Reforma y Medios

Por Hugo M. Castellano © 20 julio, 2000

Clase en primer grado, una mañana cualquiera. Un varoncito se queja desde su terminal porque hace tiempo que no “navega” por Internet desde el colegio. La maestra, con todos los reflejos constructivistas en acción, habiendo esperado durante días que surga este interés espontáneo de entre sus niños para iniciar algún aprendizaje significativo, quiere saber de inmediato qué es lo que el alumno desearía investigar en la Red. “Baywatch. Pamela Anderson. Mujeres”, responde el pequeño telegráficamente, al tiempo que dirige un guiño cómplice hacia el grupo. Todos ríen al unísono; saben perfectamente de qué habla y comprenden acabadamente el carácter transgresor del pedido.

Dos o tres semanas más tarde, tercer grado, el mismo escenario. Dos alumnas han pasado largos minutos escribiendo un cuento en la computadora y la maestra se acerca a revisar la producción. Se trata de un diálogo de subido tono erótico inspirado, según las precoces autoras, en capítulo de un popular programa televisivo dirigido a adolescentes y veinteañeros que se acaba de exhibir la noche anterior. Casi la totalidad de la clase confiesa ser espectadora habitual de esa serie -y de otras novelas de contenido adulto- con el universal consentimiento de sus padres.

Poco tiempo después, un alumno de quinto grado es llevado a la Dirección por una maestra que se queja de su lenguaje grosero y chabacano y de sus actitudes agresivas para con varios de sus compañeros. Ante el tradicional “¿pero… de dónde has sacado esas palabrotas?” , el niño contesta: “de la televisión”. Acostumbrada a la respuesta, la directora extrae algunos consejos del “Manual del Docente-Tipo” y la frase con la que supone concluirá la conversación: “en la Escuela no usamos esos términos, ¿entendido?”. Pero esta vez el niño se permite retrucar entre dientes, antes de cerrar la puerta tras de sí: “lo que pasa es que en esta escuela son todos unos antiguos…”. En el aula, al comentar el caso, todos están de acuerdo en señalar que el lenguaje que se les exige en la escuela “no existe” porque “en la televisión todos hablan como nosotros”. En cuanto al resto, no son pocos los que aducen que los débiles son “maricas” que deben “aguantar” los castigos si quieren volverse hombres. Al pedírseles ejemplos de “hombres de verdad”, invariablemente responden con un prolijo listado de artistas con fama de “duros”.

Noveno año EGB; de nuevo en el aula de Computación, pero esta vez durante un recreo. Dos jovencitos se apoltronan frente a un monitor conectado a la Internet. Uno de ellos abre su carpeta y extrae el suplemento de iInformática de un diario de circulación masiva en Argentina. Lo despliega y comienza a tipear una dirección en el teclado. El artículo se llama algo así como “Sitios Prohibidos en la Web”, y contiene detalladas instrucciones para acceder a contenido pornográfico, incluso ilegal. La profesora llega justo a tiempo, ironiza sobre el término “prohibido” y confisca el ejemplar. La palabra que queda flotando en el ambiente, pronunciada por una voz anónima mientras el grupo se retira de la sala para volver a clases, es censura.

Estos casos verídicos -por si hace falta aclararlo- son apenas una inocente muestra de la influencia que los medios tienen sobre la población escolar, y de las dificultades que los maestros enfrentan en su intento por educar a los alumnos según una escala de valores que cada día cuesta más justificar, y en la que muchos educadores ni siquiera confían. No son casos graves, y no porque no abunden las instancias de gravísimas agresiones inspiradas en un programa de televisión, imberbes armados con revólveres o navajas en las escuelas o adolescentes que se alcoholizan iniciáticamente en sus viajes “de estudio” para repetir una tradición que alimentan los periódicos en cuanta oportunidad se preste, sino simplemente porque lo cotidiano, trivial y casi anecdótico debería bastar para ponernos en alerta y motivar en nosotros -en toda la sociedad- una respuesta enérgica y apropiada ante la contra-educación de los medios.

El Efecto de los Medios

Sin embargo, la respuesta se dilata y hasta es probable que nunca llegue. Hemos consentido durante tanto tiempo el avance mediático sobre nuestras costumbres y valores que ya está muy difundida la idea de que todo aquel que espera de sus semejantes un trato respetuoso, buen gusto en la conversación y un poco de honestidad es un “antiguo”, como sostuvo el alumno de nuestro ejemplo. Pero si todo fuese una cuestión de “malas palabras”, es probable que debiésemos llamarnos a silencio y aceptar que los tiempos cambian en sentidos que no necesariamente deben ser de nuestro agrado. El problema, no obstante, es más profundo. Si un niño de ¡seis años! declara que su único interés en la Internet son “las mujeres”, o si dos criaturas de ocho ocupan sus pensamientos con escenas de alcoba, y ésto se vuelve la regla, estamos directamente asistiendo a la corrupción de la infancia -tal vez no en un sentido moral absoluto- pero con seguridad en el de una sistemática anulación de los intereses naturales de este período crucial de la existencia y su sustitución por conflictos y preocupaciones igualmente naturales, pero que corresponden a una etapa muy posterior del desarrollo madurativo. La exposición incontrolada a los medios -tal como la extrema pobreza en un ambiente urbano- acorta la infancia, cuando no la elimina por completo. Es un hecho reflejado por las estadísticas que, por ejemplo, los niños ya no escuchan música especialmente compuesta para ellos después de los seis o siete años, y que la gran mayoría considera que los programas de televisión o las obras de teatro “para chicos” son una soberana pérdida de tiempo si se es mayor de diez años.

En el terreno de la violencia, análogamente, si muchos caballeritos de diez años de edad sienten que pueden llevarse el mundo por delante vociferando obscenidades y dando golpes de karate a los más débiles a causa de la influencia mediática, ya no se trata de una “moda” ni de costumbre alguna; estamos en presencia de toda una filosofía de vida -una cultura- condonada profusamente por infinidad de espectáculos televisivos, cinematográficos, publicitarios o por la misma prensa escrita a través de mensajes explícitos, y en otros casos incluso a través de la crítica de la propia violencia, porque los medios modernos han hecho de la imagen su recurso estrella sin prestar atención a que un niño pequeño, al cual de por sí le resulta difícil comprender contenidos complejos auditivamente o por la lectura, sólo se queda con lo que ve y lo interpreta dentro de un contexto ambiguo, deshilvanado y desprovisto de referencias, con una fuerte tendencia a aceptar como normal lo que en realidad se está mostrando como excepcional. Al final, la paz es un ideal que se obtiene por medio de la guerra, cuyos males decimos denunciar mostrándolos con crudo realismo una y otra y otra vez, hasta convertirlos en un feliz entretenimiento que se disfruta mejor comiendo pop-corn junto a los hijos (quienes luego crecerán para ser pacifistas de armas llevar sin que nadie perciba en ésto contradicción alguna).

Por supuesto, el niño no es el único habitante de este mundo sometido a la presión deformante de los medios. También miran televisión y leen periódicos y revistas sus padres y sus maestros, que no por mayores en edad o experiencia son menos influenciables, aunque sólo sea por el agotamiento hipnótico de la infinita repetición de conceptos o la saturación intelectual que produce el recibir siempre los mismos estereotipos, las mismas noticias de diferentes lugares, idénticas opiniones de distintas personalidades. También, huelga casi decirlo, llevan décadas de adoctrinamiento los que opinan, los que trabajan en los mismos medios y los que nos gobiernan, de modo que cualquier crítica es recibida con las cejas arqueadas en un gesto de incredulidad que obliga al quejoso a contemporizar de inmediato, so pena de parecer un marciano despistado. Los medios no se discuten; su mensaje tampoco. Nos han convencido de que lo que hacen es lo único posible y de que lo que muestran es lo único que existe. Pensamos en base a la información que recibimos de ellos, decidimos a favor o en contra de lo que nos sugieren, viajamos a los lugares que nos recomiendan, compramos lo que nos venden, repetimos lo que nos dicen y llevamos paraguas cuando nos alertan sobre la lluvia, sin siquiera preocuparnos de mirar antes por la ventana. Al cabo de nuestros días, si pusiésemos en la balanza las experiencias propias y las recibidas, descubriríamos que somos casi una construcción mediática, poco más que personajes que no han vivido una vida plena de tanto participar de las vidas de fantasía que otros nos proponen desde la pantalla. Los niños contemporáneos, con cuatro o más horas diarias de exposición, pierden entre los cinco y los quince años casi dos años completos de vivir consigo mismos o junto a otras personas reales, para con-vivir con los seres de ficción -muchos de ellos ni siquiera humanos- que habitan la “caja boba”.

La Educación Informal

Todo ésto configura una verdadera educación en valores, usos y gustos con la que se nos bombardea continuamente, seamos pobres o ricos, urbanos o rurales, grandes o pequeños. Nos agrade admitirlo o no, el grueso de la humanidad es, desde hace ya muchas décadas, el producto de los medios y no el del sistema educativo oficial o el de la familia, porque la educación informal que nos entregan es tanto o más relevante a la formación moral y a la creación de hábitos en las nuevas generaciones que cualquier acto pedagógico que se intente en la escuela o en el hogar. Se trata de un verdadero currículum oculto, cuyos lineamientos no obedecen a necesidad social alguna sino a los intereses -generalmente económicos- de unos pocos.

Cambiar estas pésimas prácticas de los medios, en lo que toca a la escuela, es ciertamente difícil, y no es algo que los educadores puedan acometer en la soledad de sus aulas ni guiados sólo por su intuición o su celo profesional. Haría falta apoyar sus buenas intenciones con una Política de Estado, es decir, con la voluntad plena de la sociedad organizada – independiente de banderías políticas- instrumentando un plan que abarque todos los frentes y que imponga las reglas del juego en lugar de someterse mansamente a los designios ajenos.

En nuestro medio, el primer obstáculo en el camino es, paradójicamente, la propia Ley Federal de Educación, eje de la Reforma, que incluye una taxativa recomendación de orientar la Política Educativa nacional para asegurar “la armonización de las acciones educativas formales, con la actividad no formal ofrecida por los diversos sectores de la sociedad y las modalidades informales que surgen espontáneamente en ella” (Título II (Principios Generales), Capítulo I (De la Política Educativa), Artículo 5, inciso 17). Es sencillo deducir que por “modalidades informales” se entienden todas las acciones con valor educativo, voluntarias o no, que surgen de la propia sociedad, entre las que se incluyen, claro está, los productos de los medios de comunicación social. Pero la Ley dice textualmente que se armonizarán “las acciones educativas formales con las modalidades informales que surgen espontáneamente de los diversos sectores sociales”, y es bastante obvio que no existe un carácter transitivo en esta frase, lo cual implicaría que la política educativa debe responder al accionar educativo informal adecuando sus prácticas formales hasta alcanzar la consonancia deseada, en lugar de proponer -como sería deseable- que las acciones educativas informales sean las que se adecuen a la política educativa de la Nación.

Volvamos un minuto a clase…

En el aula esta experiencia “armonizadora” se palpa cotidianamente. Los programas más populares de la televisión dictan las reglas del juego amparados en la indiferencia de las familias, y los maestros se ven obligados a admitir su impotencia para sostener principios éticos o para defender incluso las normas básicas del urbanismo y la convivencia, al punto que sus estrategias ya incluyen, por ejemplo, tolerar el vocabulario grosero en la escuela, aceptar como normal el trato violento de y entre los niños y, tanto o más grave que todo eso, limitar los propios contenidos de su educación a lo que “divierte, es fácil y no requiere esfuerzo”, porque la cultura del facilismo ya forma parte del statu quo.

Ante ésto, algunas autoridades educativas organizan un programa tras otro para estimular la solidaridad social desde la escuela, difundir las responsabilidades cívicas, enseñar a los alumnos a analizar críticamente la información que reciben, y en general para compensar muchas de las graves desviaciones pedagógicas que se reciben de los medios, una estrategia que eterniza las causas de los males y se concentra únicamente en ir detrás de sus efectos.

Como los educadores y todo el sistema educativo persisten en este ir siempre detrás de los medios, tratando perennemente de “armonizarse” con la educación informal que reciben de ellos (plena de trivialidad, desprecio por el conocimiento y horror al esfuerzo), el efecto inmediato es el que la escuela se vacía de contenidos culturales y de información “dura” y se concentra cada vez más en adaptarse a lo que la necesidad le dicta: enseñar a pensar, a analizar, a discriminar la paja del trigo. Sin embargo, es dudoso que pueda alcanzarse el objetivo de desarrollar en los alumnos “una actitud reflexiva y crítica ante los mensajes de los medios de comunicación social” (Título III, Capítulo IV, Artículo 16 (Ed. Polimodal), inciso e) en el marco de una sociedad que se ha vuelto extremadamente dependiente de una cada vez más pequeña cantidad de fuentes informativas, donde se dan casos gravísimos de monopolio, como la reciente fusión de AOL y Turner, que amenazan con poner el control total de la información planetaria y sus canales de distribución en manos de unos pocos individuos. Incluso la Internet, publicitada al principio como la más democratizante fuerza de la Historia, gracias a la concentración del poder es hoy un espacio dedicado casi por entero a reproducir la cultura mediática televisiva a escala mundial.

¿Estamos a tiempo de cambiar?

Mientras todavía nos sea posible es vital que descubramos que algo anda mal si los medios de comunicación moldean las costumbres y los valores sociales a espaldas de la familia o los maestros, y con más fuerza que ellos, y por sobre todo que algo falla dramáticamente si la escuela pública acalla su voz frente estas influencias y sólo responde a los golpes. La escuela es un medio de comunicación social por derecho propio, a través del cual se deberían divulgar los valores más elevados que la sociedad comparte como valiosos; pero no algunos de ellos, no esta parte o la otra, o los que convienen a los intereses de algún grupo, sino todos y cada uno, sin excepción.

La libertad está enraizada en el conocimiento de las alternativas; es un camino pleno de encrucijadas, y justamente lo que los niños de hoy necesitan para ser libres mañana son -al decir de la UNICEF- opciones. La escuela pública es el medio ideal para la difusión de esas opciones de vida y de pensamiento que nos hacen libres. Pero la educación sistematizada no puede ser ella misma una alternativa. Si es malo que se pliegue a los medios eliminándose como opción, mucho peor es que se dedique a transmitir los valores tenidos por correctos en franca competencia con ellos, porque allí lleva todas las de perder. Los maestros tienen un compromiso con la verdad y la sobriedad; nunca podrán ofertar un paraíso tan atrayente como el que difunden la televisión, el cine o la Interner, para quienes lo real es lo que se ve, no lo que es.

Todo sistema democrático serio contiene un núcleo de principios prescindente de cualquier ideología fundada en la interpretación de realidades circunstanciales y estrechas, lo que se llama una Política de Estado. No nos parece exagerado afirmar que la política educativa de cada país debería ser parte de ella y definir sin ambigüedades los objetivos éticos y culturales de cada nación para que todos sus habitantes se sometan libre y conscientemente a ellos. El sistema educativo sólo tiene que armonizarse con la idiosincracia de su pueblo, no con las circunstancias ni con el poder ocasional, y, antes bien, quienes tienen el deber de respetar la tarea educativa son todos los demás estamentos de la sociedad, para cuyos miembros poner su comportamiento en armonía con la preparación que se brinda a los niños debería ser, si no una obligación legal, al menos un compromiso moral de gravísima importancia. Creemos que el pueblo, a través de sus representantes, tiene el inalienable derecho de exigir que los medios de comunicación y todas las personas e instituciones que emprenden actividades públicas tengan en cuenta el valor educativo de sus actos y los adecuen a los ideales expresados por la política educativa que las escuelas implementan. Que los políticos consideren que al mentir contradicen a los maestros y dan mal ejemplo, y que entonces se llamen a la honestidad; que los economistas piensen que su fundamentalismo induce a los niños a ser insensibles y egoístas, y que entonces se vuelvan abiertos, comprensivos y compasivos; que los tecnócratas razonen que su materialismo distrae a las futuras generaciones de lo importante, que son los valores del espíritu, y que entonces persigan objetivos más elevados para la tecnología; que los comerciantes deduzcan que su mercantilismo deja en los niños la impresión de que todo se compra y todo se vende, y que entonces busquen dar a sus negocios un sentido y a sus productos una utilidad cierta; que los medios descubran que la banalidad, el facilismo y el entretenimiento barato destruyen irremisiblemente el intelecto de los más pequeños, y que entonces apunten a colaborar con la escuela para enriquecer la cultura; esta sí sería una verdadera y revolucionaria reforma educativa, para la cual siempre hay tiempo. Lo que falta, por desgracia, es voluntad.

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