados” e ineficaces, apoyando nuevas evaluaciones y sistemas de responsabilización que provean información oportuna y útil sobre el aprendizaje y el progreso de los estudiantes individuales“. O sea, más de lo mismo.

La incesante obsesión estadounidense por la responsabilización (“accountability“) y la estandardización sintoniza muy bien con el sistema educativo británico, probablemente el más credencialista del planeta, aunque en Europa los políticos están comenzando a cambiar su discurso (pero no sus mañas).

Hace poco más de una semana, el Secretario de Educación británico, Michael Gove, anunció con gran pompa la intención oficial de “barrer con la cultura del credencialismo” para reemplazarla con más libertad para que los maestros enseñen lo que quieran, cómo quieran. De inmediato, el periódico The Independent comentó:

Es un objetivo digno de elogio. El anterior gobierno sobrecontroló a la educación y aplastó a los educadores bajo el peso de la burocracia. En lugar de estar enseñando o preparando sus clases, los obligó a llenar encuestas para cumplir con las iniciativas oficiales, o a prepararse para la próxima inspección. Las evaluaciones han reemplazado a la educación; las inspecciones han espantado a la inspiración“.

El problema parece ser que, al mismo tiempo de expresar esas razonables ideas, Mr. Gove anunció que iba a instaurar una nueva evaluación de lectura a los seis años de edad, para verificar los progresos con el sistema “fónico-sintético” de enseñanza.

Arreciaron las críticas. John Bangs, profesor del London University’s Institute of Education, opinó que el dinero estaría mejor invertido si se lo usara para enseñar a los maestros sobre cómo evaluar las habilidades lectoras de sus alumnos. Por su lado, Christine Blower, Secretaria General del Sindicato Nacional de Maestros, explicó: “parece que el gobierno no se ha dado cuenta de que los docentes evalúan todo el tiempo (…) el gasto de introducir una prueba más estaría mejor aplicado si se lo destinase a ayudar directamente a los niños que tienen dificultades para el aprendizaje de la lecto-escritura“.

El cronista de The Independent ironizó entonces citando un viejo refrán inglés: “No se engorda a un cerdo pesándolo a menudo“.

La “ayuda directa” que reclaman The Independent, Bangs y Blower en Inglaterra, y de la que se hacen eco docentes como Maja Wilson en los EEUU, es la respuesta común a dos realidades divergentes: la británica, sometida a presiones por sus excesos credencialistas, y la norteamericana, todavía en esa curva ascendente donde cada fracaso parece confirmar a los burócratas que la única solución posible es repetir la receta… aumentando el peso de los ingredientes. Con este método la torta será más grande, pero no mejor.

Mientras tanto… en Hispanoamérica todavía no hemos caído en la fiebre credencialista de norteamericanos y europeos, pero la tentación es fuerte. Sería importante recordar que medir los resultados de todo proceso es indispensable para mejorarlo, pero que necesariamente debe haber un punto medio entre la ausencia de evaluaciones, que conduce a la anarquía didáctica, y el credencialismo obsesivo, que confunde enseñar con tomar exámenes.

Hay países de Hispanoamérica donde evaluar todavía es mala palabra. Otros están haciendo sus primeras armas en entorno internacional, aunque todavía no han aprendido a comportarse en sociedad y pierden el control cuando las cosas no les salen bien. Varios ya están comenzando a pensar en estándares y herramientas adaptadas a la región, con la peregrina idea de que con reglas propias quizás les vaya mejor…

Sería bueno que en la ocasión aprendamos de la experiencia ajena y no caigamos en el viejo error de transitar caminos por donde otros han llegado al fracaso.

Albert Einstein lo puso de este modo: “Locura“, dijo, “es hacer una, y otra,  y otra vez lo mismo, y esperar que los resultados sean diferentes“.