Las armas de los educadores

Por Hugo M. Castellano © 19 mayo, 2000

Desde la matanza de Columbine el tema de la violencia en las escuelas ha cobrado inusitada relevancia, aparentemente porque ya no se trata de mera indisciplina, ríspidas relaciones entre alumnos y profesores, gangsterismo estudiantil o vandalismo contra la institución y sus bienes, sino que ha pasado a involucrar actos directamente criminales y homicidas.

No se entiende muy bien el asombro de ciertas personas ante los alumnos que concurren a la escuela armados con revólveres, o, más precisamente, sólo se lo entiende si se tiene en cuenta que se trata de gente que ha permanecido por décadas ajenas a la realidad de las aulas o que pertenece al grupo de humanos que considera que las leyes de causa y efecto no rigen en ciertos ámbitos, ya que lo que hoy sucede tiene claros antecedentes y es parte de una secuencia de acontecimientos perfectamente definida.

Parte del problema tiene que ver con nuestra naturaleza humana, específicamente con la tendencia a resolver nuestras cuestiones mediante el uso de la fuerza y el ejercicio de la violencia, y parte con el modo en que la escuela tradicional ha manejado estos impulsos. Ha sido siempre muy común que se haga la vista gorda frente a una gran variedad de comportamientos claramente violentos en la escuela (abusos de los alumnos mayores para con los más pequeños, juegos agresivos en el patio y en el campo de deportes, resolución de conflictos siguiendo “la ley de la calle”, adhesión al principio del “hágase hombre a los golpes”, etcétera), al punto de sacralizarlos como parte inherente del acto educativo.

Nuestra cultura occidental ha valorado en demasía a la violencia, y sus resultados están a la vista. Se nos ha hecho inconcebible hasta el entretenimiento sin una cuota generosa de competencia agresiva, donde el componente físico es indispensable. Nos aburre ver a dos ajedrecistas “luchando” por vencerse, pero nos divertiría muchísimo que la emprendieran a golpes, y ésto, que tal vez responda a un mandato atávico, ha sido explotado con prontitud por los medios de comunicación y el cine para producir enormes réditos de taquilla.

Pero la violencia es una droga, y como tal nos compromete en la búsqueda desesperada de dosis cada vez mayores. El acostumbramiento provoca insensibilidad, y la insensibilidad, desprecio por la consecuencias a que el creciente consumo nos condena. Y tal como sucede con las drogas químicas, el negocio de la violencia en los medios está precisamente allí: en generar un conjunto de adictos que pide siempre más y que se vuelve cada vez más indiferente incluso cuando toda la evidencia pone de manifiesto lo destructivo del hábito.

De manera que, a medida que el tiempo pasa, vemos que lo que en un principio parecía sencillo de contener comienza a exacerbarse y se convierte en un problema. Mientras la violencia se hallaba institucionalizada y sólo era propiedad de los ejércitos o las fuerzas de seguridad, su representación a nivel popular no pasaba de lo simbólico: los niños jugaban “a la guerra”, recreaban conflictos de poder y simulaban relaciones de dominación entre ellos, canalizando sus instintos agresivos de una manera superficialmente inocua. Es evidente ahora que esas costumbres perpetuaron una situación que, cambiadas las condiciones sociales y descomprimido el rechazo social hacia la violencia por el acostumbramiento y la anestesia a que nos han sometido los medios, sirve como el germen para actos más graves y peligrosos.

La cadena de causalidad entre los pequeños hechos cotidianos y aquellos que llegan a los titulares periodísticos es continua y puede ser analizada en detalle. Estos alumnos de hoy, que llevan un arma a la escuela para dirimir cuestiones personales, pueden estar motivados por el que las pistolas sean un objeto común en los hogares, porque los medios los han despojado de temores y prevenciones, porque el resentimiento social los ha convencido de hacer justicia por propia mano, o por mil otras cuestiones, pero en un último análisis sus acciones responden a un conflicto que ni la propia escuela ni sus padres han sabido manejar, y que probablemente ni siquiera comprendan.

Por eso, que dos alumnos peleen en el patio no puede acabar, en los tiempos que corren, con una simple admonición o con una penitencia, grave o liviana. Que un estudiante lleve a clases una navaja no puede ser visto como una “travesura”, y motiva a pensar que, así como el alcohol conduce a la cocaína, el arma blanca puede dar paso a una de fuego en cualquier momento, y la amenaza puede convertirse en acción casi sin mediar advertencia. Dado el nivel de impermeabilidad emocional a que nos condenan los medios, y atendiendo a las condiciones sociales de marginalidad y resentimiento que imperan, los educadores debemos estar atentos a los más mínimos detalles para prevenir hechos potencialmente desgraciados, evitando ser cómplices por inadvertencia o responsables por omisión, y procurando por todos los medios alejar el fantasma de tal complicidad de la escuela, vista como institución.

La escuela no es un lugar inseguro ni riesgoso, pero se vuelve uno si quienes deben vigilar no lo hacen, o lo hacen con una displicencia que otras épocas pudieron justificar, pero que éstas no toleran. Esta vigilancia debe ser seria, permanente y efectiva. Implica observar a los alumnos con ojo agudo y analizar su comportamiento, sus actitudes y sus costumbres; estar atentos a sus cambios de ánimo y conocer sus conflictos y sus ambiciones; pero sobre todo implica dialogar permanentemente con ellos, ser parte de sus vidas para poder anticipar cualquier situación peligrosa tal como harían un padre o un hermano. Y cuando algo grave se sospecha, recurrir de inmediato a quien esté más capacitado profesionalmente para ocuparse del asunto. Nadie resolverá esta cuestión por su cuenta, y sí lo haremos si todos los actores sociales son llamados para la tarea.

Los tiempos nos imponen obligaciones pesadas y odiosas al espíritu pedagógico, pero los educadores debemos alejar de la escuela el fantasma de la violencia -aún al precio de recargar nuestra agenda de labores- no sólo porque es dañino en sí mismo, sino porque de otro modo estaríamos propiciando que las aulas se transformen en sitios controlados por la policía o las agencias de seguridad, con las peores consecuencias que puedan imaginarse.

La realidad social conspira contra nosotros, pero sin duda podemos devolverle algo más que resignación.

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