Educando a la Internet

Por Hugo M. Castellano © 4 enero, 2000

De todas las maravillas de la tecnología moderna, ninguna como la Internet -la Red- ha cautivado la atención de los maestros y el público en general por lo que a primera vista pareciera ser su enorme potencial educativo. La posibilidad de que enormes cantidades de información vistosamente presentada puedan estar al alcance de cualquiera, independientemente de su ubicación geográfica, las veinticuatro horas del día y por un costo razonablemente bajo (y en constante disminución), unida a su increíble poder y versatilidad como medio de comunicación interpersonal, son los principales argumentos para imaginar, con razonable confianza, que semejante recurso terminará revolucionando el modo en que las personas enseñan y aprenden.

Eso, en su forma ideal, prístina, tal como fue concebida “allá lejos y hace tiempo”. Porque el problema con la Internet de hoy es que es un espacio común a todas las personas, grandes y pequeñas, blancas o negras, vecinas o remotas, buenas o malas. Y a medida que se ha ido popularizando, han entrado a ella gentes con los más variados intereses, ya no universitarios de anteojos cuadrados y camisa blanca de mangas cortas, ni jóvenes entusiasmados por las computadoras, ni maestros en busca de información para sus alumnos, sino toda una gama de individuos perfectamente ordinarios y corrientes, buscando algunos figurar, otros comerciar, otros matar el aburrimiento, y otros -los más temibles- que sólo quieren molestar al prójimo.

La Web se ha convertido, desde 1995 hasta la fecha (¡cinco años, tan sólo!), en un reflejo fiel de la sociedad urbana contemporánea. Y como reflejo es bastante crudo, precisamente porque es demasiado fiel. Como en la Internet no hay censura de ningún tipo, todas las actividades humanas que en otros medios de comunicación se encuentran reprimidas encuentran aquí un canal con absoluta libertad para expresarse.

¿Es malo que así sea? Probablemente no para los adultos que tienen un grado relativo de estabilidad emocional y capacidad de análisis, porque de este modo pueden ver la realidad tal como es y actuar para corregirla, si es que poseen el poder o la voluntad de hacerlo. Los sociólogos, los políticos, e inclusive los líderes religiosos tienen aquí un muestrario vívido de los intereses que nos mueven, de nuestros gustos y virtudes, y una guía completa y sin retoques de dónde estamos fallando como sociedad.

Por un lado, el positivo, la Internet nos muestra que los humanos todavía consideramos importante comunicarnos, que encontramos placer al hacer “contacto” con otras personas, y que buscamos desesperadamente salir del anonimato de nuestras pequeñas vidas para dejar una huella en el mundo, lo cual es alentador, porque de lo contrario ya podríamos considerarnos los peores esclavos, que son aquellos que aman su esclavitud. La posibilidad de expresar las propias ideas y el inconformismo, de poner el producto del talento individual a consideración de los otros, de compartir las experiencias con otras personas tan cercanas o lejanas, tan distintas o parecidas como se quiera, sin tener que pedir permiso a nadie y sin la necesidad de recurrir al mecenazgo de quienes detentan el control de los medios de comunicación tradicionales es algo realmente inédito en la historia cultural de nuestra especie.

Por otra parte, la plena libertad de expresión que existe en la Red da pie a que una legión de inescrupulosos medre explotando las pasiones y las debilidades también humanas: el robo y la venta de información (1), la pornografía (2) y la extorsión (3), junto a otras formas criminales que no son tan lucrativas pero que sirven al menos para satisfacer la megalomanía de sus autores, como la prédica violenta y la apología del delito, son cosa de todos los días en el ciberespacio. Menos grave, pero igualmente deplorable, es la catarata de mal gusto y grosería que se derrama de incontables páginas y sitios. Pero aunque el navegante ocasional o distraído nunca llege a enfrentarse con lo peor de la Internet, pronto descubrirá que hay docenas de “vivillos” que buscan sacarle dinero con ofertas mágicas, cientos de comerciantes que lo bombardean con publicidad no-solicitada (muchos de ellos por ignorancia de las reglas, otros quebrándolas descaradamente), y miles de tontos útiles que molestan la paciencia con cadenas, falsos avisos de virus, virus verdaderos que no saben cómo controlar y lacrimógenos pedidos de ayuda para niños con enfermedades terminales que ya llevan cuatro o cinco años que me muero que no me muero. Todo el que cree ser acreedor de la sociedad encuentra en la Internet un lugar de fábula donde descargar su odio, su resentimiento, o simplemente donde pasar un rato ameno perjudicando al inocente y al desprevenido. Y a medida que más y más gente ordinaria se suma al espacio virtual, el ambiente se deteriora con una rapidez inusitada, haciendo que muchos se pregunten si no llegará el día en que ya no sea práctico para las personas de bien o para aquellos empeñados en negociar o trabajar honestamente permanecer “en la Web”.

Flotando entre lo bueno y lo malo, además, hay mucho para analizar. Son prácticas o situaciones que aún no se han convertido ni en perjudiciales ni en benéficas -incluso las hay que a lo mejor ni siquiera muestran demasiados signos de vitalidad- pero que tal vez en los próximos años pasen a dominar la escena con consecuencias imprevisibles. Una de las más inquietantes es la concentración del poder económico en portales que buscan captar “cibervidentes” para la propaganda comercial ofreciéndoles gratuitamente servicios de todo tipo, en especial entretenimiento. Incluso ya hay estrellas del cine y la televisión que firman contratos de exclusividad para que “su página” esté en un portal y no en otro, de manera que la competencia entre portales, todavía bastante amistosa, puede llegar en el futuro a ponerse muy reñida.

Otro efecto que se está poniendo en contra de los cibernautas es la hiperabundancia de información. ¿Qué tan grave se volverá en el futuro cercano el “ruido informático”, todos esos datos redundantes, superfluos, apócrifos, mal copiados, falsos o engañosos que se interponen entre el usuario y su necesidad concreta? Hoy mismo es difícil encontrar cierta información que uno supondría sencilla y esencial. ¿Cuánto pasará hasta que vuelva a convenirnos más ir a la biblioteca del barrio o al archivo más cercano, en lugar de perder horas y horas revisando la Internet? ¿Logrará la tecnología resolver el problema que suponen millones y millones de personas agregando datos al “pool” global sin ton ni son?

También, como ya señalamos antes, el ingreso de enormes cantidades de nuevos navegantes es una variable de incierto valor. Para el comercio electrónico o la industria del espectáculo puede parecer una bendición que los 250 millones de hoy se hagan mil o dos mil quinientos millones, pero ¿cómo incidirá eso en las economías locales, en el negocio de enfrente? ¿Tendrán los comerciantes que estar todos en Internet? ¿Morirán las librerías y las pizzerías, sustituidas por servicios de “delivery”? Hay empresas que están ofreciendo acceso gratuito a la Red, las compañías telefónicas digieren ya la idea de dar a todos tarifa plana, y no pasará mucho hasta que a uno le endosen la Internet como lo han hecho los Bancos con las tarjetas de crédito. Mil o dos mil millones de cibernautas podrían ser “demasiado mucho”, no en el sentido técnico, ya que la red puede crecer indefinidamente y multiplicar su velocidad de acceso muchas veces todavía antes de llegar a un límite tecnológico, si es que hay alguno, pero sí en el sentido de “comunidad virtual”. Como ya dijimos, mucha gente ocupada en cosas importantes, y mucha más sin nada que hacer, pueden ser el principio del caos. Pero tal vez el primer daño no sea ése, sino que al volverse la Internet una herramienta verdaderamente popular y hasta imprescindible en la vida de las personas, es posible que los grandes grupos económicos absorban y concentren todas las expresiones informativas, económicas, culturales, artísticas y expresivas en un puñado de fuentes, tal como los “canales” lo hacen en la televisión y las “emisoras” en la radio, y de hecho reduzcan a todo lo que los particulares hagan a mucho menos que intrascendentes graffitis.

Por ahora no parece ser ni bueno ni malo que las empresas pongan su pie en la Internet, ni que abunde la información, ni que se sumen a la red cada día más personas. Pero quizás exista una ley que desconocemos, una ley tan estricta como las de la Física, que determine que una estructura semejante no puede sobrevivir siendo indefinidamente anárquica ni crecer por siempre sin control, una ley que implique la presencia de alguien que ponga coto al ruido, al abuso y al sabotaje, alguien que se convierta en “la autoridad”. Y si ese día llega, habrá que ver cuál es el precio que la humanidad tiene que pagar por el orden y la estabilidad de un sistema que ya estará instalado en todos los hogares y del cual nos habremos vuelto mucho más dependientes que de cualquier otro medio de comunicación conocido.

Tal vez sea una ingenua expresión de deseos, pero es posible que todavía podamos conservar la Internet como medio libre, democrático y universal de expresión y comunicación si encaramos un esfuerzo educativo de magnitud, tal que las nuevas generaciones crezcan en el respeto del espacio común y en el autocontrol. Tal vez no sólo sea necesario utilizar la Internet para educar, sino que además haya que educar para la Internet. Pero más allá de inculcar reglas de urbanidad y respeto para el ciberespacio, sigue siendo más razonable brindar en las todas escuelas una educación seria, profunda, sensible y sistemática que ponga en la mente de los hombres y mujeres del futuro un concepto más elevado de cultura y entretenimiento, y una visión más racional del consumo, para que entonces la Internet mejore cualitativamente porque la sociedad ha mejorado. Si la Internet refleja a la sociedad, y ese reflejo no nos gusta, no es cambiando el espejo que mejoraremos la imagen, sino cambiando nosotros mismos.

Closed