¿Escuela pública de calidad?

Por Hugo M. Castellano © 5 febrero, 2000

Pienso que la batalla que los maestros tenemos perdida hasta el momento es, en primer lugar, la batalla ideológica. Los tecnócratas han logrado convencer a la población y, lo que es peor, a nosotros mismos de que una escuela pública de calidad es una contradicción en los términos, un imposible metafísico, una quimera de ilusionistas.

Y, ¿cómo han logrado semejante envenenamiento ideológico? Me parece que en esto hay tres pasos históricamente ensamblados en los últimos cincuenta años. Lo primero fue imponer un modelo de escuela que no es un fin en sí mismo sino un simple instrumento, un medio para llegar a un fin que está fuera de ella, como lo es el cacareado “desarrollo”. Expandieron y desarrollaron un sistema escolar, no porque la educación fuera un derecho fundamental de todo niño sino porque “el desarrollo” requiere “recursos humanos” debidamente capacitados (es decir, entrenados y subordinados a la racionalidad del capital). Después, se encargaron de refundir la noción de lo público en la más estrecha y unidimensional idea de “lo estatal”, entendido esto como aquellas empresas financiadas, dirigidas y administradas por los agentes del gobierno de turno, bajo los intereses centrales y homogéneos de dichos gobiernos. Y por último, han suplantado absolutamente el concepto de calidad con el mezquino concepto de “rentabilidad” de manera que cualquier emprendimiento humano sólo será justificable si produce resultados concretos al más bajo costo posible; y “resultados concretos” son únicamente los que se producen a un plazo no mayor a tres meses (como las utilidades de las bolsas de valores).

Es natural que quienes han sido avasallados por esa enajenación ideológica ya no puedan esperar nada bueno de la escuela pública porque, en la medida en que la izquierda revolucionaria ha sido derrotada en todo el planeta y el consumismo capitalista se ha implantado sin oposición alguna en todos los rincones del planeta (que es lo que ellos llaman “globalización”), esa institución ha caducado como instrumento de control y sometimiento de la población y, por tanto, ha perdido su justificación económico-política. Entonces, su supervivencia no puede ser más que un gasto ineficiente que debe ser liquidado mediante el mecanismo infalible del mercado; entregar la misión educativa a empresarios que se sometan incondicionalmente al juicio del mercado de manera que el gasto se racionalice y la calidad se controle mediante el inapelable mecanismo de las utilidades líquidas trimestrales para los empresarios idóneos.

Arduo es, pues, el camino que debemos recorrer los maestros consecuentemente comprometidos con la pedagogía y con la causa popular. Para nosotros, la escuela no es un instrumento de control sino un derecho universal e inaplazable de la niñez. Y si es un derecho universal, es una obligación ineludible de la sociedad en su conjunto; obligación sin contraprestación, sin rédito. No se le brinda una escuela a los niños *para* que aprendan sino *porque* son niños. El aprendizaje es el contenido natural de la infancia y, por tal razón, la escuela se construye con aprendizajes; pero es absurdo y alienante someter a los niños a la férula de los aprendizajes para que los inversionistas consideren razonablemente retribuida su inversión. Asímismo, la escuela es pública no porque sea financiada por el Estado sino que es y debe ser financiada por el Estado porque es pública. La escuela es pública porque materializa un derecho fundamental y universal de la población; porque se consagra al servicio de los intereses de la sociedad y no al servicio de la utilidad particular del capital. En fin, la calidad de la escuela pública no tiene nada que ver con la reducción de sus costos sino con el enriquecimiento continuo de los procesos de enseñanza que imparte. No se trata, pues, de rebajar el costo sino de cualificar el gasto, es decir, de gastar más en los vectores directos de la enseñanza y menos en los factores asociados.

Todos estos asuntos son, por lo visto, bastante abstractos. Hay que traducirlos a consignas y aspiraciones bien concretas que nos permitan a los maestros asumir la responsabilidad de encabezar, alentar y conducir un vigoroso movimiento popular hacia la conquista de una escuela pública de calidad. Hay que definir en pocas palabras, pero palabras cargadas de fuerza y de esperanza popular, qué es lo que entendemos por *escuela pública de calidad* para enfrentar y derrotar de verdad el avasallamiento ideológico de que la única escuela de calidad es la que se rige por los parámetros “autogestionarios” de la empresa capitalista.

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