La hipocresía rampante

Por Hugo M. Castellano © 2 mayo, 2000

Un par de meses atrás, el Comité Federal de Radiodifusión de la Argentina dio señales de vida y amenazó con sanciones a los canales de televisión por el contenido “inconveniente” de su programación, a instancias de un fallo judicial que calificaba de ese modo a la serie “Verano del 98″, cuya temática adulta, por ser protagonizada por jóvenes y niños, se había difundido ampliamente entre la población escolar de todos los niveles, al punto de inspirar una violación real.

El fallo del Juez Degreef, del Tribunal Oral No. 8, vino a poner en el centro de la atención a esta serie y a tantas otras, y de golpe todos los actores de este drama social que es la televisión parecieron despertar con la inocencia de una Blancanieves y se dispusieron a purificarse de su amarga experiencia anterior. Funcionarios, productores, periodistas y artistas comenzaron así a practicar el fantástico y tan difundido deporte de la hipocresía, y ciertamente se anotaron puntos memorables que recogió el diario Clarín en su edición del 16 de Julio, algunos de los cuales creemos importante comentar.

El Sr. Gustavo López, interventor del COMFER, reporta en la nota, por ejemplo, que “la ley permite un programa hecho por chicos, digirido a ellos, con una temática no apta para menores, siempre que se emita a las 22 horas. Todo eso mismo, a las siete de la tarde, infringe la norma”. A la ley, y al Sr. López, seguramente los tiene sin cuidado el absurdo implícito en semejante artificio legal, que hace posible que los menores de edad protagonicen temáticas inconvenientes para ellos mismos como público, que se dirija un programa a los menores pero se lo exhiba cuando no pueden verlo, o que la moralidad de un hecho dependa del horario.

En otro párrafo, el mismo funcionario opina que “tender a mejorar el lenguaje o el mensaje puede mejorar la educación de la población”. ¿Puede? La duda, dijo alguna vez un conocido autócrata local, es la jactancia de los intelectuales, y en este caso el Sr. López no parece ni jactancioso ni intelectual en su duda, sino blando y temeroso de ofender a quienes, convencidos de que un buen lenguaje televisivo y mensajes de calidad elevarían sin duda la educación general, podrían hallar imposible continuar lucrando con la estupidez y la banalidad.

Hugo di Guglielmo, gerente de programación de Canal 13 de Buenos Aires, nos ilumina diciendo que “cuando se tratan problemas de drogadicción y violencia familiar… los autores de nuestros programas están asesorados por psicólogos o médicos”. No aclara qué clase de psicólogos ni qué calaña de médicos medran asesorando al Canal 13 en vista de los resultados que ponen en el aire, ni detalla quién se ocupa de asesorarlo sobre el sexo, la violencia y el lenguaje procaz (¿Calígula, tal vez?). Sin embargo, su mejor momento llega cuando nos dice que “la cuestión es la conciencia de cada canal acerca de qué pone en el aire y qué no”, poniendo en evidencia que ante la magnitud de “el canal”, la conciencia de las personas que lo dirigen importa poco o nada (¡yo no fui, fue “el canal”!…).

En América TV las cosas no van mejor. Su gerente general, Daniel Simonutti, anuncia que “el canal ya comezó a trabajar en función de la nueva normativa”. ¿Nueva, Sr. Simonutti? Y acto seguido nos alivia explicándonos que “se sacó el ciclo de películas eróticas de los sábados y se tomaron recaudos para que las promociones se adapten a la nueva exigencia horaria”. No sólo la exigencia es tan antigua como las ondas hertzianas; más viejo es el sentido común, y es evidente que para el Sr. Simonutti los límites son los que determina la aplicabilidad de la ley (un juez decidido a hacerla valer), y no los de su espíritu. Mientras no haya quien controle… todo vale.

Para Claudio Villarroel, gerente de programación de Telefé, no es probable “que se logren muchas modificaciones en el corto plazo porque es muy difícil la implementación” (eufemismo por “no tengo voluntad de cambiar nada”). Asimismo, sostiene que es complicado “tratar de cuantificar la sensibilidad y el gusto de la gente, en la medida en que trabajamos con subjetividades”. Por supuesto, Sr. Villarroel, es mucho más sencillo destruir la sensibilidad y el gusto de la gente aduciendo que todo en esta vida es subjetivo…

Por último, el periodista Jorge Aulicino, del propio diario Clarín, opina en un apartado que “quizá los padres sepan instintivamente que de lo único que deben alejar a los chicos es de aquello que escapa completamente a su compresión o los angustia más allá de cierta medida. Pero si no confía en ésto, y si está seguro de su evaluación científica, el Estado podría, simplemente, obligar a que los canales emitan una advertencia a los padres. E invertir en cultura”. Cabría preguntarle al periodista por qué él obliga al Estado a “estar seguro” y a “confiar” en sus hipótesis -en realidad su frase es toda una apuesta en contra- y se limita a exigir de los padres un conocimiento instintivo del bien y del mal. ¿No será que la vaguedad del instinto es más conveniente a sus intereses que un Estado enérgico y determinado a hacer cumplir la ley? Por otro lado, el Sr. Aulicino repite el viejo argumento del “Estado-contrapeso”, esto es, de un sistema que gasta todas sus energías en contrarrestar los mismos males que permite por inacción. Según esta teoría, es enteramente lógico que para cruzar el océano en barco se pongan los motores en reversa y los pasajeros remen hacia adelante.

La hipocresía, como vemos, luce sus mejores galas en cuanto alguien hiere con la punta de un alfiler a los sacrosantos “medios”. De golpe, todos están dispuestos a colaborar (¿por qué no lo hacían antes espontáneamente?), y a todos les preocupan la salud mental de los espectadores, sus derechos y sus necesidades (lo mismo que hasta un minuto atrás buscaban alterar, violar y modelar, respectivamente). Ninguno de los entrevistados ha hecho un examen de conciencia -tal vez porque ninguno de ellos es “el canal”- menos aún una autocrítica. Ninguno ha elegido sincerarse o aceptar con humildad las reprimendas judiciales. Ninguno ha dicho la verdad.

Lo terrible es que estos señores tienen hijos que ven televisión, y no les importa. Mandan a sus vástagos a terapeutas para que traten de aliviarlos del daño que sus “shows” les han producido. Critican la decadencia moral, la inseguridad, la violencia en las calles, la pobreza intelectual, y para evitar que sus niños las sufran los envían a colegios de elite y se mudan a barrios cerrados donde un ejército armado protege a sus familias. Y cuando no les alcanza la personalidad o las contradicciones los superan, admiten como normal la absurda irrealidad que han construído para los demás, pero que al fin y al cabo termina por alcanzarlos. Poderoso caballero es Don Dinero, que hace a las personas tragarse el mismo veneno que tenían preparado para otros, y sonreír mientras se suicidan… para que no se note el engaño.

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