La libertad de elegir

Por Hugo M. Castellano © 11 mayo, 2000

La educación es un instinto que los humanos compartimos con muchos otros animales. Moldear la personalidad y pulir los hábitos de las crías es una tarea en la que varias especies superiores ocupan buena parte de su existencia, y aunque el homo sapiens haya llevado este comportamiento a niveles de increíble sofisticación y excelencia, hay -en el fondo de cualquiera de nuestros intentos educativos- un atavismo ineludible.

Los humanos no podemos no educar; sobre todo, desde que hemos descubierto que, además de formar y habituar, podemos perpetuar la cultura adquirida y potenciar su incremento mediante hábiles técnicas pedagógicas.

Para nuestra raza, la Educación es una forma de trascender, tanto en lo que podría ser el plano filosófico de la proyección de cada hombre o mujer más allá de sus límites temporales, como en el más terrenal del aumento del bienestar con cada sucesiva generación.

Si trazamos la más gruesa de las pinceladas, y si somos condescendientes en admitir la generalización, podríamos argumentar que la humanidad se ha desarrollado en paralelo con el nivel de organización de su sistema educativo. En la antigüedad, era imposible mantener una estructura educativa homogénea simplemente porque no había forma de controlarla, dadas las obvias dificultades logísticas y de comunicación. En la Edad Media, el sistema ganó en uniformidad cuando cayó en manos de la Iglesia, y se hicieron algunos progresos, tímidos y minúsculos al principio, luego más y más acelerados, hasta que la Revolución Industrial explotó a la par de nuevas y originales arquitecturas académicas.

Que el mundo de hoy es lo que es porque en los últimos doscientos cincuenta años hemos tenido un sistema educativo de altísima complejidad pocos podrían negarlo. Tampoco puede nadie sospechar de que de no haber sido por esta monumental organización, el desarrollo científico, cultural y tecnológico jamás habría alcanzado los niveles actuales, y el crecimiento material (de, al menos, una parte) de la humanidad jamás habría llegado a ser lo que hoy es. Un sistema educativo en sintonía con las necesidades y demandas de la hora es la única garantía de que el talento de los individuos acabará sumándose para beneficio de todos. Sin él, sería imposible sostener cualquier intento productivo o creativo y proyectarlo más allá de sus límites originales.

Hoy, ante el avance de la tecnología y las comunicaciones, hay quienes sostienen que la escuela tradicional -esto es, la escuela organizada en forma y propósitos a escala nacional – ya no tiene sentido; que la nebulosa cultural que propone un mundo económicamente globalizado e interconectado con redes, satélites y fibra óptica vuelve indispensable atomizar la educación y hacerla un artículo “a medida” de la necesidad y expectativas de cada persona. Sorprendentemente, no se propone globalizar la escuela empujando sus fronteras hacia afuera y haciéndola más grande todavía, sino todo lo contrario.

Quienes defienden esta postura recurren con inusual frecuencia a la palabra “libertad”. Y la usan bien, es decir, relacionándola correctamente con el “poder de elegir”. Quien puede decidir entre una u otra opción sin condicionamientos es, sin duda, un ser libre. Ahora que las telecomunicaciones y la Internet nos ponen de cara con la inmensidad del archivo histórico humano, surge casi como un pensamiento inevitable el suponer que los hombres deben, en efecto, profundizar su libertad individual y despojarse de todo prejuicio, independizarse de toda atadura, abrirse a todas las ideas y dedicarse a perseguir sólo aquello que su corazón les dicta. Si el conocimiento está allí a disposición de todos, ¿para qué recurrir a intermediarios? Si su análisis es posible por la abrumadora facilidad con que podemos acceder a la más completa diversidad de fuentes, ¿por qué soportar interpretaciones ajenas? Si se puede estudiar cuando se lo desea en el sillón hogareño, ¿para qué someterse a cuatro horas de tortura en un banco de madera? Estas y otras consideraciones tientan a cierto grupo de pensadores a razonar que el fin de la escuela está cerca, y que el rédito político de empujarla hacia su disolución final es más que interesante. La tecnología, después de todo, es “la gran liberadora”, y pocos discursos ideológicos tienen más adeptos que los que alzan el estandarte de la libertad y, en su nombre, lo justifican todo.

Sin embargo, hay flagrantes contradicciones en estas ideas, y la primera -y tal vez más importante- es la que nos muestra a un mundo de creciente complejidad e interdependencia tratando de sacarse de encima a la escuela por “elefantiásica”. ¡Habría que ver qué lugar ocupan en esa definición las megacorporaciones, los conglomerados industriales y los “bancos mundiales”!

¿No habrá, acaso, otras intenciones ocultas detrás de las excusas libertarias y la apelación al comfort y comodidad de los “usuarios de la educación” cuando se pide desmantelar la escuela pública? La respuesta es obvia: en este universo donde la competencia reina, es natural que un poder trate de desplazar a los otros poderes que lo amenazan, y la educación universal, gratuita y organizada por los estados -sin lugar a dudas- hiere los intereses hegemónicos de ciertos grupos en forma más que directa.

En primer término, los estados dedican una parte sustancial del PBI a la instrucción. Privatizadas todas las demás empresas nacionales, esta es un área que puede ofrecer nuevas e interesantes oportunidades a los inversores, ansiosos por meter mano en mil y un negocios que avizoran como de máxima rentabilidad.

Luego, la escuela es un foco tradicional de resistencia contra los pseudo-valores del economicismo y la sociedad de consumo. Socialmente, los dos grandes grupos que en el pasado se han opuesto hasta con las armas a la manipulación y el abuso de los sectores de poder han sido los trabajadores y los estudiantes. Con el Estado reducido a su mínima expresión y los sindicatos bajo control, la Universidad sigue en la lista de prioridades de instituciones que deben ser “transformadas”, y mejor aún sería matar al monstruo antes de que madure, esto es, eliminar la escuela primaria y media para que en poco tiempo no queden de él ni rastros.

¿Es esto parte de una siniestra confabulación planetaria, el plan de una logia secreta poblada por banqueros y tecnócratas, la maquinación de una mente diabólica? No, es mucho peor. Es el producto de una ideología ampliamente difundida que ha llegado a convertirse en dogma de las clases dominantes. Se alimenta en congresos, seminarios y foros internacionales, y no necesita de oscuras catacumbas para propagarse: los propios medios de comunicación la publicitan colorida y profusamente en todas sus ediciones, al tiempo que los dirigentes de las capas intermedias la hacen suya de inmediato, a sabiendas de que lamer las suelas de los amos siempre ha dado buenos resultados cuando el talento propio es escaso. El público en general también la ha comprado, a falta de otras opciones de interés.

El sentido común indicaría que, en un mundo complejo, la institución educativa debe ganar en organización y crecer en influencia, a fin de abastecerlo sin pausa de la materia gris indispensable para resolver nuevos problemas y novedosas situaciones. El mismo sentido común alcanza para comprender que una institución con defectos no se mejora destruyéndola, a menos que sus objetivos hayan caducado. Y no es el caso.

La escuela ha servido en el pasado para construir la identidad social de enormes sectores de la humanidad, con sus matices y riquezas, según correspondiese. La educación, y no otra cosa, hizo de los pueblos, pueblos y de las naciones, custodios de la cultura acumulada. Pero no cualquier educación, sino la organizada, estructurada, planificada y llevada adelante con el consenso virtualmente unánime de sus protagonistas y destinatarios. Es altamente improbable que los hombres y mujeres del futuro no necesiten de este servicio.

La escuela es el sitio en el que confluyen las generaciones, un crisol de opuestos donde se fomenta el saber canónico y se produce la rebelión creativa; donde se forman hábitos sociales según un molde establecido y donde nacen nuevas subculturas a partir de la rebelión individual; donde se transmiten reglas y a la vez se genera una espontánea resistencia hacia las que ya no sirven, forzándolas a cambiar.

Esto es así porque la escuela es una institución que se nutre del conflicto, de la tensión dramática, de la realidad. Es así porque la pueblan adultos y jóvenes, los que se van y los que vienen, los que no han podido y los que tal vez sí puedan, unidos en una metódica y científica búsqueda de sí mismos. La escuela, en otras palabras, es el mayor laboratorio social de la especie humana.

Pero, volvamos un poco al principio. ¿Acaso no es necesario revisar las formas de la educación sistemática a la luz de los nuevos avances tecnológicos? Ciertamente, pero no al punto de disolverla en un mar de experimentos signados por el individualismo.

La tan mentada “sociedad del conocimiento” -un eslógan que bien podría significar todo lo contrario si leemos bien las propuestas de sus difusores- nos presenta un problema que es enteramente educativo, porque no se accede al saber sin razón, sin incentivos, sin método y sin un propósito definido. Este supuesto “Mundo Feliz” exige de nosotros el diseño de nuevas y mejores estrategias para estudiar, analizar, ponderar y luego decidir qué conclusiones son las más aceptables, en condiciones que jamás antes se habían dado: hoy disponemos prácticamente de todos los recursos informativos imaginables; ninguna fuente nos está vedada, ningún documento es imposible de conseguir; todo está a la vista, incluso lo apócrifo, lo falso y lo tendencioso.

Si entregamos este caos al autoaprendizaje, si lo libramos al criterio de cada individuo, de cada minúsculo grupo, o si lo dejamos en manos de intereses sectarios, es indudable que -por necesidad- le seguirá la atomización cultural de toda la humanidad. Cada parte hará su propia interpretación -y todas serán vistas como válidas- retrotrayéndonos a un estadío tribal que, ciertamente, debe entenderse como primitivo. Influenciadas por la oferta infinita de variedades culturales, las sociedades tendrán que optar por preservar sus características abroquelándose en el conservadurismo más feroz, o se resquebrajarán a medida que sus miembros adopten costumbres extrañas o abracen causas foráneas pero bien publicitadas, mucho de lo cual puede ya advertirse en nuestros ámbitos locales. El desprecio y la discriminación encontrarán, entonces, tierra fértil para convertirse en odio, porque todo lo extremo conduce siempre al extremismo.

¿Es éste el futuro que deseamos? Tal vez fuese más sensato desear que la humanidad genere para sí misma una cultura donde la información y el conocimiento estén puestos al servicio de los demás y no sirvan tan sólo para satisfacer instintos hedonistas o para exacerbar el individualismo egoísta que, por herencia genética, todos llevamos dentro. Una cultura hecha de diversidad natural, de riqueza histórica, no de esa policromía artificiosa en la que se pierde la identidad a manos del capricho de los publicistas o donde siempre es posible refugiarse en el modelo ajeno para soslayar conflictos existenciales.

Imaginemos por un instante que ese mismo criterio por el que abogan los tecnócratas y los postmodernistas respecto de la educación fuese aplicado a la forma de gobierno de nuestros países. Supongamos que, en aras de la libertad, permitiésemos que cada sector social eligiese su propia, individual forma de regularse. Proliferarían de inmediato incontables facciones antagónicas: demócratas representativos y directos, estatistas y privatistas, socialistas y conservadores, religiosos y agnósticos. Nada que no tengamos ya; pero ahora, cada sector tendría la posibilidad de implementar en su feudo un sistema sui generis sin limitaciones, discrecionalmente, con lo cual destruiríamos sin remedio nuestra integridad cultural un segundo después de haber destruído la integridad política. Una sola democracia para todos -en cambio- se presenta como el recurso más sabio y más amplio a nuestro alcance, porque permite la coexistencia de esas ideologías -y muchas otras- bajo un manto protector que les garantiza a todas iguales derechos y oportunidades en tanto respeten al sistema, incluyendo una chance -aunque sea remota- de hacerse del poder para cualquier minoría.

Análogamente, la educación pública, gratuita, obligatoria y universal es la salvaguarda de todas las formas de enseñanza alternativa que pudieran imaginarse; es un paraguas que nos asegura cobijo y una perspectiva desde la cual podemos comprender, juzgar y mensurar otras opciones, sin la presión de tener que decidirnos por una o por otra, a menos que sea necesario.

Somos libres si podemos elegir, nada más cierto, pero aún esto tiene sus límites: demasiadas opciones nos sumen en la confusión y nos conducen a la parálisis; muy pocas nos llevan a la esclavitud y nos hunden en la desesperanza. Los defensores de las alternativas privatistas o atomizantes de la escuela pública aducen que sus variantes educativas dan al pueblo mayor posibilidad de elección, más alternativas, y por ende más libertad. Curiosamente, la panoplia que ofrecen excluye justamente a la mayor y más democrática de las opciones: la instrucción organizada, conducida y supervisada por la propia sociedad a través del Estado. O, en el mejor de los casos, la reduce al nivel de “alternativa indeseable”, esto es, lo que le queda a aquellos que carecen de intelecto o interés para pretender algo más para sus hijos.

No obstante, más curioso todavía es el perverso mecanismo que estas elucubraciones tecnocráticas adoptan en nuestras sociedades, puesto en marcha por una clase política degradada y obsecuente que promueve con celo modernista escuelas charter y vouchers, exalta la hipotética calidad superior del colegio privado, deprime la imagen del maestro vocacional y critica con ferocidad el corporativismo docente, alegando en su defensa inspiradas medidas de actualización y renovación del aparato educativo en ciertos países cuyo voto de confianza, oh casualidad, es esencial para nuestras economías. Mecanismo perverso porque se reciben órdenes y se adoptan modelos que en su origen siguen un curso enteramente distinto, cuando -entre nosotros- son impuestos a fuerza de autoritarismo y mentiras.

En los EEUU, por dar sólo un ejemplo, todas las reformas radicales del sistema educativo deben ser sometidas al voto popular, y algunas de las que estamos discutiendo han sido derrotadas en las urnas repetidas veces, tal como sucedió apenas horas atrás con el sistema de vouchers escolares en California.

¿Qué siniestra voluntad anima a los políticos locales al establecer alianzas y firmar acuerdos con fundaciones o individuos cuyas propuestas han sido rechazadas en sus propias comunidades y a hacerlo de espaldas al pueblo, presuponiendo que a sus compatriotas no les cabe ni siquiera el derecho a la opinión?

He aquí el verdadero significado que “la libertad de elegir” tiene para los que quieren ver a la escuela pública puesta de espaldas. Para nuestros políticos, la función pública es coto de caza donde se persigue el interés propio, el negocio rentable, el lucro en moneda de poder a través de amiguismos y componendas. En sus manos, la educación no es ni deber ni derecho de la sociedad, sino que se reduce apenas a un modo -igual a cualquier otro- de negociar la propia conveniencia. Y entonces, como inevitable conclusión, consideran suyo y únicamente suyo el poder de decidir, dejándonos a los maestros el rol de meros observadores pasivos. No pueden evitar que persigamos el atávico mandato de la educación, pero sí consiguen forzarnos a educar bajo sus condiciones y según sus métodos. Se atribuyen autocráticamente el derecho de elegir qué es lo que nosotros podemos elegir. ¿Dónde está la libertad?

En la larga cadena de elecciones educativas que las autoridades han hecho en las últimas décadas, sobresalen con nitidez enormes desaciertos y un hilo conductor: el desprestigio de la escuela pública. De hecho, no hay otra forma de explicar esa increíble retahíla de medidas improcedentes, absurdas y tragicómicas, conocidas con el pomposo nombre de “Reforma Educativa”, y aunque se declame todavía que lo que se busca es mejorar al Sistema, está claro que la escuela ha perdido el favor de la sociedad gracias a ella, antes que ganarlo. Notable también es el que a cada rato los burócratas encargen sesudas encuestas a las agencias para determinar cuál es el grado de aceptación popular del magisterio, o para averiguar si la escuela cumple o no con sus funciones instructivas, cuyos resultados -consistentemente negativos- nos enrostran como si los mismos dirigentes no tuvieran ni arte ni parte. Incluso la apelación a una inminente “evaluación docente” sigue esta línea pesimista, porque -siendo conocido por todos el fracaso oficial en la capacitación profesional que prometió la Reforma- los resultados de tal estudio son más que previsibles.

Dirán, al final, que los maestros son incapaces, que la escuela es ineficiente; que los programas son inadecuados, las estructuras faraónicas y los resultados muy magros. Y propondrán como única salida posible la entrega del sistema a manos privadas, para que las leyes del mercado, la oferta y la demanda, regulen la “calidad educativa”. Vendrán las escuelas autogestionadas, las franquicias educativas puestas en manos de grandes corporaciones o de poderosos capitalistas, los bonos-vouchers para que cada familia elija (¿con qué criterio, con qué preparación, con qué anticuerpos para resistir a la falsedad publicitaria?) la escuela de sus hijos, y de la mano de todo esto vendrán también los negociados y más corrupción. Para enfrentar el complejo mundo del presente y del futuro inmediato ya no contaremos con el abrigo de una institución imparcial, democrática, generosa, capaz de enfrentar las presiones con la autoridad de su profesionalismo; quedaremos huérfanos de toda asistencia, librados a los poderosos embates de la propaganda y sometidos al arbitrio de una minoría mucho más despiadada que la que hoy nos somete.

Desde que los humanos tenemos necesidad vital de educar y de organizarnos socialmente para convivir en armonía y progresar, la nuestra es una Historia de las Instituciones. Las estructuras que hemos inventado en el camino siempre -sin falta- han sido limitantes del derecho de elección absoluto con el que nacemos como individuos, pero con la misma puntualidad han servido para organizarnos en torno a fines comunes que de otro modo nos hubiera sido imposible perseguir. Y de todas esas instituciones, la Democracia es la que mejor nos garantiza la mínima restricción con la máxima satisfacción, porque en ella los límites están puestos en función del Bien Común, antes que para beneficiar al rey, al señor feudal o al tirano. Por ende, es inconcebible un Estado democrático que entregue la instrucción pública a manos de intereses plutocráticos, al punto que ya no sería razonable llamarlo democrático.

Puede ser que la existencia de una Escuela Pública obligatoria, gratuita y universal represente un grado menos de libertad en términos generales, pero siendo el sacrificio en bien de todos, siempre resultará preferíble al espejismo libertario que nos proponen quienes, mostrándonos una variedad artificiosa de opciones, nos dejan elegir sólo lo que les conviene.

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