¿De quién es la culpa?

Por Hugo M. Castellano © 6 abril, 2001

Todos los años la realidad nos golpea con los resultados del Operativo de Evaluación de la Calidad Educativa. El 2001 no ha sido una excepción, ni imprevisibles sus guarismos. o que es notable es el oportunismo de las autoridades para montar su “show” anual de desprestigio de los docentes, sospechosamente sincronizado con una huelga general y la consiguiente antipatía popular, alimentada por los mismos funcionarios y sus comunicadores más notorios.

Que en la Escuela se aprende poco y mal es sabido por todos. Las causas son -en cambio- mucho más oscuras para el común de los argentinos, a quienes es fácil vender la idea de que los eternos culpables son los maestros perezosos, soberbios, egoístas y desinteresados por completo en su propia capacitación.

La verdad es otra. En la Escuela se aprende mal porque se enseña mal. La mayoría del cuerpo docente ha sido meticulosamente formado en técnicas pedagógicas ñoñas e improductivas; se los ha convencido de que la Escuela debe “contener y entretener” antes que instruír y educar; se les ha repetido hasta el hartazgo que los alumnos no deben esforzarse porque aprender “no tiene que parecer difícil”. Se les han inculcado estupideces tales como que no hay que “dar deberes” porque “ya bastante ocupados están los niños”, que no hay que tomar lección oral para evitarles humillaciones, que no hay que “ponerles nota” porque “el saber no se mide” (¿qué demonios mide el Ministerio, entonces?), que no hay que corregirlos con tinta roja porque el rojo es un color agresivo y eso puede traumarlos. Se han importado didácticas sin tener en cuenta su inaplicabilidad en nuestro medio, como por ejemplo la enseñanza de la lecto-escritura basada en el “lenguaje integral” pensado para el idioma inglés, pero impracticable con el español. Y tanto o más grave, se ha obligado a los educadores argentinos a adoptar esa triste filosofía que yo he dado en llamar “mastardismo”: si el alumno no aprende hoy, no importa: más tarde lo hará. Pero todos sabemos que ese “más tarde” se aleja sin remedio, porque al crecer los niños van cerrando sus “ventanas de aprendizaje” y se vuelve cada vez más difícil abrirlas de nuevo.

El lavado de cerebro lleva no menos de veinte años y sus resultados están a la vista. Como remate, ahora aparecen en televisión los burócratas con los rostros iluminados por la verdad revelada y tratándonos a todos de imbéciles. A los ciudadanos en general, porque pretenden hacerles creer que fueron necesarios millones de dólares y cerebros como los suyos para descubrir que los niños aprenden mejor cuando su ámbito familiar es estable, solvente y educado, o que rinden más en escuelas bien equipadas o en provincias más ricas. A los maestros, porque nos quieren convencer de que todo es producto de nuestra indolencia y de las pocas ganas que tenemos de capacitarnos, haciéndonos aparecer como responsables cuando, en realidad, somos las víctimas de un sistema que apunta claramente a la destrucción de la Educación Pública.

Por eso, estos funcionarios prefieren no decir que ellos mismos son los artífices del desastre, porque desde hace décadas vienen instruyendo a los educadores sobre cómo deben enseñar y, al hacerlo, han ido eliminando progresivamente una enorme cantidad de contenidos y técnicas de probada utilidad en aras del facilismo, causa última del deterioro de la Educación. El resultado de las evaluaciones de la calidad educativa prueban -sin dejar lugar a ninguna duda- que las didácticas que los sucesivos gobiernos han obligado a adoptar a los maestros son deliberadamente destructivas.

Es cierto que la situación económica no ayuda, que el medio ambiente socio-cultural conspira contra una enseñanza eficaz en las escuelas. Pero si se enseñase bien, con metodologías probadas, poniendo el énfasis en la exigencia académica, el trabajo arduo, paciente y sostenido, y la elevación permanente de los objetivos, es más que probable que hoy no tuviésemos que lamentar resultados tan exiguos.

Por último, una breve reflexión. Si los alumnos de un grado cualquiera fracasan en su aprendizaje, la responsabilidad se atribuye usualmente a su maestra. Si todas las maestras de una escuela producen resultados magros, por lo común, caerá la cabeza de su directora. Si todas las escuelas de un país fracasan, ¿quién debería ser despedido?

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