Desvirtuando la virtualidad

Por Hugo M. Castellano © 5 noviembre, 1999

¿Qué es “ser virtual”, y cómo nos afecta el concepto en esta era de rápidas comunicaciones y cotidianos contactos? La impresión generalizada es que la virtualidad es algo así como la más fresca cualidad de los seres y de las cosas, un adorno novedoso y original que nos regala el mundo de la modernidad y las telecomunicaciones, casi un rasgo evolutivo que acabamos de adquirir por mutación inducida, y una perspectiva única y concluyente que identifica a quien la posee -o la ejerce- con su tiempo: este tiempo.

Ser virtual, hoy, implica estar en la Internet. Es compartir inequívocamente la todavía rara condición de “cibernauta”, tener una computadora, un módem, y “conectarse”, pero al mismo tiempo equivale a ser real para todos los que gozan de nuestra compañía inmediata, física, tangible, y una especie de “cuerpo desencarnado” para quienes nos “contactan” a través de la Red. Quien se encuentra en estado de virtualidad en cierta forma se vuelve dudoso a los ojos ajenos, acercándose a lo que un científico llamaría “una proposición no falsable “. Las personas virtuales están, son, pero no facilitan a otros el verificarlo.

Aplicado a las cosas, el concepto aparenta morderse la cola, porque pareciera ser que todo lo que es descripto o representado a través de “páginas web” o “documentos en-línea” deja de ser automáticamente un objeto verdadero (una cosa), y deviene en una suerte de etéreo artificio del mundo digital. De hecho, la dicotomía ya ha sido planteada por Negroponte al dividir nuestra afiliación a la realidad según sea que nos ocupemos de los átomos (grosera representación del pasado), o los bytes (sublime proyección futurista), arrastrándonos a una más de las tantas visiones saltacionistas de la Historia, donde se unen la consabida pedantería de todas las generaciones por suponer que se vive en un tiempo fronterizo inédito, irrepetible, y la soberbia de pensar que uno ha elegido vivir del lado correcto de la cerca.

Sin embargo, si uno lo analiza en detalle, esto de la virtualidad es pura cháchara. Las representaciones de la realidad siempre nos parecieron naturales y lógicas, al menos hasta que surgió este concepto del “ser digital”, aprovechado con maestría por la nutrida columna de pseudo-filósofos post-modernos que han amasado millones escribiendo libro tras libro para explicar cosas que ya Platón evitaba por aburridas.

“Ésto no es una pipa”, reza el profético epígrafe de Magritte, y por cierto hizo falta un surrealista para representar la superficialidad de esta extraña amalgama de espiritismo y cibernética con que nos abruman prensa, televisión y radio todos los días del año. “¡Ingrese al espacio virtual!”, “¡Forme parte de nuestra comunidad virtual!”, nos tientan las sirenas mediáticas mientras “navegamos” sin mástil al que atarnos como Ulises y sin una gota de cera para tapar nuestros oídos como sus marineros. La promesa implícita sugiere que en lo virtual desaparecen todas las inconveniencias del mundo concreto, en un “espacio” donde no hay amuchamientos ni calores, y que pertenecer a una comunidad virtual incluye los beneficios de una controlada intimidad, la preservación de nuestra identidad real detrás de un “userid”, y ninguna obligación para con los demás, ni siquiera la de la honestidad.

Para quienes somos maestros, naufragar en estos escollos significa hundirnos con nuestros alumnos induciéndolos -con el ejemplo- hacia una percepción equívoca y malsana de la realidad donde el único compromiso es para con uno mismo, y la única meta es la autosatisfacción. Creer a pies juntillas las liviandades con que se emperifolla a sí misma la Internet es algo que ningún educador puede permitirse sin disminuir gravemente su aptitud profesional y sin poner en tela de juicio su capacidad de análisis.

Fíjese el lector, si no, lo que sucede con los jóvenes cuando se entusiasman con el “chateo”. Su primera acción frente a la pantalla consiste en atribuirse un alias, con frecuencia relacionado con sus aspiraciones de vida antes que con su realidad inmediata. Advertidos de que ésto constituye la punta de la madeja de un engaño, replican que no planean hacer “nada malo” (¿por qué ocultarse entonces?), y cuando se les recita aquello de “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí” contestan casi invariablemente que los tiene sin cuidado lo que los otros hagan, esto es, admiten ser engañados para poder hacerlo ellos mismos. Nada de ésto sería posible de no mediar el difundido concepto de que aprovecharse de la “virtualidad” -leída como la irresponsabilidad de aquel que no está presente y a quien no lo alcanzan los efectos de sus actos- es malo en todos los demás órdenes de la vida excepto en la Internet, donde se la reputa de virtud inherente. Llamar a alguien por teléfono para enroscarlo en mentiras sin develar la identidad es siempre doloso, tan fraudulento como enviar anónimos por correo o pintarrajear muros amparado en las sombras de la noche, pero como la Internet “es” virtual, y en ella el propio sistema favorece el secreto, se tuercen las reglas morales y se aprovecha el vacío legal sin remordimiento alguno. Para un adulto ésto puede ser un juego ocasional, pero para un adolescente o un niño es un muy mal comienzo en su formación ética.

Llevado a las “comunidades virtuales”, el problema adquiere una dimensión más compleja. Descartemos en este análisis los grupos que se forman sin propósito definido, y concentrémonos en lo que Toffler ensalza como una de las bienaventuranzas de la Tercera Ola: las comunidades de interés, que en su opinión superan en calidad a las “arcaicas” comunidades de espacio. Es cierto que en ellas la existencia de un propósito común sirve como motivación para un intercambio más honesto y civilizado a través de la Internet; después de todo, si pretendemos recibir algo útil del resto de los participantes es casi una obligación que mantengamos un adecuado nivel de respeto hacia ellos. Si somos groseros, abusivos o insultantes “on-line”, o si se nos pesca en una mentira flagrante, es probable que el rechazo social opere como disuasivo y nos fuerce a la contención, pero eso no quita que otros males acechen a estas comunidades “virtuales”.

El primer riesgo es el de convertirlas en nuestra vía preferida y principal de interacción social. De nuevo, un adulto contemporáneo, criado a fuerza de relaciones presenciales y dependiente psicológico de la contigüidad, puede formarse una imagen bastante clara de los contactos a distancia que establece con otras personas a través de la Internet. Un niño, en cambio, prístino para el aprendizaje e ignorante del valor relativo de las cosas, bien puede sentir que los contactos virtuales de verdad superan en calidad a los presenciales -sobre todo cuando la propaganda lo bombardea tan eficazmente con apologías de todo tipo y tamaño- y construir lentamente un desapego hacia las relaciones humanas tradicionales.

Las comunidades de interés a nivel global son -sin duda- una bendición para todos, pero a condición de que como humanos no perdamos la perspectiva y caigamos en la trampa de volvernos ermitaños vía satélite. Recientes investigaciones sociológicas demuestran que éste bien puede ser el caso, porque una elevada proporción de cibernautas tiende a desarrollar una adicción seria que los lleva a pasar largas horas frente a las pantallas sin más propósito que navegar obsesivamente, tiempo que restan de su vida familiar y comunitaria. Si a la ya natural alienación a que nos lleva la vida en las grandes ciudades, con la posibilidad de disfrutar de cualquier tipo de entretenimiento en el hogar, con la información y las noticias que nos traen la radio y la televisión, y con los tradicionales medios de comunicación -correo, teléfono- permitiendo que interactuemos con otros sin movernos de nuestro sillón, le agregamos toda la Internet y esta oferta de integrar cómodas y enriquecedoras comunidades de interés a través de la red global, nos acercamos peligrosamente a una visión autodestructiva de las comunidades de espacio que transformará a nuestras urbes en sitios inhóspitos por consenso popular. ¿Qué nos movilizará para solucionar los problemas de la contaminación, la arquitectura urbana o la marginalidad social y la violencia si podemos aislarnos de todas estas dificultades encerrados entre las cuatro paredes de nuestro cuarto y aún así mantener la ilusión de “estar participando”? ¿Nos convertiremos acaso en ciudadanos del mundo y exiliados internos de nuestro barrio, ciudad o país?

Muchas personas, por irreflexión o por ignorancia, presumen que la interpretación que los medios hacen de sí mismos es certera y objetiva, o bien ceden ante la presión de una publicidad auto-adulatoria y petulante como la que presenta a la Internet bajo la apariencia de una heroica adquisición de la humanidad que sólo tiene facetas positivas. Con mucha frecuencia, también, existe el temor a ser tildado de retrógrado o de reticente al cambio, sobre todo cuando desde la docencia se carga con la responsabilidad de mantener a los alumnos aggiornados en tecnología, y entonces se procede mecánicamente, respondiendo a las expectativas sin medir consecuencias.

Creo sinceramente que educar a una generación en la ciega aceptación de que la imagen de una pipa es la pipa misma, y que el aroma, el calor y la textura de la noble madera no son atributos en los que los hombres debiéramos ocuparnos, es empujar al mundo un poco más hacia el abismo de la desolación, y que compete a los maestros de todas las latitudes alzar la bandera del sentido común -una vez más- y llamar a las cosas por su nombre. La Internet es un admirable medio para la comunicación y la difusión de ideas e información, pero no inventa nada ni agrega un ápice a nuestro bagaje cognitivo o a la forma en que discernimos. Seguimos estando unos aquí y otros allá, tecleando noticias en un telégrafo de lujo, pero separados y unidos por las mismas cosas que desde siempre nos han separado y nos han unido. Seguimos percibiendo las imágenes y los sonidos con los ojos y los oídos de siempre, y todavía interpretamos los textos según reglas archiconocidas, sin que desarrollo tecnológico alguno haya logrado sacudir una sola de las telarañas que nuestra percepción ha acumulado en los millones de años de la evolución humana. En lo que a la virtualidad concierne, la situación es enteramente análoga. La realidad sigue siendo lo mismo que era en tiempos de Platón o de Kant; sus representaciones continúan siéndolo sin importar si se las construye con óleos o con bytes, y el prójimo sigue siendo “el próximo” antes que cualquier otra cosa. La única diferencia notable (¡y admirable!), es que hemos agregado colores a nuestra paleta y velocidad a nuestras comunicaciones.

En suma, que lo que comúnmente se llama “virtualidad” y se asocia con la Internet no debería guardar relación alguna con la inimputabilidad o el anonimato, menos aún con la irrealidad, y antes bien debiera ser vista como una oportunidad más para delinear y profundizar el desarrollo personal de los individuos y sus virtudes sociales. Para los maestros, el desafío es enorme pero ineludible: mostrar -a contrapelo de las visiones exaltadas que hacen de la Internet una moda muy rentable- que las relaciones humanas exigen responsabilidad, honestidad y respeto sin importar los canales por los que discurran.

No hay reglas nuevas; con las de siempre nos basta y sobra.

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