Al Borde del Milenio

Por Hugo M. Castellano © 22 octubre, 1999

Uno tiende siempre a creer que sus vivencias son únicas y exclusivas, pero casi no se corren riesgos de subjetividad al decir que pocos años han sido tan anticipados como el inminente 2000. Y, en cualquier caso, estas cuestiones del milenarismo, con sus agoreras predicciones y sus infladas expectativas, sólo se dan -como es natural- cada mil años, y por ende son pocas las generaciones que las han sufrido y pocas las que habrán de padecerlas en el futuro.

El asunto es que el 2000 está a las puertas y golpeando. Es previsible que su llegada produzca sacudones en la conciencia humana, y también que en pocos días más constatemos que poco y nada cambia por un mero artilugio del almanaque. Si la Historia sigue su curso como hasta ahora, harán falta varias décadas para que el nuevo milenio adquiera una vis propia, o tal vez varios siglos…

Pero una cosa es cierta, nunca antes ha estado la humanidad en posesión de herramientas capaces de producir los cambios más radicales que puedan imaginarse como ahora. Y jamás existió una percepción tan unánime y definida sobre la amenaza del porvenir como la que existe hoy en día. Vivimos en una nebulosa finisecular casi ignorando el presente, con un afán malsano por anticiparnos al tiempo y por tratar de saborear algo de lo que vendrá… antes de que llegue. El problema es, ¿será agradable al paladar lo que el futuro nos depara? Para los sociólogos, los antropólogos y todos los estudiosos de los fenómenos humanos y sociales tal vez sí, por un simple interés académico. Para quienes tengan que vivir bajo las nuevas condiciones que se anticipan, la cosa puede que no sea tan interesante.

Uno de los primeros hitos científicos del próximo milenio será, sin duda, la concreción del Proyecto Genoma Humano, que registrará el código genético humano completo y abrirá las puertas a una tecnología que habrá de enfrentarnos con las más graves cuestiones morales, y aún de supervivencia de la especie como tal. Si ya podemos clonar animales y fabricar bacterias que defecan polietileno, en una o dos décadas podremos jugar a ser Dios y producir Evas y Adanes con la forma y propiedades que se nos antoje. Es cierto que, además, podremos alargarnos la vida, eliminar virtualmente todas las enfermedades y aliviar indecibles sufrimientos; el potencial benéfico de semejante técnica es inmenso, pero… ¿se lo aplicará a los humanos tal como hoy los conocemos, o acaso en el proceso también elijamos alterar nuestra morfología, nuestra inteligencia y hasta nuestras emociones? Con la Ingeniería Genética a pleno, el ser humano estará en posición de crear nuevas especies, similares o no a sí mismo; tal vez esos curiosos extraterrestres que vemos en las películas de ciencia ficción nunca lleguen del espacio, sino de los laboratorios que nuestra propia raza habrá de construir en poco tiempo más.

En paralelo, la tecnología digital alcanzará -con toda seguridad- la tan perseguida meta de generar inteligencia artificial, lo cual nos pondrá ante otra especiación: seres pensantes, hechos tal vez de silicio (¿una nueva Química Orgánica?), poblarán primero los escaparates de las curiosidades, y luego las fábricas, las oficinas, y por último las calles. Nuestras “computadoras” tendrán entonces nombre y apellido, y ¿quién sabe quién mandará a quién?

Éstos no son sueños anticipatorios como los que se tejieron alrededor el próximo año 2000, producto de la imaginación sin fundamento y de aventureras prospecciones hechas por futurólogos aficionados. Éstos son proyectos concretos que ya se están investigando en muchos centros científicos del mundo, y para concretarlos disponemos de mucho más que teorías.

Pero, ¿por qué ocuparme de estas cosas cuando aún no han sucedido? ¿Acaso no estaré cayendo en esa malsana anticipación que criticaba recién, alejándome inútilmente del presente, que es el único tiempo cierto y real? No, nada de eso. Y para explicarlo me permitiré una brevísima anécdota personal, que de seguro muchos otros padres habrán vivido como yo. Hace poco mi hija menor me preguntó qué haría de tener un millón de dólares. “Viajar”, dije, “comprarme una casa, y ahorrar para el futuro”. “Yo, en cambio,” sentenció ella, “me compraría todo”.

Más allá de la desazón que el fervoroso consumismo de mi hija pudo haberme producido, entendí entonces que lo suyo era un caso de infantilismo agudo. Y eso es exactamente lo que le pasa a tanta gente frente la Tecnología. Son como niños ante una vidriera, porque, ¡qué difícil es elegir cuando hay tanto a nuestra disposición! Entonces, la solución más directa, la más sencilla, es tomarlo todo, lo cual nos evita de un golpe cualquier cuestionamiento, cualquier reflexión, cualquier pesada elucubración intelectual.

Nótese que, incidentalmente, la posición opuesta también transpira características infantiles, esto es, no tomar nada cuando hacerlo implica un esfuerzo mental o físico de magnitud. Ésto es lo que le sucede a la mayoría de los niños delante de una biblioteca: ¡tánto para aprender… mejor no empezar siquiera! Mejor sentarse a mirar pasivamente la televisión; mejor es que los demás nos den antes que tener que construir algo nosotros mismos; mejor es recibir sin esfuerzo que dar con sacrificio. Y si no obtenemos nada, ¿qué importa? Tampoco nos ha costado.

El explosivo desarrollo de la tecnología moderna durante el siglo XX nos lanzó a una nueva etapa de la evolución cultural. Mal que le pese a nuestro orgullo aún estamos en sus albores, y por lo tanto no nos encontramos intelectualmente preparados para comprenderla, para controlarla y para dirigirla. Somos niños viviendo nuestra infancia tecnológica. Y sentimos como niños. Vamos detrás de las lucecitas, los colores y esa falsa sensación de poder que inspira el poseer objetos materiales. Queremos tener, tocar, usar y romper a gusto todo lo que se nos ponga frente a los ojos, y decirle al vecinito: “el mío es más lindo que el tuyo”. Siempre elegimos la vidriera, donde las cosas se obtienen a cambio de simple efectivo, y huímos de la biblioteca, donde hace falta mucho más que dinero para apropiarse de algo útil. Y, tal como les sucede a los niños, lo que invariablemente convoca nuestro interés son las baratijas, en tanto tengan tonalidades “fluo”, sabor a frambuesa artificial o una buena proporción de refulgente cromado.

Niños. ¿De qué otro modo se puede definir a los tecnófilos que con una computadora capaz de guiar una nave a Marte y regresarla se dedican a la estulticia del “chateo” cinco horas al día? ¿Cómo llamar, si no, a los tecnócratas que insisten en transformar en objetos de consumo masivo a cualquier producto industrial, incluídos los desechos y los desperdicios? ¿Qué otra calificación merecen aquellos que disfrutan tirando a la basura artefactos que con dos centavos de prevención y un mejor diseño podrían haber durado una o dos décadas más, pero que para satisfacer las infantiles ansias de renovarlo todo dos veces al año han sido construídos con los peores materiales y una mano de obra displicente? ¿Qué decir, en fin, de los que llevan a la práctica cualquier tecnología experimental, por arriesgada que sea, sin pensar en consecuencias? Y no es que tenga nada contra los niños, ¡qué va! Hace falta una mente prístina, desprejuiciada y poderosamente creativa para concebir los mil y un ingenios que tanto placer nos brindan y por los cuales hemos hecho de nuestras vidas una carrera enloquecida por tenerlos a todos. Mírenlo a Edison, si no, divirtiéndose a sus anchas en Menlo Park con cientos de juguetes que todavía hoy nos hacen la existencia sencilla y confortable. Los hermanos Lumiere eran infantes explorando lo inconcebible: que las fotos se movieran. Baird era otra criatura, soñando con enviar el cine de los Lumiere por el éter. Y también Oppenheimer era un niño como ellos, desesperado por fisionar el átomo… hasta que Hiroshima le explotó en la cara haciéndolo madurar de golpe para pronunciar aquella lapidaria y terrible frase: “los científicos, en un sentido profundo, hemos conocido el pecado”.

Porque vivimos en una infancia tecnológica, porque los niños abundan, y porque nuestros juguetes son a veces demasiado peligrosos, es que a los educadores nos toca un rol de vital importancia (nunca más apropiado el adjetivo), para formar una generación que lleve a la humanidad a una etapa superior en su relación con la tecnología.

Es que la infancia sabe ser creativa, ilusionada e inocente, pero la madurez es reflexión, es control, es abstinencia. Y adrede evito hablar de “adultez”, porque ésta se consigue apenas con el transcurrir del tiempo. La maduración intelectual, en cambio, si bien tiene mucho de proceso interno, se da en general cuando el medio es propicio y los estímulos son fuertes; medio y estímulos que únicamente puede garantizar una educación enérgica, sistemática y universal tal como la que puede entregar la escuela pública. No es casual, entonces, que los capitostes de la tecnocracia ataquen con tanta vehemencia a la institución escolar democrática, y que pugnen por atomizar la educación convirtiéndola en un minifundio anarquizado: ése es su pasaporte hacia un mundo donde imperen la relatividad moral, el nihilismo, la individualidad hedonista, el egocentrismo, y un feroz apego a lo superficial (todos ellos rasgos netos de la puerilidad), porque en una sociedad de niños la venta está asegurada, mientras que allí donde reina la madurez las chances de medrar sin impedimentos se minimizan.

La Genética y la Inteligencia Artificial son dos casos paradigmáticos de tecnologías que demandan una altísima dosis de madurez para que su manejo no nos resulte traumático ni dañino. Pero no son los únicos. Por debajo de ellos, una miríada de objetos y técnicas aguardan manos sensatas que los pongan realmente al servicio del bien común y la felicidad humana. Esas son las manos que los maestros debemos entrenar, y esa sensatez es la que debemos modelar en los niños de hoy, en la forja de un sistema educativo racional y ecuménico, que garantice no sólo el acceso a la cultura o al trabajo, sino que además, y por sobre todo, eleve a las personas a las formas más nobles del pensamiento y les infunda los más sólidos valores éticos.

Al borde del milenio la única esperanza para esta humanidad puerilizada es la Educación, y por lo tanto es condición indispensable que la propia escuela asuma su responsabilidad, se sacuda el propio infantilismo que la ha hecho perseguir quimeras pedagógicas por demasiados años (porque va de suyo que no ha sido una isla durante todo este tiempo), y se ponga a edificar de una buena vez el tan vapuleado “mundo mejor” que promete a sus alumnos en cada nuevo ciclo lectivo. Para que la raza humana madure hace falta que la escuela y los educadores lo hagan primero. Si ésto no sucede pronto, si preferimos continuar nuestros devaneos con la liviandad y el facilismo, la madurez nos alcanzará cuando ya sea tarde y entonces, tal como Oppenheimer, los maestros habremos conocido el pecado.

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