El fuego perdido

Por Hugo M. Castellano © 4 agosto, 2003

En los tumultuosos años 60, con apenas trece o catorce años de edad, leí la frase que me sindicó como miembro activo de mi generación. Decía así: “La juventud es como los aeroplanos, sólo oímos hablar de los que se estrellan”.

Eran los tiempos del “generation gap”, cuando el mundo adulto difamaba con saña a los “teenagers” y éstos abominaban de los aburridos valores de la posguerra y los prejuicios de los 50. Esa sencilla frase resonando en mis oídos recién estrenados resumió de un golpe el secreto del antagonismo que había entre mis padres y yo, y entre todos los padres y nosotros: nos juzgaban por las excepciones; miraban sólo lo que les convenía, y defendían su mundo hipócrita y conservador basándose en generalizaciones o en verdades a medias.

Han pasado cuarenta años, nada menos, y hoy me encuentro otra vez leyendo noticias sobre jóvenes que “se estrellan”. Me preocupa conservar vivo aquel recuerdo para no caer en abominables prejuicios. Me preocupa no saber si el paso del tiempo ha enturbiado mi razón y me hace ver las cosas bajo el cristal de la añoranza, o peor aún, del resentimiento por no tener la piel lozana y la mente limpia de sospechas. Pero me preocupa más determinar si los ejemplos negativos de la juventud contemporánea son cualitativa o cuantitativamente diferentes de los que protagonizó mi generación, porque –siendo educador- un error de cálculo podría hacer que me vuelva o demasiado complaciente o demasiado intolerante.

Leo en los periódicos que hay ladrones de diez años, prostitutas de once y asesinos de doce, y que abundan en proporciones nunca antes vistas. Leo que el setenta por ciento de los menores de edad consume alcohol, que el treinta por ciento ha probado drogas, y estas cifras se repiten con insignificantes variaciones en cada lugar donde alguien se tome el trabajo de hacer encuestas. A diario recibo noticias de alumnos que agreden a sus maestros, que llevan armas de fuego a la escuela, que se destrozan a golpes unos a otros. Los medios me cuentan que las enfermedades venéreas (hoy eufemizadas como “de transmisión sexual”), están en aumento porque los jóvenes rechazan el uso del preservativo o ignoran su valor profiláctico, al punto que uno de cada cuatro admite tener un amigo con SIDA. Y de todas partes del mundo me llegan informes de colegas educadores que repiten estos números y estas circunstancias. Y aunque así no fuese, aunque no tuviera toda esta información, me bastaría con dar un paseo por mi vecindario para alarmarme.

La adolescencia siempre ha sido una fase tortuosa de la maduración; tan tortuosa como decisiva. Que los jóvenes logren extraer buenas lecciones de ella es vital para su desarrollo futuro y para la consolidación de su carácter. Todo el orden social depende en gran medida de qué tan bien consiga cada generación transitar el pasaje de la vida infantil a la adulta. Por eso es importante que sepamos a tiempo si nuestros adolescentes están madurando del mejor modo (¡que no es necesariamente el que más nos gusta!), o si en cambio están echándose a perder sin remedio.

En los 60, toda una generación desafió orgánicamente al orden establecido. En aquellos tiempos “haberse estrellado” no sólo era fracasar en la escuela, tomar alcohol o fumar marihuana. Era mucho más cotidiano denostar a los jóvenes por su actitud rebelde, por sus desobediencias y por su pelo largo, y en ese sentido los adultos tuvieron que lidiar contra un ejército que era demasiado numeroso y estaba muy motivado para la pelea. Hoy, por el contrario, estamos bajo la impresión de que los rasgos distintivos de la juventud no pasan por la crítica social o por el intento de imponernos una contracultura más ética, sino que se inscriben en una suerte de aceptación amarga y pesimista de la realidad. Pareciera que los jóvenes se regodean en mostrarnos cómo es vivir sin hipocresía (a “full”), bajo las normas del consumismo, el hedonismo y la anomia que el mundo de los adultos les ejemplifica con sus actos. En otras palabras, la juventud de hoy se ha vuelto definitivamente cínica.

Creo que los educadores deberíamos reflexionar con mucha seriedad sobre el asunto. Es probable que los jóvenes que dan mal ejemplo con sus excesos sean hoy muchos más que ayer. Es seguro, también, que si sólo miramos a esos no hacemos justicia a la inmensa mayoría de jóvenes sanos y juiciosos que hay entre nosotros. Pero es evidente que el mayor peligro de nuestro tiempo está en la ausencia de una masa juvenil militante, con altos ideales, una sólida ambición de justicia y una insoportable sed de paz y amor.

Con frecuencia los maestros nos preguntamos cómo cambiar al mundo. No hay mejor modo, según yo lo veo, que encomendarles la misma misión que Einstein sugiriera alguna vez a un grupo de estudiantes japoneses en uno de sus viajes: “que vuestra generación haga avergonzar a la mía”.

Preocupémonos por los jóvenes que se estrellan. Su situación es grave. Busquemos cómo rescatarlos de su catástrofe, aliviar sus penurias o incluso castigarlos por sus faltas. Pero entendamos de una vez por todas que mucho más grave que eso es que el resto, la “mayoría silenciosa”, se haya convertido en una juventud tristemente resignada.

Para que se comprenda mejor, permítame el lector unos ejemplos. Nuestro sistema educativo falla miserablemente en dar respuestas a la formación y capacitación de los estudiantes. Decimos que la secundaria es obligatoria, pero no se obliga a nadie a concurrir a ella ni vamos a buscar a los que desertan. Decimos que debe preparar para la Universidad, pero miles y miles de adolescentes descubren muy tarde que doce años de escuela no les han servido para nada. Decimos que nos interesa darles aptitudes para el trabajo, pero no les damos ni aptitudes ni trabajo. Y ellos, ¿cómo responden? ¿Acaso protestan, se ofuscan, organizan manifestaciones callejeras para exigir por sus derechos, tal como sucedía treinta o cuarenta años atrás ante los mismos problemas? ¿Se declaran en rebeldía, o desafían nuestra autoridad? Por mucho menos ardió el mundo en Mayo del 68. En cambio hoy los jóvenes se limitan a sonreír con amargura, y luego suben el volumen de su estéreo y se despachan dos o tres cervezas. Que es exactamente lo que hacen casi todos los adultos de hoy ante las infinitas afrentas a que los somete la modernidad. Puro y descarnado cinismo, como si nos dijeran: “si no servimos para nada, pues entonces no hagamos nada”.

Es probable que sea una tarea imposible despertar el monstruo justiciero de una juventud fogosa y contestataria que revolucione al mundo. En ese caso, ¿no podríamos al menos esforzarnos por cumplirles con lo que prometemos?

Closed