Mes: octubre 2011

¿Y ahora qué? Ahora a las cosas

Por Hugo M. Castellano © 22 octubre, 2011

“Los ordenadores están en las aulas. ¿Y ahora qué?”, se preguntaba hace unos días el prestigioso diario El País, de España, en una nota firmada por Pablo Linde.

El artículo empieza recordando la iniciativa española “Escuela 2.0″, anunciada por José Luis Rodríguez Zapatero en mayo de 2009, con el fin de distribuir más de un millón y medio de ordenadores portátiles entre alumnos y unos 80 mil equipos para los profesores, crear otras tantas aulas digitales (con acceso a Internet y pizarras electrónicas) y poner a disposición de los docentes un amplio catálogo de programas informáticos para aprovechar el equipamiento. 

En la nota se explica que ahora “el reto que se plantea la mayoría de los expertos es cambiar las metodologías y los currículos”, pero “la falta de formación, que se limita a unas pocas horas, provoca que haya una enorme heterogeneidad en el aprovechamiento de la tecnología, y que dependa sobre todo de la motivación de los profesores y de sus conocimientos previos o adquiridos ad hoc”. 

Para Pere Marquès, director del grupo de investigación de Didáctica y Multimedia de la Universidad Autónoma de Barcelona, “habría también que cambiar los objetivos y los métodos”, y para Manuel Area, catedrático de Didáctica y Organización Escolar en la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna (Tenerife), “tendría que replantearse más fuertemente el currículum y el sistema escolar”.

 En escueto resumen, éstas y otras interesantes opiniones se conjugan para arribar a un final tan contundente como abierto: “Los ordenadores están ahí, pero todavía hay que perfilar cómo aprovecharlos”. 

Todo esto no pasaría de una de tantas noticias sobre las dificultades que conlleva la tecnificación educativa, de no ser porque el problema viene de arrastre, y pese a las incontables veces que maestros, periodistas y funcionarios se han preguntado “¿y ahora qué?” en el pasado, el interrogante sigue vivo. 

¿Y ahora qué? ¿Qué tal si vamos al archivo de El País para recoger algunas muestras de lo que se publicaba, digamos, hace diez años? 

Por caso, el 22 de enero de 2001 veía la luz un artículo titulado “La Red entra en la educación”, cuya bajada rezaba: “los profesionales reclaman programas para introducir Internet en el aula y para formar al profesorado”. 

En la nota, el catedrático de Psicología de la Educación de la Universidad Complutense, Jesús Beltrán, sostenía que “toda la tecnología, y especialmente Internet, tiene un gran poder, pero no es más que un instrumento”, al tiempo de sugerir, entre otras cosas, una nueva pedagogía, aulas abiertas, internet en el salón de clases y personal idóneo en las escuelas para acompañar y formar a los docentes. 

Cuatro meses después de aquel artículo, El País daba a luz una entrevista a Angela McFarlane, catedrática de Educación en la Universidad de Bristol (Reino Unido), en ocasión de su visita a España para participar de un evento del Grupo Santillana que formaba parte del ciclo “La educación que queremos”. Allí, la profesora se despachaba con dos rotundas observaciones, sosteniendo que “a menudo se cree que por poner muchos ordenadores en los colegios todo cambia, pero 30 años de experiencia prueban que es falso”, y la remataba diciendo que “los ordenadores no cambiarán las escuelas, sino los políticos, si ponen en marcha una política eficaz”. 

Después de aquellos sanos consejos de hace una década seguimos preguntando ¿y ahora qué? 

Está claro entonces que Zapatero no leía el periódico diez años atrás (ni lo lee ahora), y con él ninguno de los ministros de Educación de España y de tantos otros países donde el vicio de repetir errores ya es visto como un ornamento del funcionario público, y donde cualquier medida demagógica siempre es preferible a la solución concreta de un problema. Para ellos el ¿y ahora qué? podría responderse con acciones eficaces de gestión y gobierno, con políticas educativas serias y sustentables, y con un poco más de profesionalismo, que no les vendría mal a los políticos. 

Por otro lado, es obvio que los jefes de redacción o los directores de El País, o como sea que se llame a los responsables de su “línea editorial”, y los de tantos otros periódicos que publican y republican artículos similares como si cada vez fuese la primera, pecan por “irresponsabilidad comunicacional”, toda vez que hacen aparecer a la misma información como nueva cuando es vieja y remanida, y ya se la ha multiplicado incontables veces. Ellos deberían responder al ¿y ahora qué? revisando sus archivos más a menudo para poner en perspectiva la información que brindan y, de paso, a informarse con un poco más de profundidad sobre los temas que los mueven a opinar. 

También le cabe a los docentes y educadores dar su respuesta al ¿y ahora qué?, porque es muy cómodo reclamar recursos y capacitación a quienes por ineptitud, ineficacia o impericia ya se sabe que no podrán brindarlos, y entonces apoltronarse a la espera de que cambie el ministro, la rueda dé un nuevo giro y todo vuelva a comenzar… sin que nada cambie.

 Por eso, si lo que hay que hacer es elaborar una nueva pedagogía, renovar los objetivos y los métodos, replantear el currículum y el sistema escolar, corresponde hacerlo ahora, y no mañana, ni el mes que viene, ni el próximo año. Hay que enfocarse en las cosas y dejar a un lado el verso, la cháchara o las insufribles excusas. Hacer, y no parlotear. Obrar, y no gemir. Esa sería la respuesta que los maestros deberían dar por sí mismos, porque nadie vendrá a darla en su nombre.

En fin, es deseable que dentro de diez años El País no tenga que publicar otra nota titulada “¿Y ahora qué?”, y que los medios de toda Hispanoamérica no deban reproducirla sumisa y acríticamente. 

Ojalá que en una década podamos, cuando menos, decir que hemos puesto manos a la obra en la transformación educativa, y que ya no tenemos que repetir consignas vacías y eslógans remanidos.