La hora de los educadores

Por Hugo M. Castellano © 25 noviembre, 2001

Hispanoamérica se debate en una sorda lucha por su futuro, quizás hasta por su supervivencia cultural. Desde hace más de medio siglo sufre los embates de un orden mundial que sólo admite para ella un papel subsidiario, y sumida en un letargo suicida ha entregado sus tradiciones, sus valores y sus mejores cerebros casi sin resistencia.

Nuestra cultura no nació para representar el triste rol de curiosidad étnica, ni debería conformarse con ser proveedora de músicos de subterráneo para las capitales europeas o de apellidos latinos para que los partidos políticos de Norteamérica se arrimen votos cada cuatro años. La América hispana puede y debe aspirar a más, porque sus héroes y sus poetas y sus pueblos enteros jamás han sido menos que nadie, ni merecen la indigna consideración de siervos con que se los trata en el presente.

Abramos los ojos. ¿Qué dirían San Martín o Bolívar de nosotros; qué maldiciones nos echarían los prohombres de América que dedicaron su vida a hacernos grandes si pudieran ver la triste situación en la que estamos; qué angustia sentirían Miranda, Martí o Sarmiento si se les fuese dado volver a esta vida para contemplar la humillación que soportan hoy los pueblos que ellos elevaron con tanto esfuerzo?

A pesar de todo, hundidos como estamos en la dependencia más atroz, aún nos quedan la honra y nuestros hijos para que la Historia nos juzgue finalmente como hombres y mujeres dignos. El honor, porque es la cualidad más cabal de los ciudadanos libres; la nueva generación, porque ella es la única forja posible donde martillar las vigas de un mundo mejor.

Es la hora de los educadores. En el pasado las revoluciones fueron tarea de soldados, de políticos o de obreros. Todos han tenido su oportunidad y su tiempo, pero de los primeros ya no quedan sino mercenarios; los políticos se han convertido en aristócratas de la corrupción y el robo, y los obreros están agotados por la miseria. Nos toca a los maestros de Hispanoamérica, tal vez el único cuerpo social mayoritario con identidad e ideales propios que subsiste en el continente, resistir a la tiranía y luego combatirla desde sus entrañas, haciéndole surgir un enemigo mortal en cada niño y en cada joven.

¿Contra qué luchamos? Estamos enfrentados -como siempre- con la ignorancia y la superficialidad que los poderosos desearían ver universalizadas para convertir a las masas en impotentes consumidoras de productos banales que sólo sirven para hacerlos a ellos más ricos y a los pueblos más dependientes. Luchamos contra la mentira de quienes nos desinforman a diario desde los medios, hoy trocados en una herramienta de control mental más temible que cualquier bomba. Peleamos contra la alienación y el individualismo egoísta que quiere hacer de cada hombre un carnicero de su hermano para que sólo el más cruel o el más rapaz sobrevivan. Nos oponemos a la desidia, la desesperanza, la abulia y la indiferencia que nos inyectan como una droga para que nos volvamos incapaces de cualquier reacción contra el sistema. Combatimos contra el facilismo que quiere hacer de todos nosotros ingenuos hedonistas, fáciles de satisfacer con poco pan y mucho circo.

El campo de batalla es indudablemente educativo, y en él los pedagogos debemos invadir palmo a palmo el terreno que otros nos arrebataron en el pasado, o el que nunca nos preocupamos por ocupar. Si lo logramos, ya no será posible para los políticos usar las aulas como plataforma ideológica, ni a los economistas decidir sin nuestra voz y voto cuánto del presupuesto nacional es necesario para mantener una población cultivada, ni a los tecnócratas decirnos qué debemos usar para enseñar o cómo, ni a los medios de comunicación les resultará sencillo desinformar al pueblo o erigirse en árbitros de una moralidad fundada únicamente en la satisfacción inmediata de los deseos. Si los maestros comenzásemos a exigir que nuestra opinión sea tenida en cuenta en todo aquello que tiene que ver con los conocimientos, el desarrollo de la inteligencia y la transmisión de nuestra herencia cultural, y si reclamásemos también para nosotros el derecho profesional que sin duda nos asiste de defender la inocencia de la niñez y la pureza de la juventud, estaríamos dando los primeros pasos hacia la ocupación de esos espacios tan vitales para la sociedad, que hoy sólo miramos desde la distancia.

El adversario es muy poderoso; todo lo controla. En sus manos están el dinero, los medios de comunicación, la ciencia y la tecnología; domina ejércitos, cielos, mares y caminos. Pero nosotros, los maestros, tenemos control sobre algo mucho más valioso: el espíritu indomable de una nueva generación, y para triunfar sólo tenemos que preservarlo así.

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