Mes: febrero 2011

Enseñar a evaluar la información: una carga muy pesada

Por Hugo M. Castellano © 9 febrero, 2011

A principios de febrero circuló por los medios internacionales una noticia informando que el profesor Donald Leu, de la Universidad de Connecticut (EEUU), había obtenido confirmación experimental de que los jóvenes “no están preparados para evaluar la información que brinda la Internet”. Se presume que los docentes debemos remediar esta situación, pero… ¿estamos nosotros preparados, y cómo lo haremos?

En 2006, un equipo de investigadores comandados por Leu -conocido por sus estudios sobre alfabetización digital- y financiados por el Departamento de Educación de los EEUU, seleccionó 25 alumnos de 7º grado de escuelas medias de Connecticut, entre los más hábiles en el manejo de los recursos informáticos, y les pidió que examinen un sitio web ficticio dedicado a la protección de una especie en vías de extinción, el “pulpo arbóreo del Pacífico noroccidental”, octopus paxarbolis, según la taxonomía “oficial”.

Representación de una especia inexistente de pulpoAquel estudio mostró que todos los estudiantes, sin excepción, habían creído que el pulpo arbóreo realmente existe, no fueron capaces de ofrecer pruebas de la falsificación incluso después de que se les informara de ella, y puso en evidencia que algunos siguieron insistiendo en la veracidad de los datos a pesar de la evidencia en contrario.

Hace poco, el Profesor Leu repitió su investigación con 53 alumnos de 7º grado provenientes de distritos de bajo nivel económico en Carolina del Sur y Connecticut, elegidos por su capacidad, a quienes pidió que evaluaran la fiabilidad de la página. Esta vez el 87,5% de los consultados se mostró convencido de que los datos de esa web eran fiables, y apenas si los cuestionó un pequeño porcentaje proveniente de una escuela donde se había dictado un curso sobre cómo hay que leer la información en la red.

El investigador sostiene que no es que los jóvenes de hoy sean tontos o que su buen juicio esté siendo deteriorado por culpa de Internet y las nuevas tecnologías. Su estudio, afirma, sólo prueba que “es necesario enseñarles a interpretar y a validar la información que manejan”.

“Asumimos que sólo por el hecho de tener facilidad para navegar o conectarse a Facebook los chicos son buenos evaluando la información que hay en internet, pero no es así”, explica el profesor Leu.

Es difícil no coincidir con este análisis, y aplaudimos que investigaciones como las referidas confirmen lo que el sentido común y la experiencia cotidiana de una mayoría de educadores ya han establecido como cierto. No obstante, la solución no es tan sencilla como aparenta.

Considérese lo siguiente: la tecnología está muy cerca de imitar la realidad con un grado de perfección tal que ningún humano podrá detectar una falsificación bien hecha (y es seguro que poco después ninguna máquina será capaz de hacerlo). En cualquer caso, ese límite ya ha sido virtualmente alcanzado para la fotografía, y en no pocas ocasiones también se aplica a las imágenes en movimiento.

En segundo lugar, la accesibilidad de estas técnicas provoca que cada vez más personas ocupen su tiempo en fabricar realidades inexistentes y en concretar sus fabulaciones ya sea por mera diversión, respondiendo a alguna pulsión perversa y dañina, o a algún un interés personal, político o económico. Basta recorrer un poco el Museum of Hoaxes para descubrir que la humanidad tiene un larguísimo historial en la fabricación de embustes y timos de toda índole.

También enfrentamos a lo que los estudiosos llaman “la persistencia de las creencias desacreditadas“, que es lo que hace que la gente siga creyendo aún frente a un océano de evidencias en contrario. Análogamente, hay muchas personas que son incapaces de suspender el juicio cuando las causas de un fenómeno exceden su capacidad de análisis o están más allá de las posibilidades del método científico, y por aversión al vacio de explicaciones aceptan o inventan las ideas más disparatadas.

El imparable avance de la tecnología que facilita los fraudes de todo tipo, un número siempre creciente de embaucadores y artistas aburridos, sumados a la inveterada credulidad humana son una bomba de tiempo, ¿y a quién se le encomienda desactivar el artefacto? Sí; como no podía ser de otra manera, nos toca a los maestros.

No es mi intención proponer que rehusemos el desafío, pero desearía que tanto quienes nos hacen el encargo, como nosotros mismos, evaluemos la magnitud del problema y sus connotaciones con la debida profundidad.

Para empezar, los docentes deberíamos hacer un severo examen de conciencia a fin de descifrar los límites de nuestra propia racionalidad. Todos tenemos alguna superstición, todos cargamos con algún prejucio o estamos atados al dogmatismo de alguna creencia. Y si bien nos asiste el derecho inalienable de elegir el rumbo de nuestras propias vidas y la sustancia de nuestras convicciones, también es cierto que no gozamos del derecho de proyectar nuestras subjetividades en los niños y jóvenes que han sido puestos bajo nuestro cuidado. Es una obligación mostrarnos tal como somos ante ellos, pero jamás debemos exigirles que nos imiten.

Por otra parte, he visto a muchos maestros honestamente preocupados por instilar en sus alumnos ciertas buenas prácticas en el manejo de la información, pero al mismo tiempo noto que sus enseñanzas no articulan con las de otros colegas en la misma institución, se aplican a situaciones puntuales, y no están enmarcadas en un contexto amplio que permita generalizarlas. Habría que apoyarse menos en las deducciones simplistas y apuntar hacia didácticas que promuevan la inducción de reglas, estándares y sistemas de valores relacionados con la información.

La interpretación, evaluación y validación de la información es, en los tiempos que corren, un tema tan estratégico como transversal a todas las disciplinas, y su enseñanza no puede depender de la buena voluntad del docente de Ciencias Sociales o de la maestra de Lengua. Si es cierto que todos estamos de acuerdo en la relevancia de estas habilidades, se impone la urgente formulación de un plan de estudios y el diseño de una didáctica especial para transmitir los conocimientos asociados, junto con el consiguiente plan para la capacitación masiva de los profesionales de la educación que habrán de promoverlos.

En cuanto a la metodología, sugiero no enfocarnos en la transmisión de técnicas o estrategias particulares para “interpretar la información”. En cambio, creo que corresponde apuntar hacia un objetivo mucho más elevado, ambicioso y probadamente útil, como es el de promover en nuestros estudiantes una sólida comprensión y adhesión al método científico, y la práctica activa y continua del pensamiento crítico.

En este contexto, es importante que nuestros alumnos manejen un importante bagaje de conocimientos propedéuticos, de datos crudos y de información general que sirva de basamento a sus dudas cartesianas, porque nadie puede hacerse preguntas sobre lo que ni siquiera sabe que existe. Un nombre mal deletreado, una fecha ambigua, un hecho histórico aparentemente insignificante conservado en la memoria suelen ser la punta del ovillo que nos permite resolver las más diversas inquietudes y profundizar nuestros conocimientos.

Necesitamos alumnos con una muy buena cultura general, capaces de atesorar en la memoria una aceptable base de datos que sirva inicio a aprendizajes más profundos, en el momento en que sea necesario. Pero si continuamos vaciando de contenidos la enseñanza, no habrá pensamiento crítico que valga. Todos nuestros juicios se apoyan en hechos, en datos, o en conocimientos previos, y si nada de eso está a la mano no sólo es imposible juzgar la validez de cualquier información, sino que cualquier información resulta incomprensible.

Como si las dificultades fuesen pocas, la ficción y la realidad se mezclan con irresponsable liviandad en los espectáculos que ofrecen los medios masivos de comunicación. Y si bien los mayores tenemos la experiencia de otros tiempos y de otras costumbres, los jóvenes ya ven como perfectamente natural que lo que se presenta como un reality show esté guionado y editado hasta el más mínimo detalle, o que se utilice la ficción para publicitar productos comerciales, donde la adhesión del actor a la marca es presentada como un elemento integral del argumento.

Cuando el engaño se vuelve una herramienta más del marketing, cuando se termina aceptando que los medios manipulen la información en lugar de simplemente transmitirla, cuando es “entendible” que los políticos mientan cada vez que respiran, y cuando preferimos no ver que hasta el más ingenuo entretenimiento no busca entretenernos sino meternos la mano en el bolsillo, los docentes estamos en problemas, porque se nos pide combatir no ya el error, los sofismas o las falsas interpretaciones, sino todo un sistema que maliciosa, deliberada e inmoralmente se empeña en aprovechar cualquier engaño para extender su poder, obtener un beneficio económico o ganar adeptos para alguna causa.

No caben dudas de que el pensamiento crítico es el único instrumento capaz de proteger a nuestros alumnos de todos estos males, pero tampoco puede ignorarse que en esta monumental tarea de luchar contra quienes corrompen la información los educadores estamos muy solos. Alarmantemente solos.