Tecnología y Humanidad

Por Hugo M. Castellano © 6 octubre, 2002

El 25 de Mayo de 1961, frente al congreso de su país, el recordado presidente John Fitzgerald Kennedy propuso como una meta nacional de los estadounidenses poner un hombre en la luna antes del fin de la década. Por aquel entonces, los EEUU veían amenazado su liderazgo político y tecnológico por los impresionantes avances de sus enemigos ideológicos, los comunistas de la Unión Soviética, que habían tomado la delantera en la investigación espacial y la sostenían con logros sólidos y consistentes.

Kennedy no vivió para verlo, pero su promesa fue cumplida puntualmente. Las trágicas circunstancias de su desaparición alimentaron el mito y su audaz propuesta pasó a ser un símbolo de la determinación y el coraje de quien fuera uno de los líderes más carismáticos del siglo veinte; pero hoy, a la distancia, nos sirve también como un nítido ejemplo de la actitud del hombre que, seguro de sí mismo y de sus ideales, se enfrenta a los desafíos tecnológicos.

La “carrera del espacio”, como se la llamó en su época, enfrentaba a los hombres con un ambiente tan hostil como novedoso. La tecnología aeroespacial, desarrollada en los años previos a la segunda conflagración mundial y potenciada durante su transcurso y la subsiguiente “guerra fría”, abría un horizonte soñado por generaciones, pero cuya verdadera naturaleza no respondía a las expectativas de los soñadores. La Luna no era un sitio al que se podía llegar vestido con una levita e impulsado por un gran cañón, como habían imaginado Georges Meliés -el genial cineasta francés- y toda una generación de escritores de ciencia ficción: la temperatura, la radiación y la falta de oxígeno hacían imposible la supervivencia en su superficie y, aún con la protección más acabada, hasta el más mínimo movimiento se volvía riesgoso por la baja gravedad en el satélite.

Convivían, entonces, dos visiones: la científica, que mostraba una realidad cruda e inhóspita -podríamos decir, antipática- y la artística, que ignoraba los hechos y prefería considerar al espacio como un escenario apto para todo tipo de aventuras. Cuando las cosas se ponían difíciles, los escritores de la época eran rápidos para inventar toda clase de adaptaciones a ese ambiente inhumano. Si Venus era imaginado como un mundo acuático, las personas desarrollarían agallas para respirar bajo el agua; si Marte tenía una atmósfera liviana, sería sencillo que les crezcan alas para aprovecharla. Esta ingenua imagen del universo, que podría parecernos propia de un pensamiento primitivo, sigue siendo popular por sencilla y útil, y la vemos incluso en realizadores tan contemporáneos como el mismísmo George Lucas, quien jamás nos explica en su serie de La Guerra de las Galaxias cómo es que los tripulantes de sus naves no mueren aplastados por la aceleración, por qué dentro de ellas las cosas no flotan como deberían o a causa de qué raro designio todos los planetas poseen la misma atmósfera y gravedad, y estas son justo las necesarias para soportar no sólo la vida autóctona, sino también la humana.

Para abreviar lo que podría ser demasiado extenso, resumámoslo así: cada vez que la ciencia y la tecnología nos abren un horizonte nuevo, una parte de nosotros quiere creer que poseemos el potencial de evolucionar rápida y eficazmente para alcanzarlo o, en su defecto, que ese horizonte nos será automáticamente hospitalario. ¿Es posible llegar a la Luna? ¡Prepárame una vianda, alcánzame el “swiss-knife” y espérame a cenar!

Algo similar nos ocurre hoy con la tecnología informática. El ciberespacio se abre ante nosotros y rápidamente asimilamos la idea de una fantástica Sociedad del Conocimiento donde no hay obstáculo que la plasticidad humana no pueda superar. Nuevas formas de interacción, nuevas formas de aprendizaje, incluso nuevos modos cognitivos nos son mostrados como naturales, inevitables, seguros. Y vamos hacia allá vestidos con un lustroso smoking y armados con nuestro humilde pero confiable cortaplumas, convencidos de que en el camino mutaremos en semidioses. Tal y como cada una de las generaciones que han trajinado la Tierra, creemos ciegamente que nos tocará a nosotros ser los elegidos para la transformación, que somos únicos, irrepetibles y que, finalmente, nos volveremos la envidia de la Historia. Y no importa la larga cadena de mediocridad que nos precede, no importan los sueños evaporados ni las derrotas pasadas, no importa que la realidad haya sido para todos nuestros antepasados un aburrido devenir donde lo que se transforma son las cosas, no las personas; nosotros seguimos sosteniendo que el cambio es hoy, aquí y ahora, y que nos ha tocado en suerte protagonizarlo para gloria de nuestro tiempo y de nuestras vidas.

Kennedy no pensaba así. Él no imaginó ni por un momento que las circunstancias habrían de adaptarse a sus deseos y, en cambio, urgió a la ciencia y a la tecnología a adaptarse ellas a la realidad de poner un hombre en la Luna, no para hacer la Luna habitable para el hombre ni para forjar un superhombre capaz de vivir en ella. Y allí fueron Armstrong, Collins y Aldrin enfundados en sus trajes a prueba de todo y contrapesados por sus zapatotes para soportar el clima y la gravedad, frágiles homo sapiens cuyas vidas pendieron en todo momento de un hilo, separados de la muerte más atroz por unos milímetros de tela y plástico, sin que su condición humana se viera necesitada de la más mínima adaptación.

El ciberespacio, tal como nos lo presentan los futurólogos, es nuestra Luna, el nuevo mundo que debemos hollar para justificar este tiempo y nuestras vidas. Podemos mirarlo con los ojos ingenuos del artista o con los ojos ciegos del ignorante, y pretender que en él no hay obstáculos insalvables, ni riesgos ni peligros, o suponer que podremos superar sus inclemencias cambiando nosotros mismos, por algún misterioso mecanismo evolutivo que Darwin nunca alcanzó a imaginar.

A veces, cuando oigo hablar de la Sociedad del Conocimiento, me parece estar escuchando los ecos de algún bolchevique de barricada prometiendo el paraíso igualitario y la muerte de todas las injusticias, o se me ocurre que el discurso suena demasiado afín con ese anarquismo idealista que postula una sociedad donde cada individuo es tan libre, tan probo y tan altruísta que sólo desea lo que conviene a la multitud. Cuando frente a las limitaciones de la tecnología para distribuir el conocimiento y brindar instrucción y educación se proclama la inminencia de un cambio en la forma en que las personas aprenden y se informan, pienso si no estamos incurriendo en la misma ingenuidad al creer que, de verdad, la naturaleza humana tiene genes ocultos para cualquier cosa concebible, listos a despertar cuando las condiciones lo requieran.

La realidad es otra. Si fuésemos transportados en un instante a los tiempos de Moisés, o aún más allá, a la remota prehistoria, descubriríamos que nada esencial nos separa de aquellos hombres y mujeres. Diez mil años no alcanzan para modificar el modo en que los humanos experimentamos el mundo a través de nuestros sentidos, nuestra inteligencia y nuestra afectividad. Sí son suficientes para cambiar varias veces los instrumentos con que nos ayudamos, o para permitirnos un refinamiento en las explicaciones que nos damos a nosotros mismos sobre causas y efectos, pero de ningún modo eso altera nuestro bagaje cognitivo, ni es de esperar que nuevos cambios tecnológicos lo alteren en el mediano plazo.

Convengamos en esto: la modificación de nuestros aparatos perceptuales y cognitivos no es una necesidad de la naturaleza, sino la de de una tecnología imperfecta que no se siente capaz de dar respuestas adecuadas a nuestras necesidades y entonces nos engaña haciéndonos aceptar que nuestras necesidades son las suyas. El problema de la distribución del conocimiento bajo las nuevas tecnologías no es cómo desarrollar nuevas formas cognitivas y nuevos modos de aprendizaje, sino cómo lograr que la tecnología reproduzca fielmente, o potencie, los que ya tenemos y han sido probados y demostrados por siglos. El problema, en pocas palabras, es de la tecnología, no de los humanos. Es en este punto que la lección de Kennedy se vuelve importante, porque -parafraseando otra de sus recordadas intervenciones- no le preguntó a los hombres qué podían hacer por la tecnología, sino que instó a la tecnología a hacer algo por el hombre, tal como es.

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