Delitos tecnológicos

Por Hugo M. Castellano © 17 Mayo, 2005

Una de las preocupaciones más difundidas entre los líderes políticos y sociales del mundo entero es la de reducir la brecha digital que separa a quienes tienen acceso a las nuevas tecnologías del resto. Este acceso permite a las personas disfrutar de más y mejor información, de una variedad de entretenimientos, de comunicación instantánea y económica sin importar las distancias, de amplias posibilidades laborales y un sinfín de otros beneficios, entre los que sin duda se destacan las oportunidades educativas disponibles para todos, grandes y pequeños, con la única condición de disponer de unos recursos tecnológicos cada vez más baratos y sencillos de usar.

Esta escueta enumeración de bondades -que no hace justicia a las TICs- por sí sola parecería indicar que la necesidad social es la de arbitrar cuanto medio sea posible para que una mayoría de la población mundial, si no toda, disponga cuanto antes de los elementos tecnológicos básicos. Y en este proceso, sea que recién se lo haya iniciado o que se encuentre en etapas avanzadas, sonaría a contradicción escuchar que las autoridades limitan y hasta censuran el uso de nuevas tecnologías por parte de la población.

Por absurdo que parezca esto es lo que está sucediendo en muchos países, y amenaza con extenderse al resto en cuanto la brecha digital se empiece a cerrar para ellos.

Apenas aparecieron los ordenadores surgió una nueva raza de delincuentes, los hackers, dedicados a descifrar códigos de seguridad y a encontrar fallas en los sistemas de protección informática con fines a veces puramente técnicos, pero por lo común tan pedestres como la estafa, el fraude y la extorsión. Algunos quisieron ver a los hackers como una suerte de “robinhoodescos cibernautas”, otros alabaron su capacidad de auto aprendizaje y atribuyeron sus logros al potencial educativo de las nuevas tecnologías. En cambio los gobiernos, la policía, los empresarios y hasta el público común siempre enfocaron el asunto de otra manera, porque para quienes deben sufrirlo el hacker es y será un delincuente muy molesto.

Otras plagas aprovecharon las nuevas tecnologías para atacar al ciudadano informatizado: los spammers, con su abusiva carga de publicidad no solicitada e inoportuna banalidad; los creadores de virus informáticos, para quienes dañar la información ajena es un sano deporte intelectual; los pornógrafos virtuales, que descubrieron cómo convertir lo que siempre fue un pasatiempo subterráneo en gigantesco –y legal- negocio; los telemarketers, insidiosos vendedores de todo lo que sería invendible si el comprador pudiese verlo en persona; etcétera, etcétera.

A consecuencia de esto se idearon diversas estrategias para ordenar, limitar o directamente prohibir tales actividades. No obstante, la coexistencia de soberanías nacionales con tecnologías que se ríen de las fronteras impide toda acción coherente y eficaz. Por caso, la venta de medicamentos por Internet está expresamente prohibida en algunos lugares y expresamente permitida en otros, a pesar de lo cual florece en todas partes y nadie puede contenerla.

Pero la actividad de abusadores y delincuentes no debería ser una amenaza para la tecnología, o bien no debería ser causa de crítica alguna en el nivel tecnológico. Controlar los delitos informáticos es una cuestión meramente judicial y policial, y para hallarle una solución bastaría con aplicarse en esos terrenos y crear las condiciones para su prevención. A nadie se le ocurriría prohibir a los ciudadanos honestos el uso de artefactos tecnológicos tan útiles como el teléfono o el computador; la cuestión, en todo caso, es impedir que los usen los delincuentes.

Esta situación podría estar cambiando. Apenas aparecieron las primeras cámaras fotográficas digitales de bolsillo muchos jueces se vieron obligados a tomar medidas drásticas para reprimir una nueva forma de delito: retratar o incluso filmar a otras personas en situaciones comprometidas y luego publicar las imágenes en Internet. Las primeras sanciones fueron multas individuales y uno que otro arresto, pero pronto el fenómeno cobró tanta relevancia que se comenzó a prohibir el ingreso a baños, vestuarios y a otros lugares públicos portando cámaras.

El mal uso de los teléfonos celulares acosa también a los espectadores del cine y el teatro, o al menos a la porción de ellos que intenta disfrutar del espectáculo en silencio. Nunca falta quien se pone a conversar en medio de una función, y abundan las interrupciones a causa de timbres que suenan intempestivamente en medio de la escena más dramática.

Este problema parece menor, pero su constante repetición y la impavidez de quienes no respetan al prójimo ya han provocado algunas trifulcas de magnitud, al punto que el tema se discute en las portadas de los principales periódicos del mundo.

En otro avance de la criminalidad informática, ahora está en boga en Inglaterra –y se extiende con rapidez a otras latitudes- el llamado “happy slapping”, una expresión que podría traducirse como “feliz abofeteo”. Consiste en seleccionar a un transeúnte desprevenido, acercarse a él y agredirlo físicamente sin mediar palabra, mientras un asociado filma la escena con su teléfono celular. Luego se comparte el resultado con amigos o se lo publica en Internet para solaz del mundo entero.

Si la tecnología avanza rápido, el desgaste de las nuevas ideas le sigue el tren, y por ende el “happy slapping” ya no se conforma con un empujón o una cachetada; cada día la creatividad de sus improvisados guionistas se ve obligada a superar sus propios límites, escalando del sopapo con la mano abierta al puñetazo en la nariz, al golpe artero con un elemento contundente o, en caso de disponerse de un elenco más o menos estable de participantes, al apaleamiento grupal.

Lo peor del asunto es que la moda del “happy slapping” no es privativa de sectores marginales, sino de jóvenes de clase media y ahora de niños en edad escolar. Días atrás, un alumno inglés de 13 años fue atado a un árbol de camino al colegio y prendido fuego mientras sus asaltantes, niños como él, le apuntaban con sus celulares.

Las reacciones ante ésta y otras actividades transgresoras en los países centrales, donde el orden social todavía es considerado una prioridad, han sido de sorpresa al principio, luego de repudio, y al cabo dieron origen a propuestas que, si bien parecen lógicas desde el punto del vista práctico, son alarmantes en otros niveles.

Varios teatros ingleses, por ejemplo, intentaron impedir la entrada del público a las salas portando celulares, y ante la resistencia general decidieron instalar equipos electrónicos para neutralizar las señales durante el espectáculo. Los jueces pusieron un alto a este procedimiento, pero las medidas están en revisión y no pocos las apoyan.

En muchas escuelas directamente se prohíbe a los estudiantes ingresar con teléfonos portátiles, y una mayoría de profesores los requisa durante sus clases. Cabe recordar que tras la masacre de Columbine, en EEUU se elogió a los celulares en manos los alumnos como una tecnología que podía servir como rápida alerta frente a situaciones de peligro. Ahora, por culpa del mal uso de esos aparatos, cualquier beneficio que pudieran brindar en términos de seguridad corre el riesgo de desaparecer.

Es fácil advertir que la reacción frente a estos nuevos delitos mediados por las TICs ya no se aplica a los responsables directos, porque la propia tecnología hace a la transgresión tan sencilla como indetectable o difícil de perseguir. En consecuencia, la única salida inmediata es limitar el uso de la tecnología para todos, víctimas y victimarios por igual. Y claro está, las víctimas verán esas acciones como un avance autoritario sobre sus derechos individuales, y los victimarios como un triunfo más en su gracioso intento de perjudicar al prójimo.

Asimismo, estas modas agresivas y estos comportamientos antisociales adquieren una dimensión especial por dos razones. Primero, porque son gratuitos. No buscan rédito económico, como el hurto o el robo, ni siquiera los justifica alguna insatisfacción política o cultural, ninguna rebeldía contra el establishment o alguno de sus representantes. Son, antes que nada, actos puramente hedonistas, sádicos y malvados, cuyo único propósito es obtener un efímero placer dañando al semejante. Son actos inmorales en estado puro.

En segundo lugar, porque elevan al rango de catastrófico al tradicional problema de la incorporación de nuevas tecnologías. Cada vez que surge una tecnología de impacto universal, como el teléfono, el automóvil o la televisión, por citar unas pocas, se vuelve evidente la necesidad de educar al gran público en su uso y aprovechamiento. Esto tiene dos estratos: uno tecnológico (cómo operar la nueva tecnología) y otro cultural (cómo usarla con sensatez y responsabilidad).

El problema actual es que la educación, único medio de difundir el uso responsable de cualquier recurso, avanza a un ritmo demasiado lento y se retrasa cada vez más frente al incontenible desarrollo tecnológico. En otras épocas y con otras tecnologías era virtualmente imposible que un niño o un adolescente tuvieran chances de aprovecharlas como protagonistas, posibilidad que estaba reservada sólo a los adultos que por lo general ya poseían un código ético más o menos firme para aplicarles. En cambio hoy, entregados a la voracidad y la avaricia de quienes promueven el consumo irrestricto de productos tecnológicos habiendo detectado que el mejor modo de introducir a los adultos en ese consumo es a través de las nuevas generaciones, vemos que son precisamente los jóvenes y los niños quienes caen, víctimas de su propia inmadurez, en los usos más malsanos de productos que, bien pensados, deberían servir para su confort y bienestar.

El gran interrogante que nos angustia es si la educación puede ponerse a la par del desarrollo tecnológico para crear condiciones óptimas de aprovechamiento en cada caso, es decir, para sustentar con códigos apropiados de conducta el uso de los productos que ofrece la industria. Un acercamiento realista indicaría que hasta ahora no ha sido capaz de hacerlo; que el avance de la tecnología ha tomado a la educación por asalto y que sus reacciones han sido demasiado lentas. Pero… ¿es posible incorporar al sistema educativo algún mecanismo adaptativo tan flexible como el que parece requerirse? ¿Podríamos los educadores ponernos al día y mantener el ritmo de la tecnología? ¿Cómo hacerlo si todavía no hemos resuelto la cuestión de la brecha digital?

La respuesta, a nuestro juicio, es sencilla. Las nuevas tecnologías no demandan de nosotros la aplicación de ningún código moral extraordinario. Los perennes valores del respeto al prójimo, a su intimidad y a su propiedad; el pudor, que es un respeto hacia uno mismo y hacia la sensibilidad ajena; la empatía, la compasión y la no-violencia son todo lo que nos hace falta para lidiar con las TICs y con cualquier otra invención humana que el futuro nos depare. Lo que las nuevas tecnologías han puesto de manifiesto es, en realidad, la profunda crisis de valores que acosa a la sociedad moderna, sustentada en el abandono de la misión formadora de carácter y virtudes que tradicionalmente perteneció a la escuela como natural extensión de la familia.

La solución, si es que estamos dispuestos a intentarla, no consiste en aplicar más tecnología para neutralizar a quienes la usan mal, ni impedir el usufructo de los bienes tecnológicos a los usuarios bienintencionados. La solución es aplicar enérgicamente las normas legales con quienes las violen, en todo caso adecuarlas, y educar a los niños y jóvenes como nunca debió dejarse de hacer, porque si bien el comportamiento moral es cambiante con los tiempos, sus cambios sólo son de forma y superficiales.

Consultado sobre el “happy slapping”, un funcionario policial londinense rechazó la pretensión periodística de estar frente a una situación inédita con estas palabras: “se trata tan sólo de ‘asalto violento’, una figura delictiva que la ley contempla con claridad. No advierto nada de original en eso”.

Hay valores eternos que surgen de la propia naturaleza humana y cualquier persona los reconoce a simple vista. Es hora de ponerlos otra vez en la currícula.

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