Ícaro

Por Hugo M. Castellano © 4 abril, 2000

Conocida es la mítica historia de Icaro, el irreflexivo joven que, munido de unas alas de confección casera, escapó de un no menos mítico laberinto volando en la única dirección posible -hacia arriba- y, tentado por la altura se acercó tanto al Sol que terminó derritiendo la cera que aglutinaba sus plumas, con el consiguiente desplome. Conocida es, y no vale la pena adornarla más de lo necesario.

Pero no en vano los mitos son tan persistentes -los buenos, por supuesto-. Tienen esa cualidad maravillosa de servir para toda ocasión, como los trajes azules y los amigos fieles. El de Icaro, en particular, ha sido transitado por infinidad de opinadores, y no seré yo una excepción aquí y ahora.

Ocurre que cada vez que pienso en la Internet pienso en Icaro. Es tan clara para mí la analogía y tan evidente la relación entre la una y el otro que temo caer en el simplismo o en la inocentada. Sin embargo, no todo el mundo parece darse cuenta de que el vuelo ambicioso de la “red de redes” pueda tener un destino tan similar al del infortunado cretense, aunque al menos sí es evidente para la mayoría que ese vuelo tiene un origen idéntico al de Icaro: la persecución de la libertad. Por supuesto, no me refiero aquí a los comienzos estratégico-militares de la Internet o a los primeros escarceos científico-industriales que dieron nacimiento a la Red, sino a la etapa siguiente, cuando fue tomada por asalto por profesores, alumnos e intelectuales y se erigió en bastión del libre-pensar y la anarquía.

Los internautas de esos tiempos aún disfrutan recordando los tropiezos y contratiempos de todos y cada uno de los políticos o poderosos que intentaron ponerle coto a la Internet en diversas y sonadas oportunidades. Era la etapa de los “blue ribbons” en cada página web, anunciado que su propietario adhería a la libre expresión más absoluta. Era el tiempo de las pantallas negras, enlutadas ante la sola amenaza de censura. Eran los años en que se respondía al “spam” con una queja indignada… y se lo detenía de inmediato.

Hoy, en cambio, asistimos a una Internet prostituida por interés y contaminada por la propaganda; ya no libre, sino libertina; nunca más anarquista, sino caótica y desquiciada. Pero tal vez mucho peor que todo eso, una Internet que hace rato ha dejado de merecer el calificativo de “democrática” para convertirse en el mejor ejemplo de cuán abusiva puede llegar a ser la plutocracia cuando se lo propone.

No sólo se trata de la cantidad de dinero que se invierte en ella para hacer negocios, sino más bien del modo en que esos negocios se organizan, procurando por todos los medios “atrapar” al navegante y evitar que haga justamente lo que la Internet mejor permite: viajar libre adonde sopla el viento. La feroz “guerra de portales” que se está llevando adelante no sólo en la propia Red sino en todos los medios de comunicación masiva es un ejemplo clarísimo de la bastardización que los megaintereses económicos han producido en un espacio que en una época no muy lejana alardeaba de tener un “espíritu” propio hecho de solidaridad, cooperación y universalismo. Esa guerra se libra hoy con armas claramente deshonestas, como por ejemplo adueñarse de nuestra computadora “personal” con programas incompatibles con los de la competencia, inducirnos a los “clientes” a pensar que sólo lo que el portal muestra es “lo que existe” y, en definitiva, a ofrecernos una selección que no está fundada en la calidad de la información o en la idoneidad del selector, y sí en la disposición de los proveedores de contenido para abonar regalías publicitarias.

Que esto lo hagan los privados, ya es bastante malo y distorsivo. Que lo hagan los gobiernos, las universidades y los medios es definitivamente catastrófico. Que aquellos que deben garantizar a los ciudadanos el acceso irrestricto a la información más veraz y objetiva que sea posible aten su oferta de “enlaces” y “recomendaciones” al pago de cánones y cuotas, eliminando de su listado a quienes no pueden o no quieren entrar en el circuito del marketing informativo es, lisa y llanamente, un atentado contra el derecho de las personas a informarse, tal como si un periódico sólo publicase avisos en lugar de noticias, para colmo haciéndolos pasar por éstas (*).

Seguramente la Internet está llena de oportunidades para hacer negocios honestos, como por ejemplo, vender productos y servicios. También habrá espacio en ella para la publicidad útil, qué duda cabe. Pero con la misma seguridad podemos afirmar que la actual tendencia, hacer de la información una mercancía, siendo tan tentadora como el Sol lo fue para Icaro conducirá a un desenlace similar. Si los medios de comunicación masiva, los gobiernos y las instituciones culturales insisten en convertirse en mercachifles y censores económicamente interesados de la información acabarán atentando contra el valor esencial de la Internet, que no es otro que el libre e irrestricto acceso de cualquier persona a los datos acumulados en ella. Una cosa es proponer (no imponer), una selección basada en criterios de calidad o ideología para facilitar la vida a los internautas y ahorrarles tiempo, y otra muy distinta es entregarse al mejor postor como inescrupulosa ramera.

La libertad responsable de los primeros tiempos ha dado paso al abuso total (hasta me siento tentado a pensar que a esto es a lo que conduce demasiada libertad cuando cae en manos de quienes no están preparados para administrarla). Si no está prohibido puede hacerse, parece ser la regla en la Internet. Y como nada hay prohibido en la Internet, todo se hace.

Estos problemas son de especial interés para los educadores, más aún cuando la sociedad -estimulada por todos los medios de comunicación- nos pide a gritos que formemos una generación de personas tan analíticas e inteligentes que se vuelvan impermeables a todo intento de confundirlos con la propaganda, convertirlos en consumidores irreflexivos o transformarlos en tolerantes víctimas de cualquier abuso. Lo curioso del caso es que quienes nos reclaman transmitir esta capacidad crítica y la habilidad de un siempre certero análisis a nuestros alumnos no se sienten ellos mismos obligados a aplicarlas, ni como espectadores de los medios y la Internet ni como productores de sus contenidos. No vuelan ellos, ni se arriesgan (no vaya a ser que pierdan tiempo o dinero en nimiedades), y hasta es creíble que luego cobren entrada para asistir a nuestra caída… ¿No será que alguien ha metido la cuchara en todo este asunto convenciendo a la sociedad entera de que la solución pasa por educar a las víctimas, dejando a los victimarios tranquilos para que hagan lo suyo? Porque es bueno iluminar a los confundidos, pero más certero aún es deshacerse de los confundidores.

Lo cierto es que todo lo que Icaro necesitaba para sobrevivir era un poco de sentido común, una dosis razonable de auto-control. Y que el auto-control sólo es posible a través del conocimiento, sustancia elemental de la labor educativa. Icaro, en definitiva, cayó por estar mal informado de las posibles consecuencias de sus actos. Pero si el joven griego hubiese vivido en nuestra época, tal vez la explicación de su ignorancia pudiera remitirse al hecho de que el dueño de esa información vital no había pagado el canon correspondiente a quienquiera que fuese que debía instruirlo.

Las nociones de una libertad que autoriza a esclavizar, de la inteligencia aplicada a volver imbéciles a los demás, o del dinero puesto al servicio del empobrecimiento material e intelectual del prójimo, son claramente suicidas en cualquier contexto socio-cultural. Más cerca de mi argumento de hoy, no es moral utilizar la Internet para limitar el acceso a la información, ni lo es la hipócrita postura de deseducar y desinformar con tanto ahínco mientras de la boca para afuera se clama por educación. Por más poder o ganancia que estas acciones ofrezcan en lo inmediato, su último destino no puede ser otro que la caída.

(*) Tómese esta frase con sentido irónico. De hecho, cada vez más los medios masivos de difusión son instrumento de algún interés privado -económico- alejándose de su función de “servicio público”.

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