La brecha digital

Por Hugo M. Castellano © 23 abril, 2000

En los años sesenta, época turbulenta como pocas, tuvo lugar un fenómeno social del que ya casi se ha perdido la memoria pero que, en su momento, tiñó con su influencia todas las protestas y demandas de cambio. Los americanos lo llamaron “the generation gap”, la brecha generacional.

Más abismo que brecha, en realidad, la expresión daba cuenta del antagonismo visceral que enfrentaba a padres e hijos, profesores y alumnos, adultos y jóvenes y, por extensión metafórica, a gobernantes y gobernados.

Cuando toda una generación, casi sin límites geográficos, hizo suyos los ideales de una profunda renovación espiritual y lanzó su grito de batalla pidiendo por un mundo más natural, solidario y pacífico (“¡no hagas la guerra, haz el amor!”), el puritanismo anglosajón y con él todas las culturas conservadoras temblaron ante lo que consideraban pura subversión.

De una manera u otra, la Historia se encargó de absorber el impacto y hoy la brecha generacional es una cosa del pasado, enterrada -para bien o para mal- bajo el polvo de tres largas y tumultuosas décadas. Podría decirse que -superficialmente- fue un empate; los adultos de hoy siguen siendo conservadores y poderosos, pero perdieron lo que antes era su bien más preciado, la juventud; los jóvenes de nuestro tiempo todavía no ostentan el poder político, pero gozan de privilegios y libertades impensadas en los sesenta y su juventud misma es tenida como el non plus ultra de la perfección humana. En lo demás, la injusticia social, la guerra, el consumismo y el daño ambiental siguen incólumes o han aumentado y, en ese sentido, ambas partes han perdido por igual.

Ahora, el siglo veintiuno nos enfrenta a una nueva y sorprendente brecha, anticipada a duras penas por algunos escritores de ciencia-ficción usualmente calificados de “apocalípticos”. Una brecha digital (“the digital divide”), separa a los que tienen acceso a las nuevas tecnologías informáticas de quienes no pueden o no saben cómo aprovecharlas.

Tan grave y evidente es el fenómeno, que el Departamento de Comercio de los EEUU llevó a cabo una profunda investigación durante la Administración Clinton para buscarle soluciones. Establecida como prioridad la informatización universal (de los norteamericanos, claro está), pronto salió a la luz la diferente velocidad con que avanzaban económica y culturalmente los dos sectores, y se constató enseguida que el espacio que separaba a los poseedores de la tecnología de los “nuevos desposeídos” aumentaba con rapidez.

En 1998, los hogares norteamericanos con un ingreso de 75.000 dólares anuales o más tenían veinte veces más chances de poseer acceso a la Internet que los rurales de bajos ingresos, y nueve veces más computadoras. Los blancos de cualquier condición estaban mejor informatizados que cualquier negro o hispano, aún siendo estos afluentes, y entre ese año y el anterior la diferencia entre blancos e hispanos o negros -en términos de tecnificación informática- aumentó un 5%, en tanto la diferencia entre personas con acceso a una buena educación y los menos educados se acrecentó un 25% y, entre los ricos y los pobres, un 29%, referidos al acceso a las nuevas tecnologías.

Según las conclusiones de esta investigación, el censo determinó que “en el lado positivo, es aparente que todos los norteamericanos están conectándose -sea por teléfono, computadora o la Internet- cada vez más, a medida que pasa el tiempo. Por otro lado, ciertos grupos están avanzando mucho más rápido que otros, de manera que los que ya tienen acceso se han favorecido aún más en 1998, mientras que los que no lo tienen se han quedado todavía más atrás en términos relativos”.

El problema de la brecha digital tiene un costado naturalmente tecnológico. Quienes ya disponen de recursos, aún primitivos o limitados, parten de un lugar privilegiado y pueden incrementar su aprovechamiento en progresión geométrica. Los que no los tienen están constreñidos por la falta de comunicación, el pobre acceso a la información y la necesidad de continuar haciendo sus tareas de un modo más ineficiente y, por ende, progresan a un ritmo que es cada vez menor, comparativamente hablando.

Pero, al mismo tiempo, el fenómeno de la brecha digital tiene su lado social y económico, porque está inmerso en la realidad de un mundo dominado por una ideología tecnocrática y economicista -el neoliberalismo- que favorece con todas y cada una de sus acciones la concentración del poder y la riqueza en unas pocas manos y la inexorable exclusión de enormes contingentes de humanos para quienes reserva -en el mejor de los casos- el rol de consumidores compulsivos de la escoria industrial. En breve resumen, la brecha digital no es sino un reflejo de otra división más importante que nace de la propia filosofía del sistema.

Deberíamos distinguir con precisión, llegados a este punto, qué es lo que realmente significa estar de uno u otro lado de la brecha digital.

Según el Centro Nacional de Estadísticas Educativas (NCES) de los Estados Unidos, se gradúan de la escuela secundaria por año algo menos de tres millones de jóvenes; en tanto el Bureau de Estadísticas laborales estima que, desde 1994 al 2005, los Estados Unidos de América estarán necesitando más de un millón de programadores de computadora, analistas de sistema y computadores científicos para cubrir un promedio de 95.000 nuevos empleos cada año. Pero está claro que, incluso cubriendo estos puestos, no será posible afirmar que para el 2005 un millón de norteamericanos estará de este lado de la brecha y veintinueve millones del otro. Si esto fuese lo que hace falta -lo único que hace falta-, bastaría con una buena campaña de reclutamiento y propaganda en las universidades para solucionar el problema.

La capacitación digital de la que se habla es claramente otra o, al menos, hay algo más que analistas de sistema y computadores científicos en la mente de quienes se ocupan de la brecha. Y esto podría ser el entrenamiento de mediano nivel necesario para operar computadoras en el medio ambiente laboral, tanto en lo profesional -arquitectos, abogados, médicos- como en la oficina, el comercio o la escuela, con lo que entonces tenemos, por un lado, personas digitalizadas “de verdad” (profesionales), y una masa mucho más grande de “usuarios competentes” en aplicaciones especializadas. ¿Se acaba aquí el mundo digital?

Nada de eso, porque justamente el grueso de la mentada demanda de personal calificado en tecnología -eso que se llama ahora la “nueva economía” y que alcanza en los países industrializados hasta un cuarto del total de nuevos empleos- apunta a la prestación de servicios que, utilizando herramientas informáticas, intentan involucrar en el circuito electrónico a todo el resto de la población económicamente activa.

Entonces “ser digital” -para usar la expresión acuñada por Negroponte- puede significar tanto diseñar páginas para un sitio web como volverse usuario del mismo; construir un sistema para el comercio electrónico o ser quien comercie a través suyo; administrar un banco informatizado o ser su cliente. Vemos así que se teje una intrincada red de interdependencias en la que la capacitación profesionalizada de un sector con el fin de volver a la tecnología productiva depende enteramente de que al mismo tiempo se capacite a sus consumidores. Nadie osaría fabricar televisores en el país de los ciegos y, por eso, los industriales modernos no tienen un pelo de tontos al exigir que las escuelas instruyan a la nueva generación en todo lo tecnológico, porque si hace falta un ingeniero cada treinta egresados secundarios y un usuario competente de aplicaciones específicas cada cuatro nuevos empleos, hay entre ellos un cien por ciento de potenciales consumidores de cualquier cosa que se enchufe.

Los dos lados de la brecha digital, por lo tanto, están poblados de la siguiente manera: en uno, los profesionales de la informática, los prestadores de servicios… y todos sus clientes. En el otro, sólo queda sitio para los inútiles, los desamparados, los eternamente marginados; esos que no valen la pena porque no tienen dinero para comprar o para consumir. A estos podría sumarse -sin que hagan diferencia- un pequeñísimo pero vociferante grupo de rebeldes antitecnológicos: los modernos “luditas”, también parias a su manera.

Desde la óptica de la escuela, esta situación nos enfrenta a un grave dilema moral. Sabemos cuál es la distribución de la riqueza y de las oportunidades en el mundo de hoy y, por lo tanto, sabemos también, con matemática certeza qué proporción de nuestros alumnos ocupará cada uno de los nichos que el sistema les tiene preparados. No podemos señalarlos con el dedo ni decir sus nombres, pero sí nos consta cuántos serán ricos o pobres, profesionales o improvisados, empleados o desempleados. Sabemos, además, que allí donde no hagamos el esfuerzo de informatizar a los estudiantes estaremos condenándolos a poblar el lado oscuro de la brecha digital o, peor aún, cargamos con el peso de saber que los que ya son pobres están condenados y que aún si los informatizamos sin cambiar su situación socioeconómica les estamos reservando el peor de los destinos: contemplar el colorido universo que pudo haber sido suyo, que les hemos enseñado a usufructuar, pero que les está irremisiblemente negado por la condición con que llegaron al mundo.

Y llamamos a esto un dilema moral porque cumple fielmente con las condiciones de uno, es decir, nos presenta dos o más alternativas inmorales, exigiéndonos que decidamos cuál de todas es “el mal menor”. Poner computadoras en escuelas marginales sin intentar siquiera sacarlas a ellas y a sus alumnos de la marginalidad es absurdo, poco útil y hasta cruel. No ponerlas es decidir que su marginalidad será para siempre. Informatizar a vastos sectores de la población implica encadenarlos al yugo de un consumismo febril e insensato de basura tecnológica, que tiene como filosofía que la felicidad radica en poseer antes que en ser. No hacerlo es quitarlos del circuito básico de la economía y, casi con seguridad, empujar a una porción considerable hacia la temida marginalidad. Todo para que unos pocos -los “competitivos”- alcancen la bienaventuranza neoliberal.

La solución a un dilema moral como el que nos presenta la brecha digital no es distinta que la de cualquier otro. Dentro del esquema de prejucios con que se los analiza, la elección del mal menor es siempre aceptada como -justamente- lo más “moral”. Y esto es exactamente lo que hacen nuestros gobernantes: buscan con desesperación informatizar a la mayor cantidad posible de personas para que, al menos, sobrevivan los más capaces, o los más afortunados, o los más adaptables. El resto… bueno, ¡el resto igual estaba condenado!

Esto es exactamente lo que hacen porque no quieren salir del esquema de pensamiento que angosta los límites del dilema moral; porque no se permiten admitir que es precisamente el sistema el que está fallando al generar una brecha educativa que sólo se resuelve -al uso neoliberal- construyendo sobre la base de la exclusión y la marginalidad; esto es, aceptándola como parte de una división natural entre triunfadores ricos y perdedores pobres.

En un ensayo titulado “La inequidad del ingreso aumenta no importa cómo se la mida”, publicado en septiembre de este mismo año, los investigadores Jared Bernstein, Lawrence Mishel y Chauna Brocht explican:

“Un argumento atribuye el aumento de la inequidad a la tecnología, aduciendo que es un resultado inevitable del cambio hacia una nueva economía gobernada por la computadora. Pero como numerosos analistas han mostrado, el cambio tecnológico no llegó con la computadora personal. Estas investigaciones muestran que la tecnología es un fenómeno permanente; hemos visto muchas “nuevas economías” en nuestra historia. Más importante, el impacto de la tecnología en la estructura salarial no ha sido mayor en los 80 o en los 90 que en períodos anteriores. ”

Si no es la tecnología, ¿qué es entonces? La respuesta parece obvia: el sistema ideológico que la impulsa. Es la intención del que empuña un arma -no el arma misma- la que puede poseer atributos éticos, la que puede preservar una vida o segarla con una razón justa, o arbitrariamente.

En tanto pretendamos resolver el dilema de la brecha digital conservando las condiciones de inequidad a que hoy nos somete el neoliberalismo, manteniendo intactas las condiciones socioeconómicas de nuestros pueblos, perpetuando la dependencia tecnológica y monetaria de nuestros países, dando prioridad a la sustancia sobre la esencia, sólo conseguiremos producir más inequidad y cualquier solución será ilusoria. No es poniendo a un número limitado de “elegidos” de este lado de la brecha como aliviaremos nuestra sed de justicia social, porque siempre estarán los de la margen opuesta para enrostrarnos lo mayoritario de su deplorable condición. Tampoco nos servirá de consuelo pensar que la vida de este lado consiste en la glorificación de la sociedad de consumo y que hemos “digitalizado” a las personas para que su existencia transcurra apenas entre la televisión interactiva y el cajero automático.

Los educadores tenemos en nuestras manos el deber de eliminar cualquier brecha del conocimiento que preexista en el mundo en que nos toca vivir, sea digital o cultural. Pero hay un para qué que trasciende esta misión. Los maestros no somos conservadores insensibles que preservan el pasado transmitiéndolo sin más propósito que la preservación. De nuestra tarea depende, casi por sobre todo, eso que vagamente se llama “el progreso moral de la humanidad”, y que podría asociarse con la búsqueda de la perfección, aunque en realidad se trate apenas del cuántico avance hacia un mundo mejor.

Este solo hecho determina un inevitable compromiso con la realidad y con el futuro. Con la realidad, para cambiarla cuando no sea la que puede producir el futuro que deseamos; con el futuro, para vigilar sobre él -cuando ya no estemos en este mundo- como las gárgolas de las catedrales: tiesas, silenciosas, pero simbólicas del espíritu y la voluntad de los constructores.

Bertrand Russell pedía, en 1926, “una generación de maestros valientes” para cambiar al mundo. ¿No será hora de que alguien responda a este llamado y decidamos de una vez por todas que no hay otra manera de destruir todas las inequidades que no sea eliminando sus causas más profundas? Si hoy, superada la brecha generacional, ya no sufrimos la agonía de separarnos en viejos y jóvenes, es posible entonces unir la sabiduría y la experiencia de la adultez al fervor rebelde y a la vitalidad juveniles para así barrer el mundo de egoísmo y desigualdad. Maestros y alumnos, tal vez la fuerza más poderosa del planeta si actúan en conjunto, podrían abocarse a definir los ideales de un universo más sensato, más puro, más generoso, y comenzar a construir una sociedad sin brechas.

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