Una cuestión de prioridades

Por Hugo M. Castellano © 15 octubre, 2000

El debate es muy antiguo -quizás porque en toda época y lugar se confrontan el sentido común y la insensatez cuando se trata de administrar la res pública- y puede sintetizárselo en breves palabras: cuando los recursos son escasos, ¿qué debe “recortarse” primero: aquello que resuelve la necesidad inmediata pero compromete el crecimiento, o lo que promete garantizar una solución futura a través del crecimiento al costo de ignorar o agravar lo inmediato?

La comparación de una política nacional de desarrollo con la administración hogareña es, quizás, un despropósito técnico. Sin embargo, hacerla puede arrojar algunas luces -si no sobre el problema mismo- sobre su interpretación, mostrando que quizás la dicotomía no sea tan grave como parece.

Veamos. Si una nación o una familia ven disminuido repentinamente su ingreso total, pueden elegir endeudarse a cuenta de futuras soluciones o restringir sus gastos hasta que la situación mejore; claramente, los países siempre eligen la primera respuesta (o ambas); nunca sólo la última, como hacen la mayoría de las familias. Cuando la decisión es recortar gastos, lo superfluo es la primera elección tanto para las naciones como para las personas, aunque hay diferencias extremas entre lo que unas y otras consideran prescindible. Por otro lado, cuando se trata de asegurar el crecimiento futuro, las personas se inclinan a preservar su posteridad, los hijos (es decir, los débiles), mientras que los gobiernos en cambio favorecen a los poderosos porque sienten que sin ellos no hay desarrollo posible. Finalmente, una regla de oro señala que cuando una familia sufre todos sus miembros comparten las penurias por igual, en tanto los gobernantes ven como imprescindible para la “imagen” del país mantenerse al margen de la escasez que provocan en el resto de la sociedad.

Es notable ver cómo las mismas personas reaccionan de manera disímil cuando la crisis es propia, íntima si se quiere, que cuando es pública. La explicación tal vez esté bien representada por aquel comentario de Bertrand Russell sobre los traficantes de armas, cuando decía que “quien trafica el armamento con que se mata a niños inocentes en guerras absurdas no siente remordimiento porque esos niños son lejanos, apenas números en una estadística. Es capaz de llorar cuando su propio hijo se lastima un dedo, pero le resulta indiferente el sufrimiento de quienes él mismo contribuye a herir o mutilar”. Existe una contigüidad evidente entre la decisión de un padre y su prole, y una distancia abismal entre un acto de gobierno y su efecto en los gobernados, y ésto es lo que permite a los políticos ser extremadamente duros, y hasta crueles, en circunstancias que harían trepidar a cualquiera de nosotros, simples mortales.

Imagine usted que su salario se reduce considerablemente. Imagínese diciéndole a su familia: “este mes los niños faltarán diez días a la escuela para ahorrar el pasaje, el abuelo tomará la mitad de su medicina, y mamá pasará una semana sin comer”. Imagínese que mientras sus seres queridos se embarcan en esta rigurosa dieta para capear el temporal, usted sigue manejando su auto último modelo y concurriendo todos los sábados al juego de póker con sus amigos. Imagínese a usted mismo, si puede, durmiendo de noche tras semejante derroche de injusticia…

Pues bien, si usted fuese político, y esta familia no fuese la suya, no tendría reparo alguno en proponerle la misma receta sin que le tiemble el pulso ni se le acelere el corazón. De hecho ésto es lo que hacen nuestros gobernantes día tras día, ajuste tras ajuste, amparados por la insensibilidad que brinda la distancia entre causa y efecto, pero, además, justificados por una larga serie de falacias que, parafraseando a Goebbels, de tanto mentir ya nos han quedado como verdades.

La primera, la más grave de las que nos incumben como educadores, es la que dice que “lo principal es mantener el crecimiento, asegurar el futuro, preservar la continuidad de la economía”, de tal modo que cualquier inequidad en la carga del ajuste aparece como ennoblecida por este supuesto “objetivo superior”. No hay crecimiento posible sin instrucción pública de la mejor calidad, y asegurarla debería ser lo que quite el sueño a los economistas, a menos que sus planes no incluyan a los habitantes de su patria como protagonistas del desarrollo, sino a los de alguna otra.

La instrucción pública va de la mano con otra prioridad insoslayable: la de preservar la cultura, el conocimiento y la identidad, y engrandecerlas de modo permanente, por la simple razón de que, si se las pierde, serán “otros” los que recibirán los beneficios eventuales, esto es, una sociedad enteramente distinta de la que se propuso el desarrollo. Es como si una familia se planteara una estrategia de crecimiento que implicara su propia disolución. Por eso es vital preservar a los artistas, a los investigadores, a los historiadores y a su práctica, porque ellos -entre otros- son quienes mantienen vivo el saber de la nación, obtenido gracias a su sistema educativo.

Y no menos importante es, tal como haría un buen padre de familia, proponerse metas realistas. ¿Quién dijo que para ser felices debemos convertirnos en el país más poderoso de la tierra? Los humanos podemos realizarnos plenamente como individuos con nuestras necesidades básicas satisfechas y aire y espacio para aspirar a ser y tener un poco más con cada día que pasa. No todo lo posible, sino apenas un poco más es suficiente para regocijar a la mayoría de las personas con la esperanza de un futuro mejor; razonablemente mejor. Por supuesto, también hay países que han alcanzado su plenitud en idénticas condiciones, apoyados en una sólida cultura y una sana y moderada economía. La alternativa no es Burkina Faso o Japón, ¡el cielo nos libre!

Tal vez lo anterior suene algo ingenuo en los tiempos que corren. Tal vez parezcan ideales obsoletos de un Humanismo que retrocede ante el avance despiadado de la tecnología y la globalización, pero quienes somos educadores sabemos que en nuestras manos aún está la llave de un futuro más justo en la forma de valores, esos valores realmente superiores que nacen de la naturaleza humana, y que es nuestro deber divulgar en el aula y defender fuera de ella. Es, a qué dudarlo, una cuestión de prioridades.

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