Un drama

Por Hugo M. Castellano © 20 septiembre, 2000

Finalmente, sucedió. Una maestra fue asesinada en el aula, y en un instante todas las discusiones, los análisis y la insufrible verborragia de los opinadores profesionales y los mal llamados periodistas -para quienes el único desenlace de valor siempre es “la mala noticia”- se consumaron en un climax tan lógico como anticipado. Sucedió, y ahora vemos que era imposible que no sucediera, al punto que tomamos con entera naturalidad las crónicas del evento y reaccionamos con una pasividad que llega a asustarnos.

En los tiempos que corren, nada importa sino lo que sucede, sobre todo si se trata de algo con el potencial de llamar la atención y convocar al público en cantidades suficientes como para que valga la pena venderle, a la distraída, algunas baratijas. La ausencia de noticias, entendida como la falta de algo estremecedor que contar, no es noticia. Un principio que, si bien es harto conocido en periodismo, desde siempre convivió con una ética visible cuya regla principal era la objetividad prescindente: el periodista debía retratar la realidad, nunca producirla.

Pero esa regla ya no se respeta hoy. Aunque sería de una simpleza extrema suponer que fue el sensacionalismo con que los medios tratan la violencia escolar la causa última de este crimen -porque ciertamente existen factores propios del hecho y sus protagonistas que no podemos soslayar- hay en el fondo de todo huellas explícitas de un comportamiento de terribles implicancias: el determinismo mediático.

Dicen los físicos que en el mundo subatómico la presencia del observador determina el resultado de la observación. ¿Qué menos puede decirse de los medios en nuestra sociedad moderna? Es indudable que al mostrar las noticias del modo en que lo hacen, no sólo describen al mundo, sino que -al mismo tiempo- construyen el destino social.

Esta función distorsiva se apoya en que el fatalismo es un triste hábito de nuestro temperamento. Que lo malo acabe sucediendo nos resulta la excusa ideal para justificar la ineptitud, la indolencia o la estupidez con que acometemos las obras diarias o, peor aún, nos viene de perillas para disimularlas bajo el manto de un sino trágico que nos hace aparecer como esclavos de las circunstancias antes que como seres libres, artífices de su destino.

Todos sabíamos que alguien iba a morir en un aula. Comenzamos a recorrer un camino directo hacia la inevitabilidad de este homicidio desde el primer día en que se habló de la violencia escolar como un fenómeno que encaja a la perfección en el esquema social contemporáneo, algo cuya historia causal podemos trazar con total certeza. Y paso a paso, como si estuviésemos representando los roles de una obra concebida desde siempre, fuimos desgranando los sucesivos actos hasta arribar al dramático desenlace. Quien más, quien menos, todos ocupamos el escenario en algún momento. La directora de escuela que toleró la primera navaja en clase; el maestro que se encogió de hombros ante el comportamiento mafioso de un grupo de alumnos; el padre que empujó a su hijo a hacer justicia por mano propia; la madre que no quiso denunciar al profesor agresivo; el funcionario que echó al cajón del olvido el sumario que informaba de graves actos violentos en la escuela; el ministro que consideró “políticamente correcto” dar satisfacción a las demandas de los lobbistas tecnocráticos antes que destinar fondos para la rehabilitación de alumnos con serias disfunciones sociales; el gremialista que dio prioridad a su “carrera” en lugar de ocuparse de escuchar a sus representados; el artista que prestó su cuerpo y su voz para hacer apología de la violencia; el sociólogo que interpretó las estadísticas pensando en publicar un “best seller” de alto voltaje; el sacerdote que pidió resignación y puso al sufrimiento en la categoría de bien deseable; el policía que investigó a la víctima y dejó libre al victimario; el pedagogo que instó a sus colegas a tolerar lo intolerable en nombre de una hermética teoría jamás demostrada; el hombre común que se encogió de hombros… Y por encima de estos actores -estrellas unos, de reparto otros- los malos periodistas, que medraron moviendo los hilos para dramatizar lo irrelevante y banalizar todo aquello que hubiera contribuido a pausar el drama o, directamente, a impedirlo.

Los medios siguen insistiendo en que su única función es mostrar una realidad de la que no son responsables. Sin embargo, hay un detalle que parece escapar a la preclara inteligencia de quienes los dirigen: cuando una noticia va de la primera plana a la página cincuenta y pico en dos días, se está enviando un mensaje; cuando se eluden las preguntas críticas a un entrevistado, se está enviando un mensaje, y cuando se insiste permanentemente en resaltar lo negativo, se está enviando un mensaje.

Todos estos mensajes, aún cuando se nos aparezcan bajo el aura de la objetividad más inmaculada, se derraman sobre una audiencia desprevenida y llegan por igual al indiferente y al ávido de estímulos. No por nada las olas de suicidios adolescentes siguen el ritmo de la prensa que los refleja, o los disturbios callejeros, o la acción de las patotas, o las peleas en los bailes, o el descontrol en los viajes de fin de curso.

Pero mucho peor que eso es que esos mensajes, el currículum oculto de los medios, busquen satisfacer el interés de unos pocos en lugar de apuntalar el Bien Común. A nadie escapa que la desmedida o falseada difusión de noticias trágicas, desórdenes o problemas sociales tiene -en muchos casos-, además del valor intrínseco de promover las ventas, la clara intencionalidad de desestabilizar a ciertos personajes públicos o desprestigiar la política de algún gobierno o funcionario, para allanar así el camino a otros más afines, más “amigos”, o bien, para sentar las bases donde alguna ideología o conveniencia esperan construir su palacio.

Por otra parte, la prensa y la televisión no pueden ignorar hoy en día que la forma en que nos muestran las miserias humanas es miserable por mérito propio, y que el ensañamiento, la cámara lenta y el play-back, unidos al morbo exagerado y al rápido olvido producen un efecto anestesiante sobre las personas. Al final, las cosas suceden porque nos volvemos insensibles; porque perdemos la voluntad de reaccionar a tiempo y porque, en definitiva, nos han hecho creer que todo es inevitable. Mala gente ha habido desde siempre, pero ahora la mala gente se ha vuelto la estrella del show y los medios critican su maldad según les conviene. Basta ver cómo la prensa trató en su momento la (ciertamente injusta) muerte en servicio de un periodista -José Luis Cabezas- y cómo trata ahora el estéril asesinato de una colega al frente de su clase, para empezar a comprender las poco sutiles formas en que nos ha convertido en sus peleles: ayer, para alinearnos de su lado; hoy, para disolvernos en un mar de dudas. No es casual; la Escuela está siendo atacada desde muchos ángulos y los medios – aliados del poder al fin- rubrican el argumento pergeñado en las más altas esferas.

Una maestra ha muerto; un imberbe se ha convertido en asesino. Podemos estar satisfechos y disfrutar de los aplausos. Cayó el telón; mutis por la derecha. ¿Y ahora, qué? Ahora a seguir leyendo los diarios para aprendernos el papel de mañana.

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