Mes: abril 2011

Mentiras y fantasías de la capacitación docente en TIC

Por Hugo M. Castellano © 10 abril, 2011

Cuando el ex presidente de los EEUU Bill Clinton visitó la Argentina en 2001, en ocasión de inaugurarse el portal educ.ar, hizo uno de los comentarios más desopilantes de la historia de la incorporación de tecnologías a la educación. Dijo Clinton a sus huéspedes: “Uno de sus éxitos es que capacitan primero a los maestros antes de conectar a todas las escuelas. Ustedes lo hacen mejor. Tendríamos que haberlo hecho así“.

Algún alcahuete le había soplado al oído una de las habituales ensoñaciones de los políticos locales como si se tratase de un hecho consumado, y Clinton descerrajó la observación de marras frente a una audiencia que había pagado mil dólares per capita sin saber que el ticket incluiría el privilegio de ver a un ex presidente norteamericano haciendo el ridículo.

Es que por aquel entonces ministros, secretarios de Estado y funcionarios de todo rango prometían la capacitación de cientos de miles de docentes en plazos perentorios, y la conexión de todas las escuelas nacionales en menos que canta un gallo.

Una extensa nota  del prestigioso periódico La Nación titulada “El sueño de la conectividad global”, resumía las múltiples y variadas promesas de los burócratas de turno, incluída las del gobierno de la ciudad de Buenos Aires para conectar a 50 mil docentes.

Al cabo, como cualquier educador argentino sabe, el fait accompli que los aduladores del oficialismo le presentaron a Clinton era una burda mentira, producto de la afiebrada fantasía de los funcionarios y una pieza más del siempre torpe propagandismo político. Nunca se capacitaron 400 mil docentes, ni la mitad, ni la mitad de la mitad, ni la décima parte mediante programas gubernamentales, en 2001 y en toda la década que le siguió. Cálculos extraoficiales fijan la cifra real en unos pocos miles de “capacitados”, y en cuanto a escuelas conectadas, mejor ni hablar.

Como si fuera poco pretender que entrenando a unos pocos cientos de docentes por año se puede generar la masa crítica que arrastre al resto hacia la sublime transformación deseada, la capacitación docente en el uso de nuevas tecnologías, tal como la vienen proponiendo los proyectos oficiales desde el principio, también vulnera los más elementales principios de la pedagogía.

Veamos: operar una computadora es una tarea eminentemente práctica, y por ende el mejor modo de aprender es practicando, actividad que ya es rara en los cursos de capacitación, y se vuelve casi una imposibilidad en la escuela, donde los maestros no disponen de horas libres rentadas para profundizar sus conocimientos, y si consiguen algunas como dádiva, son de común insuficientes.

Además, operar una computadora es apenas el primer paso hacia su aprovechamiento pedagógico. Lo importante para un maestro es cómo enseñar con recursos informáticos, y la ansiedad de los capacitadores por avanzar hacia esta problemática provoca, casi siempre, que se sobrevuele apresuradamente el conocimiento operativo, sin el cual ninguna actividad pedagógica será posible o, cuando menos, sencilla.

En efecto, una mala capacitación técnica de base produce un docente inseguro, que difícilmente llegue a sentirse cómodo al adentrarse en las complejidades de la didáctica informatizada, y que naturalmente tratará de escapar al inevitable enfrentamiento con alumnos que, aunque no necesariamente sean “usuarios expertos” en un sentido cabal, se sienten como peces en el agua frente a un teclado y confían ciegamente en ellos mismos, incluso en ausencia de todo fundamento.

Otro aspecto donde fallan seriamente los programas oficiales de capacitación en el uso de TIC es en la evaluación de los aprendizajes. Por lo general, se los evalúa a través de un “trabajo práctico” que es calificado positivamente no importa cuán horrible haya sido el resultado. Aunque tampoco es crucial que haya habido un resultado, porque todos saben que los maestros tienen poco tiempo libre y puede disculpárselos si al final de un curso entregan “lo que tengo hasta ahora”.

En tales circunstancias, la conciencia de los tutores parece aliviarse aplicando el recurso de acompañar la inevitable felicitación final con algunas recomendaciones “críticas” en una vena cordial, “para que la próxima vez te salga mejor”. Lo cierto es que pocas veces hay una próxima vez, o en todo caso nadie lo sabe, porque tampoco se hace un seguimiento de esos docentes que el sistema registra automática y generosamente como “capacitados”.

Llegados a este punto es imposible no pensar qué sería de nosotros si los cirujanos y los ingenieros, por citar dos profesiones donde la ignorancia y la ineptitud suelen tener gravísimas consecuencias, fuesen capacitados con la misma tolerancia con que se capacita a los educadores. ¿Será que nuestra labor es secundaria, poco relevante, falta de importancia?

Una estrategia particularmente curiosa de la capacitación docente en TIC es la de “entrenar entrenadores”, presumiendo que el conocimiento se propagará en progresión geométrica al pasar de un maestro a dos, de dos a cuatro, y así sucesivamente. El que se venga intentando esto desde hace décadas sin resultados observables parece dejar indiferentes a sus promotores.

Por último, cuando algún burócrata se empecina en averiguar si la capacitación fue eficaz, se recurre a la fantochada de un cuestionario de “satisfacción del cliente”, compendio de ambigüedad y subjetivismo del que finalmente sólo se atiende a los comentarios positivos, bajo la presunción de que cualquier crítica o queja tiene motivaciones políticas o es producto de la “resistencia al cambio”.

Estas y otras tantas aberraciones están a la orden del día en la capacitación docente sobre el uso de nuevas tecnologías, y los resultados están a la vista: tras décadas de anuncios y promesas la escuela no se transforma. y los esfuerzos por acercar lo mejor de la tecnología al salón de clases apenas si se traducen en unos pocos y efímeros proyectos de aula, superficiales e inconducentes, que los burócratas se encargan de amplificar a niveles ensordecedores amparados en la ignorancia y el desinterés social.

Sin embargo, tras la breve y banal algarabía que los medios reproducen por desidia e ignorancia, se impone el silencio: el sordo, y sórdido, vacío total de la incompetencia.

Hoy, con el modelo 1 a 1 afianzándose en el país y en la región para resolver al menos la cuestión elemental del equipamiento, es vital que aprendamos de la experiencia para diseñar un plan de capacitación docente en el uso de nuevas tecnologías que no esté condenado al fracaso antes de nacer.

Para eso hay una condición fundamental e ineludible: aplicar la más alta exigencia a todos los procesos.

  • Los objetivos pedagógicos y tecnológicos de la capacitación deben ser serios y pertinentes. Deben definirse metas anuales de creciente demanda, y hace falta establecer hitos trianuales o quinquenales para revisar lo actuado y aplicar los correctivos necesarios. Ningún proyecto es perfecto, pero todos son perfectibles.
  • Los planes de estudio deben estar adecuados a la complejidad y profundidad de los aprendizajes requeridos.
  • Los tutores deben poseer las más altas calificaciones y experiencia probada en las materias que enseñan (¿cómo se explica, por ejemplo, que de pronto proliferen los cursos sobre el modelo 1 a 1 cuando nunca antes se lo aplicó en el país? ¿Dónde aprendieron los que se postulan como tutores? ¿Cómo, y dónde, hicieron su experiencia?).
  • La duración de los cursos debe depender de la densidad de los temas bajo estudio, ocupando el tiempo que sea necesario para alcanzar los fines deseados. No se trata de cubrir con cursos las pocas horas libres del cronograma escolar, sino de generar los espacios de capacitación con la duración adecuada en función de las necesidades.
  • La enseñanza debe apoyarse lo más posible en la práctica intensa y asidua, facilitando los recursos y las oportunidades que hicieran falta. El sistema educativo no se transformará si no hace lugar a las transformaciones.
  • Las evaluaciones deben ser obligatorias, rigurosas y objetivas, a cargo de terceros sin interés político ni económico en los resultados. Ni el Estado, ni los funcionarios intervinientes, ni los docentes involucrados deben participar en la evaluación de sus propios proyectos (¿hace falta ahondar en el por qué?).
  • Las evaluaciones de desempeño docente deben ser vinculantes, porque un maestro que no es capaz de ponerse al día con sus conocimientos no es un buen maestro, y debería ser retirado amablemente de su puesto, (salvo que demuestre excelencia en otras áreas de la profesión).

¿Qué es lo que hace que los políticos y sus acólitos crean tan firmemente que mentir y fantasear sobre acciones ficticias y programas imposibles les genera un rédito mayor que concretar planes realistas y posibles? Nadie lo sabe. Pero lo cierto es que si no conseguimos producir estrategias serias, exigentes y eficaces para capacitar en poco tiempo a una enorme masa de docentes en las nuevas artes tecnológicas, nuestros sistemas educativos seguirán siendo anacrónicos e incompetentes.

Es fácil engañar a los que vienen de paso, como a Clinton, y por un tiempo también se puede engañar a la opinión pública, pero las mentiras y las fantasías de los políticos jamás conseguirán mejorar un ápice la educación, por más que insistan en ellas.