Un disparo al corazón

Por Hugo M. Castellano © 28 agosto, 2000

La noticia corrió de boca en boca, superando la velocidad con que los medios intentaban difundirla, y para los argentinos se convirtió, de repente, en una de esas raras piedras miliares de la Historia que determinan un antes y un después sin el más mínimo atisbo de ambigüedad. Por de pronto, todos somos capaces ahora de recordar “qué estábamos haciendo cuando nos enteramos de la muerte del Doctor Favaloro”.

René Favaloro fue uno de esos prohombres admirados en todos los estratos sociales. Enérgico, infatigable, tozudo, cubrió el socrático rol de tábano de las instituciones y la moral pública manteniendo despiertos a muchos, pero enardeciendo a quienes nunca comprendieron por qué este brillante médico debía ocuparse de asuntos tan lejanos a su profesión y meterse a opinar sobre sus parcelas políticas y sus negociados de entrecasa.

Es que el Dr. Favaloro era un ciudadano antes que médico, y antes también era un docente de alma. El civismo en los maestros suele alcanzar estos grados de intensidad por razones que la clase política jamás podrá comprender (y menos aún aceptar) y, en Favaloro, alcanzó su punto climático tanto por su propia personalidad como por la magnitud de la empresa moralizadora a que se enfrentaba en una sociedad carcomida por la corrupción y el mesianismo de su clase dirigente.

Imaginamos la frustración del eminente doctor predicando para los sordos de nacimiento, apelando a la sensibilidad de los insensibles, intentando educar a los idiotas y, en los últimos tiempos, humillándose para pedir ayuda a los supremos egoístas que han hecho del servicio público su feudo. Su lucha tenía proporciones quijotescas, pero no nacía de una locura senil ni de la percepción distorsionada de los idealistas sin remedio, sino de una seria y objetiva visión de la realidad. Favaloro podía darse el lujo de moralizar como pocos, porque él había vivido -y vivía- la misma austeridad que reclamaba; había despreciado la materialidad de una posición académica en los mejores quirófanos del mundo para volver en su mejor hora a un país frustrante y empequeñecido, y derramaba solidaridad a manos llenas en infinidad de enfermos sin recursos.

Está visto que no hay crítico más feroz y temible que el espejo, y Favaloro era uno que devolvía la nítida imagen de lo que debiera ser a todos los que sólo piensan en lo que conviene ser. Su honestidad fue la medida de la corrupción institucional; su integridad, el metro de la disolución social, y su fervor fue la línea que demarcó la abulia de los argentinos frente a la grave emergencia de una economía deshumanizada y el incesante deterioro de los valores esenciales.

La muerte a manos propias, en el caso de Favaloro, implica el agotamiento de su responsabilidad. Habiéndolo dado todo, sólo le quedaba la vida por entregar en pago a sus deudas, aunque no debe interpretarse con liviandad que fue el dinero lo que ocupó sus últimos instantes. La mayor deuda de un hombre como él fue sin duda no haber conseguido mover el corazón de sus compatriotas. Era una deuda consigo mismo, y la saldó con un gesto que en un cardiocirujano adquiere ribetes de símbolo.

Tal vez en sus últimos momentos, tras redactar las postreras cartas y amartillar el arma, haya recordado aquella admonición de Echeverría: “Miserables de aquellos que vacilan cuando la tiranía se ceba en las entrañas de la Patria”. Porque no es otra cosa una democracia de pacotilla donde los jueces y los funcionarios imponen al pueblo sus caprichos, y los editores confunden negocio con noticia. Favaloro no era un miserable como ellos, ya no podía hacer más, y en consecuencia no vaciló.

La muerte del doctor René Favaloro fue su último gesto de honor. No fue un suicidio, sino una inmolación y un acto de magisterio que pesa sobre la conciencia de todos los hombres y mujeres de bien que pueblan esta bendita tierra, víctimas de un puñado de energúmenos puestos a gobernantes y periodistas. Es decir, pesa únicamente sobre la conciencia de aquellos que la tienen.

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