El Sentido de la Alfabetización Tecnológica

Por Hugo M. Castellano © 23 enero, 2000

El latiguillo sale de la boca del político con la rapidez de una serpiente atacando entre la hierba, y se nos antoja igualmente preciso y mortal: “los que egresen del sistema educativo de hoy sin la preparación adecuada, serán analfabetos tecnológicos en el mundo del futuro”. Quienes inspiraron esta frase acuñaron una variante todavía más ponzoñosa, que nos pone de frente con el verdadero sentido oculto de la afirmación al sustituir “analfabetos” por indigentes. Los pobres del futuro lo serán de conocimiento tecnológico; no de dinero, ni de bienes, ni de cultura, sino de aquello que habrá de permitirles -o no- acceder a todas esas cosas. Y cuando un político dice esto, los maestros y los profesores tiemblan ante el dedo acusador que los señala como directos responsables de todos los males futuros, si no cumplen con su deber.

Cada vez que un funcionario educativo -no importa su rango o especialidad- hace su aparición en los medios para difundir algún proyecto relacionado con la tecnología, y muy especialmente con la Informática, recurre al axioma para justificarse. Pareciera ser que pensar en el futuro de los alumnos en estos términos es un acto de incalculable generosidad, que no sólo pinta al dicente como una persona sensible y preocupada, sino además como un visionario agudo, un analista profundo de la realidad moderna y un tipo verdaderamente aggiornado.

Pero no hay nada de eso. Lo que esos funcionarios están haciendo día tras día es recitar como loros una letanía que inventaron quienes inventaron el negocio antes que ellos. Son sumisos repetidores de lo que se conoce como “la tecnocracia neoliberal”, formados en talleres y seminarios de “marketing educativo”, “gestión empresaria y calidad total” o “management escolar”, y se salen con la suya nada más que porque sus interlocutores no se han desayunado todavía con “the big picture”, como suelen llamar los norteamericanos al panorama total de nuestro tiempo.

En el siglo pasado, hubo un tiempo en el que se fantaseaba con la idea de que ninguna señorita podía sobrevivir en el mundo del trabajo sin saber taqui-dactilografía. El arte de tomar apuntes a la velocidad del rayo y de escribir a máquina con igual celeridad era considerado el pasaporte inmediato hacia un buen empleo, visión fomentada con especial ahínco por aquellos que dirigían academias e institutos donde la habilidad era enseñada por una cuota mensual. La sabiduría popular, que siempre sabe más de estas cosas, sostenía, en cambio, que un buen par de piernas era un conveniente sustituto a la hora de postularse al título de “secretaria perfecta”. Pero, como con las piernas se nace, las academias donde se enseñaba a escribir a máquina ganaron en aquella época mucho más dinero que los gimnasios.

En los años cuarenta y cincuenta no había empresa sin máquinas de sumar y de escribir; en el futuro no las habrá sin computadoras. ¿Es diferente la situación ahora?

Indudablemente. Hace medio siglo la cantidad de tareas que un humano podía asumir para paliar el hambre o para trepar hasta la “clase media” era mucho mayor que hoy. Con poco podía llegarse lejos; con mucho, podía alcanzarse casi cualquier meta. Hoy, en cambio, la brecha entre lo que es considerado aceptable en términos de riqueza o éxito y aquello que es visto como un fracaso existencial es comparativamente enorme: la vida bucólica de un campesino es equiparada con la pobreza más abyecta si no adorna su techo con una antena satelital y si no se desplaza por los sembradíos a bordo de un poderoso vehículo de doble tracción; el oficinista de antaño, que discutía a Bergman en la sobremesa, hoy es un ser despreciable si se lo pone a la par de los entrepreneurs de las punto com, cuyo dominio de la macroeconomía y destreza financiera son menos filosóficos que el cine sueco pero tanto o más herméticos; la maestra, otrora referente social, respetada y amada con reverencia, hoy es un obstáculo para la “modernización” y su oficio es reaccionario a la luz de la nueva concepción educativa, donde priman conceptos como eficiencia, productividad y calidad, y -por ende- pasa por el mundo con la autoestima en reversa.

Más cosas han cambiado. Por ejemplo, la cantidad de bienes que hacen “a la felicidad” ha crecido geométricamente. Ya dijimos que el número de oficios elegibles como potenciales caminos hacia el éxito ha disminuido en proporción, pero -para colmo- hay muchos más humanos que antes; sobra gente, y la tecnología se empeña en reducir drásticamente la necesidad de mano de obra. Ergo, cada vez somos más aspirando a ocupar posiciones más y más escasas. Cada año nos cuesta más, en términos de tiempo y dinero, poseer todo lo que necesitamos poseer para ser considerados exitosos. No basta ya con el refrigerador, el lavarropas y la televisión de hace cincuenta años; no alcanza con un auto en la cochera, ni con leer un libro, plantar un árbol y tener un hijo.

Ante semejante panorama, es de una simpleza sospechosa de malintencionada decir que un analfabeto tecnológico será un fracasado a corto plazo. Por supuesto que lo será , tanto como un mudo o un ciego viven en radical desventaja frente a las personas que gozan de sus cinco sentidos; pero la inversa, poseer algún dominio de la tecnología, de ningún modo garantiza el éxito ni asegura el futuro de nadie a no ser que cuente además con otros ingredientes que los tecnócratas y los políticos evitan deliberadamente mencionar.

El primero de estos ingredientes es la inteligencia, una mente despierta y creativa. Cuando en 1876 se inventó el teléfono, se abrió el camino hacia la creación de innumerables puestos de trabajo directamente relacionados con la nueva tecnología. Al convertirse en producto de uso masivo, hicieron falta ingenieros, técnicos y especialistas, y en número mucho mayor… telefonistas. Los unos y los otros, desde una óptica similar a la que utilizan los políticos de hoy frente a la Informática, eran diestros en la tecnología, pero -sin duda- esa destreza tenía sus matices. La diferencia estribaba nada más ni nada menos que en la profundidad del conocimiento y en la capacidad intelectual con que cada una de las partes asumía su relación con la telefonía. Vista con la estrechez del ojo político contemporáneo, la telefonista no era una indigente tecnológica; a la distancia, está claro que su proyecto de vida difería notablemente del de un ingeniero, porque la condicionaba otra indigencia -intelectual y formativa- que le marcaba con nitidez su lugar en la escala social.

Existe, por lo tanto, una clara concomitancia entre la educación de la inteligencia y las posibilidades de éxito social y económico, y es evidente que los que la han recibido llegan más lejos aún partiendo de una idéntica formación tecnológica “de base”, tal como la que puede brindar la escuela elemental. Podría incluso hipotetizarse que la alfabetización tecnológica no es determinante de nada, porque en ausencia de habilidades mentales de relevancia no sirve para mucho y, en su presencia, es sencillo adquirirla en el momento en que se la necesita.

El segundo elemento es el de las oportunidades. Una persona formada con razonable amplitud no es automáticamente independiente de las condiciones socio-económicas de su entorno a la hora de conseguir empleo. Puede que no tenga los contactos adecuados, la personalidad que se busca (o que es vista como necesaria), el color de la piel o el origen social óptimos. Supo decir una Ministro de Educación argentina, “la educación no garantiza el empleo, pero su ausencia sí garantiza que no habrá de conseguírselo”. Parafraseándola, “la alfabetización tecnológica sólo asegura el éxito en tanto se posean muchas otras habilidades -asociadas o no con ella- y siempre y cuando se disponga de las oportunidades adecuadas”.

Y el tercer ingrediente es tan simple que da miedo, pero no caben dudas de que es lo que da verdadero sabor a la receta: es el trabajo mismo. Porque aunque los políticos y los funcionarios del ministerio de Educación lo ignoren, o prentendan ignorarlo, o no quieran saberlo, si no hay trabajo de nada sirven todas las demás disquisiciones.

Aducen algunos que es justamente por la escasez de empleos que se hace importante la capacitación. ¡Claro!, esa debe ser la razón por la cual los supermercados exigen título secundario a sus cajeros y repartidores. Pero no es así. Lo hacen porque, de este modo, filtran un treinta o cuarenta por ciento de postulantes sin el gasto de una entrevista. Cuando la educación secundaria sea universal, entonces exigirán un título terciario, y cuando ésta llegue al noventa por ciento de la población, pedirán un doctorado en Harvard para los “repositores”. Curioso es que los más acérrimos defensores de las leyes del mercado no conozcan este asunto de “la oferta y la demanda”.

La capacitación es valiosa per se cuando hay abundancia de empleo. Cuando no, es un factor importante pero no decisivo, porque el potencial empleador puede darse el lujo de ser caprichosamente selectivo. ¿Está capacitado? Bien, pero… ¿tiene menos de treinta y cinco, es soltero y sin parientes a su cargo, posee vehículo propio, tiene más de veinte años de experiencia en el puesto, está dispuesto a trasladarse a la sucursal de Usuahia, aceptaría trabajar sin sueldo y por comisión, cobraría la mitad de su salario “en negro”?

La estructura socio-económica de nuestros países es una doble pirámide. En una, grandes masas debajo, disminuyendo hacia arriba el número de los que ocupan posiciones más favorables. En la otra, el grueso del beneficio va para muy pocos, y los millones que forman la base de la primera pirámide se reparten apenas unos mendrugos. En el vértice de una está, por ejemplo, Bill Gates con sus setenta u ochenta mil millones de dólares. En la base, ochocientos millones de humanos que viven con un dólar por mes (lo peor del caso es que los lados mayores de ambos triángulos distan mucho de ser rectos, y su concavidad creciente agrega dramatismo al ejemplo).

¿Existe alguna relación que pueda inferirse respecto de la capacitación tecnológica en esta esquemática visión de la realidad? Sin duda la hay en una franja intermedia, donde puede darse una movilidad hacia arriba o hacia abajo dependiendo de la formación de las personas; pero en los extremos, nada de ésto tiene sentido, porque allí es donde entran a tallar con inusual potencia los otros ingredientes de que hablábamos antes: las oportunidades y la disponibilidad misma del trabajo. No se encuentran muchos puestos de “dueño del mundo” en Wall Street, y no hay dinero para repartirse cuando uno ha nacido en Zaire, en una favela de Rio de Janeiro o en una “villa miseria” de Buenos Aires.

Más aún, está claro que cuando hablamos de capacitar tecnológicamente no nos referimos a la misma cosa según se trate de individuos posicionados en diferentes puntos a lo largo de la altura de la pirámide. A unos, la tecnología que les resulta vital no tiene nada que ver con las computadoras; un mago de las finanzas puede pagar empleados que las operen por él, mientras que los muy pobres no tienen uso para dichas máquinas, a menos que se trate de revenderlas. El discurso de la alfabetización tecnológica, entonces, está estrechamente ligado a una franja social con condiciones especiales de educación, inteligencia y oportunidades, y que -curiosamente- es la más afectada por el desempleo que aflige a las economías en desarrollo. Justamente eso es lo que revela una reciente encuesta: que la desocupación afecta con más fuerza a las personas… ¡cuanto más capacitadas están! Aparentemente, es más fácil conseguir un buen trabajo si uno no ha completado la secundaria, y muy difícil si uno es un egresado de ese nivel o del terciario.

No puede cerrarse ningún análisis sin considerar otro aspecto crucial: la propia tecnología, que en su avance descontrolado es una causa primordial de la reducción de los puestos de trabajo. Donde antes hacían falta seis o siete mil hombres para producir automóviles, hoy basta y sobra con un robot industrial y un puñado de operarios. Las cosechas son levantadas por un par de buenos granjeros motorizados. Las telefonistas de la foto hoy son reemplazadas por un contestador automático que atiende miles de llamadas por segundo. Tal vez esto sea bueno, porque libera a las personas de tareas pesadas y rutinarias, alejándolas de aquella visión del hombre-como-engranaje que mostraba Chaplin en “Tiempos Modernos”. Pero… ¿en qué se puede trabajar ahora que la producción está mecanizada o en vías de serlo?

Los exégetas de la tecnocracia nos dicen que hay amplio espacio en el rubro de los “servicios”, tanto como para acomodar a toda la humanidad en empleos satisfactorios y bien remunerados. Sólo hace falta, nos recomiendan, alfabetizarlos tecnológicamente.

La solución sería sensata de no mediar dos factores. Primero, que los puestos de trabajo donde la tecnología (informática) es requerida son deseables porque hay pocos aspirantes y todavía es baja la competencia. Si una mayoría de la población estuviese ya en condiciones de ocupar esos empleos, es seguro que los contratistas subirían automáticamente los requisitos de admisión, tal como comentábamos de los supermercados.

Y el segundo factor -terrorífico y nada despreciable-, es que, en tanto alfabetizamos a la población, la tecnología sigue avanzando a un ritmo tal que nos deja atrás casi por definición. Más aún, siguiendo las propias reglas tecnocráticas de que “todo lo que puede hacerse debe ser hecho”, no sería nada raro que en cualquier momento salgan de los laboratorios técnicas o artefactos que barran de un plumazo con millones de puestos de trabajo, mucho antes de que los potenciales empleados acaben de capacitarse en la tecnología anterior.

¿Es ésta una visión apocalíptica del futuro inmediato? No. Es una descripción apocalíptica del presente, porque el espejismo de unas pocas economías dominantes -que viven bien gracias a siglos de extraer la riqueza del resto del mundo- no puede ocultar la injusticia en la que se debaten los países menos afortunados, ni nos da pie a pensar que la misma solución es aplicable en forma universal: no habría economías dominantes si no hay dominados, del mismo modo que no hay imperios sin colonias.

Lo terrible del caso es que se atan estos gravísimos problemas sociales y económicos a la Educación, haciéndola aparecer como responsable de los males de la gente. Es cierto que una persona bien formada tiene mejores oportunidades, que ha desarrollado su inteligencia y que puede acceder a mejores condiciones de vida. Pero que “pueda” no significa que lo logre. La realidad es que un maestro que alfabetice tecnológicamente a treinta niños de clase media puede estar seguro de que veinticinco de ellos verán frustradas sus expectativas en un mediano plazo. Tal vez no mueran de hambre, en razón de su cuna semi-afortunada y de su plasticidad para adaptarse a situaciones precarias, pero -sin duda- ese maestro estará creando en ellos una ilusión que luego la realidad se encargará de poner en su sitio.

¿Es mejor, entonces, no insistir con esto de la educación? Seguramente que no. Como decía aquella Ministro, eso sería ponerle el sello de “definitiva” a su frustración. Pero como educadores y ciudadanos no debemos tragarnos la ingenuidad de los políticos y digerir alegremente que todo pasa por nuestra responsabilidad de docentes. Hagamos nuestro trabajo con profesionalismo, transmitiendo todo el conocimiento que pueda transmitirse, ampliando la cultura, la inteligencia y el horizonte de nuestros alumnos, socializándolos para una existencia útil para sí mismos y para los demás, inculcándoles los mejores hábitos y dándoles las más finas destrezas, pero seamos conscientes de que nuestra labor sólo cambiará al mundo si damos origen a una generación que rechace como a la peste la injusticia social, la ambición desmedida de poder y riqueza, el egoísmo y la insensibilidad.

Estos valores, que nada tienen que ver con la tecnología, son sin embargo los que le pueden dar el sentido que hoy le falta y los que obligarán a la clase política a asumir su parte en el proyecto humano, asegurando que la semilla de la educación no está destinada a caer en un desierto.

Como siempre, las verdaderas soluciones son las que eliminan las causas, no las que atacan los efectos. Educar tecnológicamente para sobrevivir en un mundo de competitividad feroz, de modo que unos pocos puedan darse por satisfechos mientras que el resto agoniza, no es una buena excusa para educar. Eliminar la injusticia, crear un orden social más benévolo, garantizar la igualdad de oportunidades para todos y, luego, educar para enaltecer y ennoblecer al Hombre; eso sí vale la pena.

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