En realidad…

Por Hugo M. Castellano © 1 julio, 2001

Una noticia sacudió días atrás al mundillo de la farándula yanqui: los productores del popular “reality show” Survivor (Sobreviviente) -el programa en el que se inspira nuestra vernácula “Expedición Robinson”- habían recurrido a extras para volver a filmar varias escenas con el fin de eliminar de las originales a grupos de camarógrafos mal ubicados, y para obtener tomas más estéticas o dramáticas.

Muchos fueron los que se sintieron estafados por esta nueva muestra de manipulación a la Hollywood. Críticos y público se lanzaron a denostar lo que consideraron un abuso a la confianza de todos aquellos que apreciaban el show justamente porque decía mostrar la realidad sin maquillaje. Pero aunque valiosa, esta indignación popular sólo refleja la tremenda inocencia y desinformación de las masas.

Al decir de Rick Stengel, columnista de Time.com, “los noticieros, como los “reality shows”, no van detrás de la realidad sino de la verosimilitud. No buscan necesariamente la verdad, sino la apariencia de ella”. Y hasta es probable que este último “necesariamente” pueda ser eliminado por completo de la frase, y junto con él la sugerencia de que algunas veces -aunque fueran pocas- la verdad sí es un objetivo para los productores de programas televisivos.

Se cuenta que cuando los hermanos Lumiere pusieron en pantalla la imagen de un tren acercándose a la estación, muchos espectadores saltaron de sus butacas alarmados ante la posibilidad de un atropellamiento. No pasó mucho tiempo hasta que pioneros como George Melies se dieron a aprovechar esta ingenuidad para crear técnicas de trucaje tan ingeniosas que muchas de ellas aún son utilizadas por los cineastas modernos. Y siempre está presente aquel hito de 1938: “La Guerra de los Mundos” escenificada por Orson Welles en la radio norteamericana.

Fue entonces que la periodista Dorothy Thompson, del New York Tribune, escribió con intuición visionaria: “Orson Welles (…) nos ha brindado la más fascinante e importante demostración de todos los tiempos: ha probado que unas pocas voces convincentes acompañadas por efectos sonoros pueden convencer a las masas de una proposición totalmente irracional, completamente fantástica, capaz de crear un pánico nacional”.

Sin embargo, y a despecho del peligro que las “proposiciones irracionales” puedan significar para el destino y la sanidad mental de los pueblos, otras mentiras más graves siguen siendo derramadas sobre la gente día tras día, hora tras hora: sutiles deformaciones de la verdad, ínfimas distorsiones, puntos de vista refinadamente tendenciosos y, por supuesto, ocultamientos y silencios malintencionados, todo esto por cuenta y cargo de personas que hacen gala de profesionalismo y de inagotable “credibilidad”, apoyados por toda una batería de sesudos estudios psicológicos y larga experiencia en el control de masas a través de la propaganda.

En estos tiempos de hiperabundancia informativa, cuando se apela a los maestros para crear en las nuevas generaciones un “sentido crítico” que las inocule contra los medios de comunicación masiva, frecuentemente se olvida un hecho sencillo: que todos y cada uno de nosotros somos víctimas de la desinformación, y que nos es virtualmente imposible dar un paso al costado para analizar cualquier dato, cualquier noticia, con aunque sea un atisbo de objetividad o certeza. Todo lo que nos llega ha pasado antes por muchos filtros, cada uno de ellos con marcados intereses en presentar los hechos a su manera, o ha sido editado por un director creativo que puede influenciarnos nada más que cortando unas escenas y dejando otras, o agregando música de fondo para determinar el carácter de lo que se dice y muestra.

Más aún: los que creemos honestamente ser críticos recurrimos a preconceptos que fueron instilados en nosotros por alguien tal vez tan manipulador, o más, que aquel a quien rechazamos. Decimos obrar en base a convicciones, ¿hasta qué punto son nuestras, o el producto de algún sagaz lavado de cerebro ejecutado por los medios, la moral social, o por nuestros mayores en el pasado? La inmensa mayoría de los judíos tienen padres judíos; prácticamente todos los católicos vienen de familias católicas; los liberales, los conservadores y los “progres” surgen con mayor facilidad en ambientes donde esas ideas son expuestas favorablemente. ¿No es razonable pensar, entonces, que la cuna nos condiciona a ser lo que somos y que nuestro libre albedrío tiene poco que ver en el asunto?

Si estas dudas son posibles, los medios de comunicación tal como existen hoy en día agudizan el problema y lo multiplican hasta el infinito. Debieran ser una ventana objetiva hacia el mundo real, donde se muestre aquello que nuestro círculo de relaciones y nuestra limitada experiencia o movilidad nos impiden ver y, en cambio, se han convertido en un malévolo espejismo del mundo verdadero, teñido por intencionalidades irresponsables y, en muchos casos, siniestras.

El episodio de “Survivor” es una muestra evidente de esto. Se critica que trucar las escenas no responde al “realismo” del show. Cierto, pero ¿cuándo fue real, en primer lugar? Los participantes no son gordos, ni petisos, ni feos, ni distraídos, ni responden a la hechura típica de la gente común; en cambio, son jóvenes, atléticos, bellos, locuaces y aventureros, como corresponde a un grupo elegido “a dedo” por productores interesados en la “imagen”. Ninguno de ellos obra como alguien del montón, menos aún con espontaneidad, aunque sólo sea porque saben que están siendo filmados a toda hora y que se espera de ellos algún comportamiento especial, distintivo, que les gane el favor de la audiencia. Las situaciones a las que se los somete no son, por ejemplo, tener que comprar lechuga en la verdulería o cobrar un cheque en el banco en “hora-pico”, sino que, por el contrario, deben cruzar en canoa rápidos espumosos o saltar ciénagas infestadas de serpientes, nada de lo cual es “real” en el mundo real de los espectadores. Y, por último, reciben fama, honores y un jugoso premio en efectivo nada más que por hacer las cosas bien, y eso… a ninguno de nosotros nos suele pasar. ¿De qué realidad se habla?

Y por si esto fuera poco, la tecnología moderna hace posible todo tipo de trucajes. Si tras una hecatombe se mezclaran los archivos y solamente sobrevivieran fragmentos aislados de información, ¿quién podría afirmar que Forrest Gump no fue recibido por Kennedy? ¿Qué sesudo crítico, aún con todas las luces de su intelecto prendidas, podría afirmar que esa escena es falsa en ausencia de dos o tres antecedentes cruciales?

Los humanos tenemos una tendencia muy definida hacia lo que yo llamo “la estéril lucha contra los efectos”. Abunda la mentira, se hace utópico distinguirla de la verdad, y con suprema inocencia nos decimos: “hay que aprender a analizar”, en tanto olvidamos que los mentirosos están abocados con tecnología y dinero ilimitados a confundir nuestro análisis, y a hacerlo cada vez más difícil, y hasta imposible. Más aún, incluso el propio análisis crítico termina careciendo de sentido y se pierde toda motivación por ejercerlo cuando el mundo falsamente real de los medios y del arte se vuelve increíblemente más atractivo y confortable que la tediosa vida de todos los días. Esto explicaría la rápida aceptación de programas del estilo de “Survivor” o “Robinson” como representantes de “lo real”, o la popularidad de ciertas ficciones televisadas -las telenovelas- donde los actores presumen de reproducir situaciones reales nada más que porque mezclan las noticias con hechos tenidos por cotidianos. En el primer caso, lo presentado como real es irreal porque está preparado de antemano; en el segundo, porque los hechos representados, si bien son en efecto cotidianos, muy rara vez se dan en la profusión o con la intensidad con que se los representa.

Desde la posición de los educadores, debería aparecer como evidente que procurar en los niños la más alta capacidad analítica es un objetivo que tiene un valor intrínseco y definido, no algo que debe enseñarse como reacción a un estímulo temporal o por imperio de las circunstancias. Tampoco es conveniente entrar en una carrera desenfrenada contra la dañina influencia de los manipuladores de información, ya sea porque no es razonable que la Escuela responda a objetivos impuestos, como porque en semejante carrera, la Educación siempre llevará las de perder frente a los mensajes demagógicos y facilistas.

La respuesta educativa a este grave problema, que no sólo compete a los educadores sino a la sociedad toda, es alcanzar un saneamiento radical de los medios de comunicación, y hasta del Arte, donde la ficción sea ficción, y la noticia reflejo objetivo de los hechos y no otra cosa. Aprender a analizar está bien, pero la solución de fondo pasa por eliminar la mentira, y punto.

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